Slow Jam.

Venía pedaleando despacio. Las calles vacías de un domingo entregaban un silencio tan profundo que contrarrestaba la música que sonaba en mis oídos.

Pedaleaba tranquilo pensando en el gran fin de semana que tuve.

Acaba de bajar del departamento del Paulo, donde de tanto comer y de tanta risa explosiva, llega insolente un cargo de conciencia. Aún con la sonrisa en la boca y la guata gorda, reía para mi mismo, sin importar que la gente pensara que estaba loco.

Fue como el efecto que dejan los primeros dos sorbos de una cerveza helada cuando tienes sed en un día de mucho calor, como los últimos pedacitos que sacas con un dedo mojado de un papel de chocolate ya vacío, como acostarte en tu propia cama después de mucho tiempo a la deriva.

Como recibir un abrazo apretado de alguien que te echaba mucho de menos.

Así fue como recibí la canción, como la droga mas barata jamás encontrada, como el sentimiento de alegría menos condicionado, como la paz anhelada, la esperanza rota, nuevamente encontrada.

En el fondo veo personas que se acercan. Eran dos niñas bonitas que caminaban hacia mi lado. Una me hace un Hola, con el brazo levantado, y yo le tiro un beso con la mano. La otra mas chiquitita, me devuelve el beso, y cada uno por su lado.

Un momento mágico, fugaz, en el tiempo.

Un tiempo que no existe, un pasado en un futuro, los dos uno solo:

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… un presente.

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