Viajeros amigos, desconocidos familiares de un viaje pequeño.

El viernes amaneció con sol. De esos soles que sabes que hay que aprovechar con ganas, porque está clarísimo que lo echarás de menos mas tarde. Apareció como siempre asomandose con vergüenza por entre los cerros del fondo, esos que miran para Argentina. Nos levantamos de un salto. Da gusto ver esa luz que entra naranja y llena de vida por la ventana. Las sombras se mueven rápido, y en un rato corto, todo es luz.

La Audrey se fue al trabajo y yo a la ciudad empresarial.

Me carga ese nombre. Me había tocado ir antes a fotografiar un hotel, pero como era un lugar desconocido, tenia cierto interés exótico en particular. Nada mas que por eso, quise partir en bicicleta, y nunca jamás porque me demoré como una hora y media. La historia esta vez era clara: Ahora se viaja moderno, ahora se viaja en bus.

Eso no tiene nada de moderno, pero no se me ocurrió otra forma de escribirlo. Averigüé que bus usar para llegar a la famosísima ciudad empresarial, y me decidí por el 117. Es un numero buena onda, con actitud. Bajé a la calle, caminé 4 cuadras y llegué al paradero del archirequeteconocido 117. Lo vi de lejos y me dije: Este es el mío!

Paró justo al frente de mi, el chofer abrió la puerta y me subí. Partió haciendo sus ruidos industriales y pasó por afuera de mi casa. En ese momento me sentí un burro, pero me duró poco. Siguió avanzando alegre y feliz, y después de un rato se metió en un túnel. El mismo túnel al que no me quise meter en bicicleta para no morir, y que me obligo a sacar la lengua para subir un cerro.

El túnel es largo, tan largo como profundo (que en el caso de los túneles, viene siendo algo mas o menos lo mismo), pero como todo lo que empieza tiene que terminar, este túnel también terminó, y salimos de nuevo a la luz del día, tan agradable aún, como nos recibió al amanecer.

Entró el bus a la ciudad empresarial, y empecé a buscar donde me bajaría. No quise esperar mucho rato, porque me carga pasarme, pero me pasé igual. Daba lo mismo, porque después de bajarme vi pasar de vuelta la famosa micro por donde veníamos. Hice lo mío y esperé la misma micro para devolverme. Pasó al fin, me subí también y partimos todos contentos por donde veníamos y para donde íbamos. Pero en el lugar donde teníamos que doblar a la izquierda para llegar a mi casa, doblamos todos a la derecha.

Nos alejamos!

Pero no me preocupé, porque me imaginé que volveríamos a la izquierda en una o dos calles. Dos calles, se convirtieron en diez y la micro vacía, se llenó de gente otra vez. Asumiendo que las micros siguen un ciclo mas o menos asociado en parte a un circulo, me confié con que tarde o temprano el circulo volvería a unirse a la parte donde llegaría a mi casa.

Un músico bastante malo cantaba muy desafinado canciones antiguas que no recordaba nadie. Anunciaba que se bajaba, cuando un viejito lo agarró de un brazo y le dijo: “Dios es amor, y su nombre es así, porque no tiene forma. Porque amor, viene de amorfo, que en latín, es sin forma”.

Yo pensaba que el músico malo le daría las gracias de todas formas por la valiosa información, pero los dos se enfrascaron en una discusión filoteosófica de alto nivel. La gente se reía de los dos, hasta que por fin se bajó. Pero como en las micros debe existir siempre un músico vigente, entremedio de las rodillas de las personas se escuchaba una voz tratando de hacerse oír entre el rugido de la micro que peleaba contra el trafico de las 11 de la mañana. Hice un esfuerzo por encontrarlo, y lo encontré detrás de las rodillas de un caballero, debajo de la cartera de una señora. Era una criatura, el personaje mas curioso de  la vida. Comparable solo con Bilbo. Y ahora si que estábamos todos muertos de la risa, porque cantaba:

Como no estoy ni comprometido ni casado, ni nada y usted no está ni comprometida ni casada ni nada por qué no charlar un ratito, eh para no sentirnos tan solos, ah Como ando también, libre solterito con apuro y sin suerte y usted también libre solterita, agraciada y sin nadie por qué no pasear un poquito, eh debajo este cielo tan lindo. Busco compañera y yo le ofrezco digo, yo no se si usted querrá compartir las horas de mi vida juntos ya no habrá más soledad…

Y tan mágicamente como se subió, desapareció. Quedo por fin un asiento desocupado y volé. A mi lado se sentó una señora muy gorda y bien gigante, y me dio risa, porque se las arregló de lo mejor para ocupar el 100% de su asiento y el 25% del mío. Las diez calles que esperaba se convirtieron en veinte y esas en treinta, así que traté de hacerme amigo de Doña Treme, pero ella iba hipnotizada escuchando algo desconocido desde su celular que llevaba levantado en su mano derecha al frente de su cara. Una posición excesivamente incomoda, si puedo decirlo.

