¿Boldo o Litre? Trip en la Montaña.

Amanecimos temprano. Temprano digo, es correcto. No aparecían trazos de luz en las nubes que indicaran ver nacer una mañana.

6.30 am. La hora perfecta para dormir otra hora. A las 7 sonaba el reloj de la jenny, nadie le hizo caso, era claro dormir a esperar la mañana.

Candombito sonó en poco tiempo, lo mejor. No hay un día malo que pueda empezar con una canción como esa. Salí afuera a reconocer las montañas, y de todos los rincones, llamados de aves, me devolvían el saludo perdido entre los ecos de las quebradas.

El desayuno tuvo que esperar por la jenny que miraba las luces que llegaban, y también a la amparo que volvió a acostarse, para aparecer un minuto después y decir en un estallido de risa:

– Dormí el minuto que me faltaba.

Había llegado la mañana. Armados de cosas innecesarias, molestas y pesadas, salimos de la cabaña y comenzábamos a caminar por las laderas de estos cerros, cruzando todavía por los patios de las casas. Los perritos que iban con nosotros, fueron forzados a la retirada. Yo asombrado, pregunto la causa: el cerro es de los zorritos.

Me quedo con la boca cerrada, no podía imaginar una respuesta mas bella en un ecosistema mas perfecto para dos especies amenazadas.

La amparo fue fluyendo como una quinceañera que crecía a medida que se metía dentro del bosque. A medida que caminábamos, comenzaba a transformarse, como preparándose a lo que ella conocía. Su tierra, sus propios misterios.

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Se terminaban las casas, y comenzaban los senderos. Senderos marcados por pedazos de tablas, ramas chuecas, o montones de caca. Ganábamos altura, y al mirar atrás, se notaba. La respiración, a pesar del aire helado y limpio, no alcanzaba. Nos despedimos del camino, y la ultima casa, y poquito a poco, sin pedir permiso, nos fuimos metiendo en un sueño: sin ser invitados, nos metimos ruidosos y ajenos, a un sistema por miles de años estructurado, riéndonos y saltando rocas y quebradas, Ríos secos, causes muertos y tranques drenados por causas, no menos sorprendentes, por ser, naturales.

Ver un humedal drenado con tanta violencia, fue por decirlo así, impactante. Millones de miles de litros de agua contenida, fueron tragados por la tierra, arrastrando con ella, todo signo de una laguna profunda, pasada, gigante. Quedaban solo las marcas dejadas por el olvido, los desechos que la tierra, angurrienta no pudo llevarse. Atorados entre grietas de tierra podrida, se aferraban a este mundo de vida, como si la presión exigida por la hambruna de la tierra voraz, clamara por tragarse todo, en un intento final de no dejar nada que hiciera pensar, que ahí, existió una laguna.

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Y en ese vórtice angustiante de vorágine reprimida, nos sentamos para observar todos los detalles de una lucha tiempo atrás, por un terremoto perdida. Fue en el silencio de nuestros pensamientos, cuando respetuosos, sin querer serlo, empezaron a aparecer, primero tímidos, los primeros ecos de los sonidos apagados de la vida del bosque, que nos recordaban que no habíamos sido invitados, pero que éramos bienvenidos si podíamos comportarnos con respeto. De pronto, me sentí como un intruso, como un niño que avergonzado ha cometido una falta, como si guardase la piedra en el bolsillo, y botarla luego sin que se den cuenta.

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Fue cuando las ideas mas brillantes asomaban, como la idea infalible de tratar de prender un cigarro con una lupa y una linterna led.

Yo tiraba lejos mi ipod, para desconectarme del mundo que todavía me perseguía y me quedaba en mi lugar, absorto en el silencio. Las niñas dejaron sus cosas y se fueron a caminar por los cerros, mientras yo, sentado en lo que fue una vez el mejor desagüe del mas gigantesco de todos los water, trataba de hacerme el leso cada vez que pasaban caminando por mis piernas, arañas gigantes. Así me quedé un rato absorto, que parece haber sido mucho, porque cuando me encontré de nuevo con las niñas la jenny me dice muerta de la risa que se preocupaban por mi, que pensaban que me había fundido con el bosque y que de hecho ya tenían claro que le iban a decir a mi mama que el bosque me había tragado:

– Perdone tía, su hijo se transformó en zorrito.

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Y apretándonos la guata llorábamos de la risa. Al mismo tiempo, me maravillaba con la idea, que uno de estos mismos zorritos fue quien posiblemente vio un piloto una vez que fallado su avión mientras volaba transportando correo desde Mendoza a Santiago.

