Trans.

Tenía un embrollo mas o menos grave que resolver, cuando el Rodrigo me pide que lo acompañe donde un amigo. Llovía, nada demasiado preocupante, pero tomamos un taxi. No se porque, siendo tan cerca.

Nos abrió la puerta el Diego, y detrás estaba el Nick. No se porque me recordó tanto a mi hermano Javier. Quizá por lo loco y desarmado. Un gringo australiano alto y chascón, peludo y vestido con ropa vieja y rota.

Era una casa simple, con pocas cosas, pero carente de las convencionalismos de normas tradicionalistas. Nos sentamos alrededor de una mesa reciclada con partes de cosas, sillones con mejores pasados o en el suelo, en una alfombra ya en retiro pero vigente.

Tal como quisiera mi casa.

La conversación fluyó tranquila, en una armonía carente de prisa. Diego preparó un té de jazmín, amargo, que apuré con un poquito de azúcar. Nick, en su español australiano preguntó si teníamos hambre, y desapareció en la cocina. Nos quedábamos sentados alrededor de la mesa hipnotizados por la calma que generan las dos hebras ceniceas del humo pasivo de un incienso aromático.

Apareció de vuelta y puso dos alcachofas en la mesa. Desapareció y volvió con platos chicos llenos de cosas verdes, amarillas y blancas, y un pan gordo y tostado en el plato, untado con mucha mantequilla que se derramaba, generando una irresistible sensación de impaciencia.

Reviso el plato y estaba rebalsado de todos los tipos de vegetales, salvo y gracias a Dios, zapallo italiano. Todo mezclado en una efervescencia liquida de jugos herbáceos y verduleos picantes. El kiwi estaba como demás, pero en su diferencia, aportaba un compuesto irremplazable.

La comida fue la mas rara que probaba en mi vida. Y he probado comidas raras. Yo creo que me ha venido así de bien, producto de la ausencia vegetal en la dieta de mis últimos días. Vacíos los platos, Diego puso música, Nick sirvió café y entremedio, fue a buscar una mandolina, que en poco rato vibraba en mis manos. Me puse a tocar una melodía étnica de transe que tomaba velocidades inesperadas, cuando Nick se sumaba con cantos guturales de Cuevas de tiempos olvidados y gritos, haciendo percusión con lo que tuviera cerca.

Le pasé la mandolina para ver como era que se tocaba, y se dejo escuchar suave, como inalterable, como respetuosa del silencio. Diego tenía puesta una música que la mandolina seguía, y el cuadro fue invadiéndolo todo, con vibraciones en las ventanas y puertas, en los cuadros y cucharas, y miraba a la Haya, que echada a un lado del calor de la estufa, representaba la alegría mas calmada. Y me imaginé yo, representando también mi propia alegría mas calmada. Y mi mente comenzó a volar y asumí que era ese uno de mis momentos, una de aquellas veces en las que hay que dejarse llevar y comprender que lo que tocamos es solo una pequeña fracción de lo que existe.

Todo el resto es lo que nos toca a nosotros.

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