De confesiones, de cartas, de alegrías, de risas, de vida.

Drexler fue el tema de la noche.

168 canciones en un curso acelerado de aleatoriedad inflingida, combatiendo molestas, la estática irrespetuosa que genera un transmisor FM mal sintonizado.

Teniamos que llegar a la partuza, el departamento de Miguel, estaba marcado con rojo en el itinerario. Era el motivo, el pretexto, la excusa. Los demas, son todos regalos.

En un giro, de esos obligados, molestos, necesarios, Poro me toma un hombro y me dice:

– Si nos quedamos un rato tomandonos una cervecita y la conversamos?

No se dijo mas, y de eso, nada mas se dijo. Detener el motor fue facil, aparentar inocencia, mas complicado.

Drexler pintaba el mejor cuadro, llamando la armonía.

La idea era quedarse un rato, pero de lo que había que hablar, era demasiado.

Los cuatro litros, fueron quedando todos regados, en el suelo, junto al muro, contra el que nos habiamos estacionado. Se acelera la lengua, se dispara la risa, se enredan las palabras.

Mas risa.

Viajamos sin freno, rapido por todos los temas pendientes que habían quedado de lado. Fueron apareciendo las combinaciones, los esquemas, las causas.

Las pasiones.

A la mitad de la carta, Poro confieza sincero: No se puede mas, estoy listo.

Que queda poco, que fuerza, que vamos terminando. Que me mira, que se esfuerza, que se prepara, que hace el intento.

Lo veo expectante.

Sigo.

Llego a la mejor parte, el desenlace, el crisol del complejo incierto, cuando haciendo una pausa para analizar su reactividad…

… poroto estaba desparramado en el asiento inconciente, durmiendo.

Me dió una ternura de papá part time, encendí la camioneta, y metí reversa. Se despierta poroto de un salto, y me pregunta, que pasó, que adonde vamos.

Que a la casa, baboso, ebrio de mierda, basofia, bagre, pendejo.

– Que no!, Que todavia es temprano, y Miguel, y el plan, y todo el escandalo?

– Que no, que nos vamos, mirate.

– Que no, que vamos.

– Que no… Que no… Que no.

Terminamos en la casa de Miguel, metidos en un enjambre humano. Estaban todos los seres invisibles que yo todavia no tenía al alcance de la mano. Se fueron todos de a poco, timidos, con gotario.

Miramos para todos lados, no habia nadie mas, todos los demás, ya nos habían abandonado.

Nos ponemos de pié, seguido el abrazo. Veo sin mirar el desmadre que habiamos dejado, inutil, inconciente, tarado, no atino mas que a estirar la mano.

Seguimos en la camioneta, contando las luces de los semaforos, seguía Drexler cantando despacio, pasamos tarde, a cargar bencina y a comernos algo.

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El negro nocturno se convertía en azul cargado, y éste a su vez, en un celeste desafinado.

Poro queda en su casa, la mía me llama a su lado. Dejo la camioneta asustado, es tarde. No quería llegar tan temprano. Dejo las llaves colgando, vamos arriba, hay luces, sonidos, de pasos.

El viejo estaba sentado, comandando un submarino aleman, atacando barcos aliados.

Lo miro sorprendido, le toco un hombro.

– Son mas de las seis, porque estás todavia levantado?

Mira la hora, se espanta, ni siquiera lo había notado. Le dejo mi beso, y me voy.

Mi tiempo ha llegado.

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