Ya no le temo al gran Santiago.

Ni a ninguno de sus cinco o seis millones de habitantes. Bueno quizás a uno o dos, que envenenaron a sus madres.

Me bajé del bus en un terminal desconocido momentáneamente, pero conocido al fin cuando acepte que estaba solo y nadie iba a decirme donde ir.

En ese momento la perspectiva cambió totalmente, y sólo camine. Llegué al metro, compre mi pasaje y me bajé en la estación correcta. Intenté mezclarme con la gente del lugar como diciendo ” yo también soy de aquí “. Pero fue ridículamente difícil mostrarme indiferente ante todo, al gran Santiago, a sus parques, monumentos, y edificios.

Por mucho que yo quisiera, seguía siendo un provinciano, un huaso de campo, y qué orgullo, porque valoraba con cada paso el lugar donde estaba y que era tan ordinario y cotidiano para los demás, quienes ya ni siquiera veían al mirar.

Me baje en la escuela militar y me puse a esperar a mi abuelo.

El iba a llevarme a la embajada, al encuentro con mi destino:

– Conseguir un visado en la embajada norteamericana.

Esa, es una historia digna de contar.

En un cafe, de los muchos cafes que hay en el mundo, en una ciudad, de las muchas ciudades que hay en el mundo, escribo estas lineas… para ti.

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