El mundo está en paz.

Estoy por cumplir o ya he cumplido dos semanas sin dormir. La verdad es que no es un récord que lleve con tanta delicadeza, porque no lo considero ser un reconocimiento del que me enorgullezca.

Aunque lo he probado de todo, y debo agregar que seguiré probando, hoy por primera vez recibo a mi incapacidad de dormir con optimismo. Quizá no sea sólo la falta del sueño la que recibo con positivismo, sino el cambio de actitud que andaba buscando.
Sea como sea, por donde se le mire, el insomnio es una buena mierda. Yo creo que lo que ha pasado, es que lo he ido asimilando como parte de mi rutina, y si antes la inactividad nocturna me cargaba las bolas, ahora se que tengo que prepararme para no dormir.
Una excelente, interminable y enormemente diversa selección de libros se alinean para hacerme compañía mientras en el fondo, una sucesión igualmente interminable, excelente y enormemente diversa de artistas brasileños, cantan bossa nova, con esa guitarra suave, cadenciosa y distante, como esas olas sedantes de Copacabana traídas a la vida y a la playa, por esa brisa tibia de sales marinas empujadas por los vientos tropicales del Atlántico.
Otra selección de películas se ofrecen para dar un respiro a la lectura, y cuando las horas ya se han hecho largas y la mañana aún se ve tan lejana, se convierte en una excelente idea, el dejar la música correr, y en su murmullo de humildad compasiva, soltar mis amarras y en la inmensidad de mi sueño, lanzarme con los ojos abiertos, a navegar.

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