En el camino de ascenso por Ríos secos de quebradas, fuimos riendo de cosas simples, mientras la amparo se convertía en guía y señora de la montaña. Podría haber sido una niña, pero en el bosque, eso ya no importaba. La explosión con la que estallaba incandescente cuando aparecía un color entre tanto verde, un contraste en un suelo negro, de palitos podridos, y el colgarse de una liana, fue llenando el bosque de risa. Y ya me olvidaba de preocupaciones irrespetuosas: al bosque también le gustan los niños gritones.

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En una parada de descanso, me metí tan a fondo dentro de la complejidad de la diversidad biológica de un centímetro cuadrado, encorvado en el suelo, digiriendo con la mirada, indescriptibles como innumerables universos paralelos cósmicos de formas de vida, interactuando todas, tan sabiamente y en armonía, en una perfección dinámica de tal fragilidad y estabilidad ilusoria, que me invadió una pena tan profunda cuando vi que la amparo lo destruía todo, haciendo violenta, un hoyito a mi lado en la tierra con un palo. En mi compenetración cósmica, le dije que era lo que me molestaba de la raza humana. Que llegara y apareciera en la tierra rompiéndolo todo.

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En una de sus muestras de simple sabiduría absoluta, me responde que somos nada mas que un suspiro en la tierra. Que como especies vamos a pasar, y el bosque seguirá su existencia sin nosotros.

Nada mas cerca de una simple y certera verdad. Crecemos creyéndonos tan importantes al tomar este mundo con nuestras manos y modificarlo como queramos, orgullosos de nuestras habilidades y tecnologías. Pero pasaremos a ser un recuerdo sin legado, sin vestigios, sin huella, y la tierra, no podrá recordarnos aunque quisiera.

Las dos, como si se pusieran de acuerdo, habían jugado alguna vez a crear figuras de arcilla que dejarían botadas en cualquier parte para despistar a los antropólogos del futuro.

Que reconfortante, liberarme de la presión de tener la responsabilidad de tener tanta fragilidad en mis manos. Mal pensado: lo único frágil aquí, hemos sido nosotros. El bosque, se repondrá de todo esto en cosa de un rato, y sus callejones de rocas musgosas, abrigadas con mantos de hojas secas que el viento no pudo encontrar, se olvidarán de todas nuestras ofensas, y ni los cañones de desfiladeros de rocas pobladas, podrán repetir, ni si quiera nuestras risas, que no serán tampoco, ni pasto seco para crecer usando la memoria. Es la experiencia que queda, lo que te  llevas fuera, que entiendes, proteges y conservas. Fue ahí, en el bosque de las lianas, donde nos colgamos entre llantos de risas por las cuerdas que la naturaleza nos regalaba. Después de tener la cara llena de tierra y la ropa molida completa y llena de barro, las niñas sentadas en silencio, miraban el infinito en un cielo tapado. Derrepente nos miramos todos, perdidos en el mismo vacío tan lleno de algo, cuando me sonríen, y ven que he sentido lo mismo, y es en esa sonrisa confidente, que he recibido el mensaje:

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– Este es el bosque de las lianas, que bueno que lo conociste.

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Y en ese momento de silenciosa intimidad, sentí como si ellas me hubiesen invitado a a tomar el té en su casita de muñecas. Un lugar de infancias y adulteces de varias generaciones que pasaban infinitos momentos balanceándose en las lianas, riendo y llorando de risa a la vez, haciendo hoyitos en la tierra con un palo, y yo ahí invitado, para que también lo pudiera hacer.

Seguimos como siempre subiendo, arriba siempre, adelante. Prefiriendo entre dos opciones el camino de la muerte segura, al de la seguridad aburrida. Así nos fuimos encajonando en lo mas alto de las quebradas, saltando rocas y quebrando ramas, preguntando boldo o litre cada minuto a la vez, boldo o litre de nuevo, boldo o litre por cuarta vez, cuando llegamos a un lugar, que solo los sueños son capaces de crear.

Un anfiteatro coronado por una escalera de rocas arrastradas rio abajo por milenios, dejaban protegidas, pero flanqueadas por dos paredes de bosques, un banco de arena, de las mas preciosas proporciones.

El tiempo había puesto rocas en la arena, y el tiempo las cubrió de gotas que caían del cielo. Se convertían estas gotas en escudos contra el tiempo, y el agua se llevaba así, todos los espacios desprotegidos de frágiles granitos. Las Torres formadas, creaban ciudades y civilizaciones antiguas, como zigurats del olvido, como pasillos atlantes de novelas platónicas releídas por vez tercera. Veíamos maravillados las estructuras formadas, cuando la amparo descubrió al lado, otra gigante y nos fuimos todos al suelo para perdernos en sus almenas y torres y analizar en detalle el asombroso esquema creado por la naturaleza.

