En la pequeña manzana.

Cumplida aquella pequeña exitosa misión, tenía que cumplir otra misión mas cotota. Encontrar la oficina y dar una buena entrevista. Me bajo del metro en la estación del metro correspondiente a la estación del metro correspondida, sugerida en la correspondencia que me llegaba de  la oficina.  Ahora a cachar donde queda.

Despues de caminar con la calma mas abundante de toda la existencia corpórea, llego a una calle, donde habia un edificio, con un numero. Mas o menos, el mismo numero, del mismo edificio, de la misma calle que me dijeron en el correo. Me imaginé que podría ser el lugar, asi que miré para el frente, porque sabía que cruzando la calle estaba la embajada china.

Pero solo había un muro de tres metros de alto, con un letrero con letras raras, y adentro una gran bandera roja, con unas cosas amarillas dibujadas.

Así que tuve que seguir buscando, porque de la embajada china, en ninguna parte.

Entré al famoso edificio, busqué la famosa oficina, hablé con el famoso conserje, y partí al famoso piso. Ahi me atendió el famoso recepcionista, y me dijo la famosa frase:

– Esta es la famosa oficina de la famosa entrevista, pero son las 9 de la mañana, y llegaste afamadamente 2 horas con 15 minutos antes…

Siempre lo supe, solo quería saber donde quedaba. Asi que me despedí del buen hombre, y me largué nuevamente al demonio ortopedico a buscar algo que poder hacer en mi atolondrada vida de paseante vagabundo. Así que me puse nuevamente a caminar por calles llenas de personas, pero con todo cerrado.

Encontré en un pasaje pequeño tranquilo de aquellos, una banca al lado de una pileta sin agua. Y me dije, mismo… es una excelente oportunidad para hacer tiempo aqui, mientras leo mi libro. El mismo libro que andaba trayendo. Pero los nervios, no me dejaban tranquilo, asi que cerré el famoso libro y me puse a caminar.

Voy por ahi paveando, asi como pavean los pavos. Los pavos pavean a veces. Eso ocurre porque son pavos. Bueno, iba paveando, cuando derrepente me llaman desde por ahi cerca. Miro, y no era nada mas ni nada menos que Toledo, mira tu.

Toledo es uno de esos amigos que tengo en Temuco. Andaba buscando una oficina porque tenía que dar una entrevista de trabajo.

Este mundo es muy chico.

Lo acompañé a buscar una oficina inexistente en una dirección ficticia que evidentemente no aparecería nunca jamas. Nos paseamos mas que taxista de ciego. Cuando se me desgastaban las suelas de los zapatos, me entró la diarrea porque me acordé que tenia mi propia entrevista mágica. Asi que me despedí de Toledo, le desee toda la suerte que necesitaba yo, y me largué como siempre.

Al carajo.

Llego a la oficina, 15 minutos antes. Y el mismo hombrecete que antes me saludara con un sonoro “KIUBO!”, ahora me dice:

“Hi, welcome. How Are you?. Please, come in, and take a sit”.

Y yo, descolocado… pero si este gallo era mas chileno que yo. Obligado a responderle en ingles, pero lo encontré ridiculo. Luego entendí el porque.

Ahi mismo en la oficina, estaba otro hombrón. Uno rubio de pelo corto, de esos que ves con pantalones cortos y piernas blancas, tomando sol en la playa, con su camara de fotos colgando de un brazo, y un mapa del lugar que sea en la mano.

Un ingles, hecho y derecho.

Empieza la palabreria. Que sientate aqui, que cuentame de ti, que hablame de esto, que quiero ver tus fotos, que esto y que lo otro. Y yo, como obediente que soy, me siento ahi, le hablo de mi, le hablo de esto, le muestro mis fotos, eso y lo otro tambien.

Revisó mi curriculumbs y comienza el ataque aleman. Primero empieza con que un fotografo profesional es muchas cosas, y todas lejanas a mi. Que en Chile, cualquiera agarra una camara, se para en la calle y dice que es fotógrafo, que es una cosa de presencia, de forma de vestir, de proyectar una imagen. Que la primera impresión es la que vale, y yo con pelo largo es inconcedible.

No pensaba ir vestido como para casarme, pero un pantalón y una camisa elegante, debieran bastar para causar una buena impresión. No fue suficiente, dijo que la imagen de la persona determinaba si era o no era profesional. Resumiendo, le gustaron mis fotos, pero miró las pulseras que tengo en las muñecas, puso cara triste y me dijo:

“Definitivamente no creo que este trabajo sea para ti.”

Fue como botarme al suelo de un solo palmazo.

Pero despues me dijo que no importaba, porque de todas maneras había pasado la selección, y que estaba invitado a la presentación del empleo al dia siguiente. Fue como que me hubieran levantado del suelo despues de haberme botado con un palmazo.

Tenía que quedarme otro dia en santiago y eso no me agradó mucho…

Salí de la oficina, contento pero triste.  Me sentí algo así como insultado y ofendido.  Me quedé sentado ahi en una pileta de afuera, mordiendome mi rabia, cuando derrepente se abre la colosal reja del colosal muro de la embajada china, y salen montones de carabineritos en motos de lujo. Cortan el  transito y empieza a salir una caravana de autos negros, y adentro de los autos negros, chinos.

Montones de chinos, de china, que trabajan en la embajada china, con otros chinos, que hacen todo el dia montones de cosas chinas, como los chinos. De china.

Bien chinos.

Me iba subiendo al metro para irme a la casa  de mis abuelos, cuando suena el telefono. La flacuchenta de mi prima. La flaca. Solo despues de contarme que se habia organizado un almuerzo conmigo, le tuve que contar que ya habian organizado otro almuerzo conmigo.

Ese es el problema de ser tan popular.

Me pregunta si la puedo ir a ver a su oficina para conversar un rato, y quedamos en que sí. Como yo seguía siendo terriblemente pollo, le tuve que pedir indicaciones para llegar a su oficina. Mira que santiago es una capital, es enorme, y 4 millones de personas viviendo en un solo lugar, tienen que repartirse harto.

Y la flaca empieza con sus indicaciones, y yo con cara de retrogrado anormal, con expresión de escucha, poniendo atencion como un enajenado para no perderme. Empieza.

– Ya mira, te bajas del metro en Pedro de Valdivia, y caminas hasta la embajada china. La casa del lado es mi oficina.

Menos mal que era una capital colosal. Imaginate hubiese sido una ciudad chica, sin querer me hubiese podido sentar encima de ella.

Así caminé tooodo el recorrido de vuelta, de nuevo, para verles la cara la reja, a los pequeños  seres aquellos que brotan en el mundo, con los ojos rasgados.  La flacuchenta de mi prima insistió en comprarme un jugo, aunque yo lo que quería  era cianuro.

Asi de grande era la rabia que tenía apretada.

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