Esta ciudad se redujo a tres cuadras.

Afuera escucho gente caminar al lado de mi ventana, y la sensación es tan rara, que por un momento me caen bien esos extraños que pasan borrachos y que aprenderé a odiar con el tiempo. Se ha reemplazado el inconfundible silencio de buhos, el canto del gallo con el horario cambiado y el paso del tren de las tres de la mañana, por el barullo de los ebrios de turno que gritan, casi desde cualquier parte, de distintas alturas, que ríen y disfrutan y que aprenderán a lamentarse mas tarde. Estoy viviendo un pequeño sueño sudamericano. Por primera vez, estoy a un paso, lejos de nada y cerca de todo. Bares, restaurantes y supermercados, amigos y desconocidos. Lejos también de encontrar la paz, pero cerca del camino para hallarla.

Estoy por primera vez, en una ciudad.

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