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Fue en ese momento de alumbramiento visual, en el que la jenny se dio cuenta que en el arrebato de habernos abalanzado al suelo, habíamos aplastado la ciudad original que habíamos encontrado. Es impresionante como el hombre, en un arrebato de entusiasmo puede llegar a destruir por descuido, algo que dos segundos atrás, era tan preciado.

La amparo brillaba otra vez: la naturaleza lo hará otra vez, como lo habrá hecho antes sin duda. Absortos en los castillitos de arena, comprendimos que era posible que fuésemos los primeros en ver algo así. Y también era probable que fuésemos los primeros en llegar a ese lugar. Había que ponerle un nombre: el lugar era nuestro.

Pasamos por latín y un poquito de griego, pero la respuesta era clara. Ese pequeño lugar en el mundo, tendría nombre mapuche. Las niñas, mucho mas entendidas que mis chamullos de lenguas nunca aprendidas dedujeron que lluvia y rocas, sería la mejor alternativa. Así que su equivalente mapudungun sería:

Kuramawen

Y así los futuros amigos de la jenny y de la amparo, querrán salir a caminar, y los podrán invitar a conocer este lugar, y estos llegaran con otras personas, y así por generaciones, hasta que ese pequeño lugar en mi propio universo tan diminuto, llegue a ser un barrio residencial, con casas y por supuesto su Mall Kuramawen.

No importaba, el bosque volvería a tomar lo que fue suyo, después de habérnoslo prestado, para que nosotros jugáramos a creer que nos quedaríamos por miles de años.

En mi tradicionalista actitud por encontrarle una idea a todo, viajaba fluyendo con este ecosistema perfecto, desmenuzándome inútilmente por encontrarle una aclaración a toda la sustentación de ese universo, y cuando armaba una idea mas o menos concebida, la amparo lo aclaraba todo con la expresión mas simple de la vida. Lógico, lo que yo descubría en estallidos de asombro, ella siempre lo supo. A un nivel tan simple, que toda complejidad quedaba de lado, inútil. Dejando nada mas que un desgaste de tiempo y neuronas, ni que pensarlo. Es todo muy simple, incluso lo mas delicado. Incluso lo invisible, lo oculto, lo que estalla todos los días entre los dedos de tus manos.

Brotamos derrepente, en el mas irreal de los escenarios. Un claro de luz adelante, nos hizo pensar en un camino, mejor que la maraña de ramas secas por las que nos veníamos arrastrando. Se acabaron de hecho los arboles, y nos encontramos de golpe, con un taburete construido de tierra que el tiempo había adornado con líquenes, musgos y pastos. Una plataforma de observación, por sobre la copa de los arboles. A este mirador, claramente humano, alguien se había tomado la molestia de traer dos sillitas y una mesa.

Al borde del precipicio, rayando la orilla del mapa de navegantes medievales, amenazados por bestias marinas desconocidas, alguien había llevado sillitas y mesa para disfrutar de la maravilla. Un amante de la vida, seguramente, que habría comprado ese pedacito de tierra al tío de la amparo, que es dueño del cerro completo, y al que vendrán a comer algo rico, cuando quieran arrancarse de la boca de esta maquina devoradora que interrumpe los flujos de todas las cosas.

Seguimos el mismo sendero que habrían usado ellos para crearlo, y caminamos por praderas de pastos radioactivos y aldeas de honguitos comestibles o fatales, alucinógenos todos. Caminando y caminando, llegamos de pronto a la casa del Ale: tío de la amparo, amo y señor de todo el bosque y de todo el cerro, que se había reservado para el, el lugar mas alto y con la mejor vista de la montaña. Es el Ale quien vive tan arriba, quien gobierna el mundo y recorre estas quebradas como si el mismo las hubiera creado, mientras sale a caminar con los zorritos, que se pasean por su casa, que se han robado su comida, y al mismo tiempo se han hecho su amigo. Es el Ale, quien vende tierras en este mismo cerro, con condiciones y exigencias a quien quisiera acatarlas o mejor compre en otro lado. Es el Ale, que para venderte te exige ausencia tanto de electricidad, como de perros. Ya lo hemos dicho antes: este cerro es de los zorritos. Es el mismo Ale, a quien no conocí, pero que nos presto su casa, un encendedor y su baño, sin enterarse si quiera, por tener el privilegio de vivir en un lugar tan aislado, que el uso de una llave, es algo impensado. Sabría sin duda que habíamos entrado, cuando uno vuelve a su rinconcito, sabe exactamente como lo dejó, y si alguien lo ha tocado.

