Jeremías

Me dieron unas ganas de salir a fotografiar Santiago. Igual que siempre, pero el día estaba tremendo y tanto tiempo escondidos todos bajo las nubes, que no me pude resistir y así fue, fui.

Agarré a la Catalina temprano, y partí. Estuve el día entero sentado en las veredas, escaleras, y esquinas, leyendo libros mientras mi cámara a mi lado, obediente y programada, se la pasaba horas, disparando sola detectando los mas sutiles movimientos del cambio del tiempo.

Estaba fotografiando una pareja de pintores, mientras volaban los oleosos colores y veloces aparecían en los lienzos, cuando la conversación se hacía profunda y cada ves mas intensa. Y agarraba tanto vuelo la conversa con uno de los pintores, que se me acabaron las 160 fotos programadas, así que tuve que poner el contador a cero para seguir disparando.

Volvía a mi pequeño mundo artístico, cuando escuché un ruido que me llamó la atención, y ahí al frente de la catedral, vi la foto que quería: un niñito sentado en el suelo, tocando un xilófono de juguete mientras el mundo entero caminando alrededor, pasaba sin mirarlo, haciéndolo invisible, ajeno al mundo.

Pero para mi, el era lo único que se veía. Quise capturar ese sentimiento en una foto.

Así que me despedí de Daniel y Eduardo, los pintores amigos y llevé mis cositas donde estaba este muchachito, haciendo musica para ganar sus monedas. Saco las mías, lo saludo y se las dejo en su tarrito.

Jeremías.

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Pero ven a sentarte conmigo po!

Y yo, que estaba armando una historia con el, derrepente me doy cuenta que soy parte también de la historia que estoy formando. Así que voy, y me siento en el suelo a su lado, y el de puro contento me abraza fuerte. Ya éramos mejores amigos.

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La gente sapa, pensando que era algo notorio, le daba mas monedas mientras yo estaba ahí. Gente sapa… Luego, entre conversaciones tranquilas, me pasa un palito y yo lo miro con cara de pregunta. Me sonríe, y me acerca su xilófono para que toquemos juntos.

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Dejarme tocar con el, no era cualquier cosa. Tocamos un rato juntos, mientras la gente pasaba sin mirarnos, invisibles, ajenos al mundo. Era mi soledad en la suya, era su soledad en la mía.  Juntos un pedacito del tiempo, compartiendo un momento único.

Corazones contentos.

Éramos dos, en un mar de gente, éramos dos personas sonrientes.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    y la camara? paso susto jajajajajaja
    Que bonita historia…T
    te la robo para mi face book…

  2. Rosario dice:

    Como me encanta, amigo

  3. FRL dice:

    Tremendo compadre, muchas veces he pasado al lado de Jeremías y solo le daba una moneda.
    Seguro tu compañía lo alegro un millón de veces mas que un poco de plata.
    Además, la historia quedó fantásticamente retratada.
    Un abrazo

    FRL

  4. Anónimo dice:

    Que mala suerte la mía no atreverme a disfrutar de esas cosas!

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