Dolor de Tula.

Hoy en la mañana llego un gato gordo y naranjo. Era como si hubiesen traido a Garfield. Venia todo cagado y verde de dolor.

Venia con dolor de tula.

Pobre gato. Si el gato hubiese podido mear por las orejas, las tendría todas mojadas. Es que no daba mas. Le dolía tanto la tula, que tenia una vejiga de este porte (imagínate el porte que no te puedo mostrar las manos).

La doctora le recetó algo para el dolor de tula. Algo asi como un alimento con un ingrediente reactivante de tula. Pero había que ir a buscarlo, porque el dueño no podía. Así que yo me ofrecí raudo y vigoroso a partir en la catalina a cruzar veloces los semáforos en rojo y las vertiginosas calles de esta congestionada ciudad, para poder iniciar la tuloterapia.

Antes de partir en mi bicicleta, la doctora quiso vaciarle un poco la vejiga antes de que el colorin reventase, entonces con las manos le apretó sus peludas nalgas para exprimirle sus pesares y se le ocurrió hacerle el análisis de orina completo.

– Muy bien doctora hay que hacerlo, es lo correcto, dije.

– Aprovechando que vas a ir, pasas también a dejar la muestra al laboratorio, me respondió.

– Y cual es ese laboratirio? – repliqué ( fíjate escribí laboratirio y no me di cuenta ).

– Es ese que queda al final de la ciudad, a una media hora de viaje.

– Pero doctora, si lo pensamos bien, la orina no es de buena calidad, el dueño no había autorizado el procedimiento, y la verdad ¿para qué vamos hacer un examen de orina?

– Si, tienes razón. No hagamos ese examen.

De la que me salvé.

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