Welcome to united estates embassy

Cuando llegó mi abuelo, no tuve ningún problema en pedirle que me llevara a la embajada. Y el tampoco tuvo ningún problema en llevarme.

El problema lo hubiera puesto yo, si antes hubiera sabido dónde quedaba…

Me llevó por autopistas y calles, colapsadas de autos, todos desesperados y eufóricos para llegar a sus trabajos, mientras estaban atrapados en esa enorme masa móvil de conductores desesperados y sulfurosos.

Un doble por aquí, un giro por allá, un frenazo justo ahí, recordamos a las madres de los otros y luego me dice:

– mira esa es la embajada.

Como era de suponer, era un edificio bastante grande, pero no gigante, que más tarde definí como castillo moderno. El constructor claramente quería reflejar algo:

– Poder y superioridad.

Pero olvidé que se trataba de la embajada de los yunaited staits y cometí un grave error:

Tratar de entrar.

Claro, obvio. Para ellos cada persona viviente, puede tener una bomba amarrada a su cintura.

Pero como ya era territorio norteamericano, tuve que agarrarme los cojones, golpear mi cabeza contra un muro y esperar.

Después de un rato esperando, salió Manuel, mi amigo, y en un arranque de superioridad internacional, se autonombró diplomático y mediador personal Inter americano y me dice:

– Entra nomás.

Y yo, como crei en la validez de su cargo recién autonominado, le hice caso, y entre.

Ahí estuvo lo bueno.

Dos guardias, afortunadamente chilenos, me bloquearon la entrada, me requisaron el teléfono, el reproductor de discos, mi corta uñas, un parche curitas y por supuesto la bomba que llevaba amarrada en la cintura. Pasaron mi bolsito y todo por una máquina de rayos X.

Fue la primera muestra de radiación que recibió mi bolsito amigo. Después, pasé por un detector de metales, para ver donde era que traía la bombas atómica, y el saca puntas.

Entré al castillo y me dijeron que pasara por la ventanilla 7. Me formé en una fila, donde habian tantos muchachos tanto o más asustados que yo, y ahí me quede. Cuando llego, una tipa me saluda, me pasa mis papeles y formularios para que yo los rellenara.

– Firme por aquí, la fecha por acá, esto y lo otro ya está. Espere sentado hasta que le llamen para su entrevista.

Te llamamos.

Y ahí estuve sentado bastante rato y miré pacientemente como llamaban a los muchachos hacia las ventanitas frente a mi. Eran cuatro ventanas con cuatro personas entrevistando. Después de media hora, comprobé las enormes diferencias de personalidad en cada uno de los entrevistadores, y según ello la cantidad de problemas que les ponían a los entrevistados.

Vi a un nombre super idiota, y fijo que me tocaba a mi. Era obvio. Y ahí me dio toda la paja. Porque si perdía la visa, perdería toda la plata que había invertido, además del año por haber congelado mi universidad.

Que como me llamo y adonde voy.

– Strassburg, mister.

Y en ese momento le cambio la cara. Me miro como con cara de pavo, mientras me contaba que ahi, en strassburg, habia pasado los mejores años de su vida. Que ahi habia estudiado en la universidad y que habia sido inolvidable para el.

Y mientras me contaba sus cuestiones, y pensaba quiensabe en que antigua polola suya, timbró mis papeles, y muy sonriente me dice:

– I hope the best for you.

Nunca me voy a olvidar de strassburg, ni el efecto que tuvo en mi vida…

… aunque nunca lo hubiera llegado a visitar.

En un cafe, de los muchos cafes que hay en el mundo, en una ciudad, de las muchas ciudades que hay en el mundo, escribo estas lineas… para ti.

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