La micro seguia llenandose y cada vez mas llena. Ya estábamos de veras bastante lejos. Y digo bastante, porque nunca había estado tan lejos antes. Doña Treme, seguía sentada al lado mío, pero ya no había caso en intentar comunicarme con ella, el estado hipnótico en el que iba, era a toda prueba. Decidí hipnotizarme también, y me sumergí en el libro que llevaba. Me sumergí tanto, que tuve que despertar un poco para darme cuenta que la Señora Treme me estaba encajando el codo que ya tenía en mis costillas. Cuando la miré, me indicó con un dedo la calle y me dijo: La calle está cortada.

Me pareció de lo mas curioso. Pero no era ni siquiera nuestra calle.

Diez minutos después la micro se detuvo, el chofer se bajó y se subió otro. Relevo. En este momento era altamente probable que fuera el pasajero mas antiguo del circuito. Me sentí orgulloso, nunca le había ganado a nadie…

Las calles avanzaban y avanzaban, cada vez nos alejábamos mas y mas. Se acabaron los edificios, aumentaron los arboles, y el Gran Santiago, adquirió carácter de pueblo antiguo. En toda la micro habrían unas 4 personas. El viaje siguió así por una media hora mas. Todo se hizo mucho mas tranquilo, los arboles a la orilla de la carretera, los perros durmiendo en la sombra de los paraderos, incluso ancianos mirando la calle de pie desde las ventanas de sus casas. La gente había cambiado, ya no era el mismo lugar.

Se subió un cieguito. Era un hombre viejo. Viejo y pobre. Empezó contando su historia a quien lo quisiera escuchar, sin aparentar mirar por la ventana para evitar la mirada de un hombre que no tenia mirada. Cuando llegó a mi asiento, no vi al mendigo que ves todos los días en todos los lugares, sino que vi a Don Carlos, hombre ciego que busca la forma de llegar al final de cada día. La gente era diferente, y yo con ellos diferente también. Busqué en mi bolsillo y aunque no eran muchas, le di todas las monedas que tenía.  Le fue bien en ese viaje. Lo se porque los que no le dieron cuando pasó pidiendo hacia atrás, con una molestia en sus conciencias le dieron cuando volvió hacia adelante. Se bajó luego, sin yo poder imaginar como el podía saber donde bajarse.

El chofer cambió otra vez: Ahora tenía la absoluta certeza de que era el pasajero con mas antigüedad, y la emoción me lleno de alegría.

Como en un sueño que se acaba lentamente, la micro se fue con calma primero, rápidamente después y agresivamente mas tarde. La gente dejó de pagar, y asaltaban la micro como podían. La paz se convirtió en guerra, y la convivencia en supervivencia. No cabía un alma mas, y la gente seguía subiendo. Fue cuando apareció Marco Corrizo.

La bulla, la porquería, la congestión, el egoísmo, la individualidad y la basura me hicieron volver a mi pequeño mundo inventado. Me puse mis audífonos y volví a mi libro. Al principio no me di cuenta, pero 4 tipos se habían metido de alguna inexplicable forma, a un bus sobrecargado. No pude sorprenderme mas, cuando estos cuatro hippies, entre su ropa antigua de colores gastados, empezaron a sacar flautas, quenas, un charango y una guitarra. Y con los codos arriba, para poder hacer espacio para los instrumentos, empezaron a tocar.

Tocaron con una pasión que los situaba años luz de cualquier micro, de cualquier ciudad, de cualquier país. Tocaban con ganas, contagiosas, alegres, emocionadas. En ninguna parte veías la función anterior de los 12 viajes de las micros pasadas, durante los 20 años que llevan tocando para pasajeros que aparentan no prestarles atención. Era inútil, porque los niños desde abajo los miraban con los ojos abiertos, sin pestañear y la boca abierta, asombrados por el barullo. No era difícil buscar, ni encontrar personas llevando el ritmo con los zapatos en el suelo, o los dedos en las rodillas. Los 4, en 4 minutos llenaron la micro de vida y el viaje de alegría y buena onda.

Ya le había dado mis monedas al cieguito, pero sentía que las merecían tanto como cualquiera, así que me comprometí a darles lo que pudiera, apenas se fueran. Encontré una luca. Tocaron varios temas mas, hasta que el líder comienza su discurso. Mete la mano a un bolso de cuero, como los que llevan los altiplanicos en los desiertos, y saca un racimo de CDs. Yo, ya pensaba en mantener este recuerdo, como una fotografía, un pequeño tesoro físico de mi pequeña aventura, cuando Marco dice: Solo a mil pesos!

El negocio estaba hecho, ya tenía mi CD.

Y ahora, mientras escribo esta historia, y suena el mismo CD por la radio, me transporto liviano a ese mágico momento en el que cuatro músicos de micro desenterraron sin fuerza, los muertos sin emociones de montones de pasajeros y los transportaron como yo, a un mundo mejor, donde no es tan importante hacer algo a cambio de otra cosa, sino hacerlo porque hace a las personas sentirse bien.

Como debería y será.

Con esa impresión llegué al paradero que me separaba de ese sueño. Miré a los que me rodeaban como amigos, y ellos me vieron sin mirar, como otro desconocido. Vi desde la calle avanzar la micro, que iniciaba otro ciclo, cuantas personas lo recorrerían, cuantos mendigos, músicos y vendedores, y me fui caminando sonriente, por tener conmigo todo lo que había aprendido.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Entrete, me gusto.
    Cuidate

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