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Fuimos invitados a un mirador, desde donde se podía ver, desde la inmensidad del cielo, la ciudad de Casablanca. Y la llegada allá, sería coronada por la decoración inminente de una caja de vicios que la jenny traía en su mochila. Llegar a ese mirador lo fue todo, todo con tal de comernos esos chocolates. No importaba nada, había que ver Casablanca para poder comerse esos jodidos chocolates. Y caminamos de nuevo, saltando valles y quebradas por un rato que parecieron horas, hasta que después de atravesado el jardín radiactivo, camino fertilizado con plutonio, llegamos a un camino sin salida.

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La amparo se tiró al suelo a llorar, mientras la jenny se agarraba la guata de risa y estando ellas dos en ese momento, quise sacar la foto del momento clave y decisivo del día. El momento mas importante de todos: en el que descubrimos que no veríamos Casablanca. Pero la ley del vicio fue tan fuerte, que decidimos comerlos igual, y fue la amparo, que estaba todavía tirada en el suelo, cuando descubrió que todo el suelo estaba tapizado de flores rojas en un campo de arena plateada, que cabían con esfuerzo en la punta de un alfiler.

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Fue cosa de segundos para que termináramos los tres de guata muertos de abstracción mirando esa ínfima expresión de color en un clima tan hostil. Fue tanta la atención que las flores fueron generando figuras geométricas en sus posiciones y simetrías, producían un efecto visual sorprendentemente agotador. Estábamos ahí los tres de guata en el suelo mirando las flores, cuando la jenny, en un pensamiento propio de un volumen muy alto, dice:

– Si alguien nos viera tirados aquí seguro diría “de nuevo estos hippies vagos drogadictos, váyanse de aquí”

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Caminábamos ya hacia abajo, luego de haber devorado los últimos chocolates, cruzando ahora de vuelta todos estos valles que ahora eran conocidos, cuando en uno de esos, ya frecuentes, estallidos explosivos de risa, me imaginé como sería tener una esposa así de entretenida, simpática y simple como la Amparo, y me dio risa imaginándome a una mujer así, con las zapatillas converse que le habían regalado la noche anterior, y que después de una caminata por el bosque se vieran como si tuvieran años, y ese pantalón de guerra atómico, y que ha ido en el tiempo, perdiendo su propia tela, porque ha ido siendo reemplazada por nylon de pescar, en un intento de reparar girones y tajos, recuerdos todos de una caminata pasada.

si yo tuviera algún día una mujer, será una como la amparo, grande, pero niña todavía.

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Fue un choque verla de nuevo convertida en una niña, al llegar de nuevo a la casa, a vivir como aprendiz con propios padres, después de haber crecido inmensa perdida en un bosque en una montaña.

No fui yo el que entendió mal…

… Lo que pasó es que yo había vuelto a ser un niño.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. A. dice:

    Felicitaciones por el relato. Muy magnético. Me acordé de La Montaña de Reclue. Quedé con curiosidad de dónde es este bosque.
    Saludos

    1. Diño dice:

      La montaña de Reclue! Ya con su nombre me parece digna de exploración y visita. Esta queda en Curacaví, un pequeño pueblo a una hora de Santiago, la capital de Chile. Que bueno que te gustó el relato, imagina como se vivió :)

  2. A. dice:

    “La Montaña” o “Historia de una Montaña” (Elisée Reclus,1880). No lo terminé porque tuve que devolverlo :( Pero en lo que leí, uno se mete en el texto, en sus descripciones y en sus reflexiones. Eso me pasó aquí… verde envidia por la vivencia jaja. Y motivante igual. fue buena serendipia.
    Hay versiones digitales de La Montaña, te lo recomiendo porque se nota el amor a la Naturaleza en tu relato.
    Saludos nuevamente, Y ¡gracias por matar la curiosidad!
    A.

    1. Diño dice:

      Perdoname por favor, no quería matar tu curiosidad. Sólo regarla para que crezca y de frutos bellos que te lleven a las mismas montañas que te producen tus verdores. Como nada muere realmente, confío en la resurrección de tus inquietudes y en el resurgimiento de la búsqueda por las cosas de la vida que valen la pena. Gracias por el dato, me imagino que es de aquellas lecturas obligadas que nos hacen grandes :)

  3. A. dice:

    :O debí decir “Gracias por saciar mi curiosidad” o algo así jaja. No era ironía ;) Es que no he estado en ningún bosque con esas características (no es que haya estado en muchos bosques tampoco). Pero ahora que ya se do queda, ¡quiero ir! jajaja.
    i.e.: Digamos que la curiosidad mutó a motivación: un nuevo lugar por conocer.

    1. Diño dice:

      Lo que sea que sea, es tiempo de comenzar a salir a los bosques. Hay mucho que aprender ahí. Encontrar la calma entre sus hojitas, en las canciones de sus aves, en la forma en que todo se relaciona. Si quieres de veras conocer ese mismo bosquecito, te puedo poner en contacto con la Amparito pa que te lleve. Gracias por tus palabras y por volver :)

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