Solo los niños pegan sus narices en las ventanas.

Estoy sentado por fin en un tren. Uno de verdad, que corre por rieles de acero, antiguos con durmientes quemados de robles viejos. Un tren amigable, pero con vidrios polarizados. En el serpentearemos campos y praderas, cruzaremos ríos en puentes de metal con pernos grandes de vías férreas. Trenes amigos, de perdones ligeros, traicionados al olvido.

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Es en este bamboleo incesante de rieles y durmientes que me transporta a los sueños como transporta la mecedora al recién nacido. No me he dormido, pero vivo en constantes sueños de niños, perseguido por todas las cosas de las que me he arrepentido, de las desilusiones que provoqué.

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Inocencia de rieles de trenes cargueros. Transportes de viajeros tristes, mendigos silenciosos, somnolientos de penas.

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Inocentes ilusos del tiempo, corazones opacos de ausentes colores por ataques tan repetidos de fríos. Pasajeros de pensamientos perdidos, acostumbrados a los vaivenes de horizontes marcados por soles escondidos. Praderas eternas, infinitas, también pasajeras. Surcadas por sombras alargadas, entrometidas, envolventes, siniestras. Anunciantes de días concluidos, fines seguros, comienzos inciertos.

Rieles paralelos, separados, todos juntos, solitarios partiremos, todos solos también, volveremos.

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Inocencia de rieles oxidados, de durmientes roídos.

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