Huellas que dejan huellas.

Sentado en una banquita amable, me tomo una bebida que diluye el sabor de las Tuareg que me terminaba de comer. Hay dos restaurantes frente a mi y alrededor está todo lleno de mesas. El ruido de la gente que conversa, se mezcla con el de los pasos de las personas y un constante bufido profundo de una ciudad que ruge. Un arbusto me medio cubre de un sol débil y lejano que dibuja sombras alargadas en todas las cosas que toca. Un gigante de concreto de 24 pisos, aplasta el mundo y toda su gente con su insignificancia. Mi mama vivía aquí cuando chica con su tropa de hermanos y hermanas. Debió haber sido una época bonita, como la de hoy, pero con fotos desteñidas.

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Tengo mi primera entrevista de trabajo ahora. No es la gran cosa, pero es mas o menos lo que ando buscando. Tengo mi vida en mis manos y esa sensación me da un poder que hace a todas las fuerzas que se oponen, insignificantes.

Muchas fuerzas se oponen, y se seguirán oponiendo. Pero este solo de invierno, me dice que este frío, es también pasajero.

Pasajero como mi presencia.

Al menos al partir, dejo miles de huellas.

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