Rucamanque.

Ella dijo Rucamanque y yo dije bueno, gracias. Le pegué la patente a la Fran con scotch, porque es ilegal andar en una moto por la calle sin patente, y guardé la factura en la mochila, porque es ilegal andar en una moto por la calle sin papeles, y partí. Me fui con cuidado, porque es ilegal andar en una moto por la calle sin licencia, y cuidado es el mejor acompañante para prevenir leseras. Además que yo no hago cosas ilegales. Eso es ilegal.

Le pregunté si había andado antes en moto y me dijo “Si, una vez creo, cuando era chica. Un tío me sacó a dar una vuelta por la cuadra”.

Ah… estamos perfect entonces, porque esta es la cuarta vez que manejo una. Me miró con cara de broma, así que le expliqué que era mentira, pero no le dije que no era la cuarta, sino la quinta.

Me guió por calles conocidas, y llegamos a las que no conocía. Las casas se hicieron raras, hasta que derrepente no se veía ninguna. Se acabó el pavimento y empezó la comarca. Faltaban solamente los agujeros hobbit, y no digo que no habían, pero no vi ninguno. El camino se puso malo malo, tan malo que le hacía bullying a los caminos mas chicos. No se de donde empezaron a aparecer grietas por las que alguna vez rodó agua, y yo ya veía probable la posibilidad de que terminaríamos los dos con una moto rota y las rodillas peladas.

Ahí! dijo ella, nos metimos a una huella y dejamos la Fran al lado del camino. Apagué el motor, y un silencio brutal se apoderó del lugar. Pasaron un par de segundos antes de que un pajarito se atreviera a cantar.

El camino terminaba en un portón que vivía ya un retiro inminente y pedía ya su jubilación. Alguna vez había sido verde, pero en esa época no habían fotografías de colores. Detrás del portón habían unos letreros que no pudimos leer, porque los años habían estado jugando con ellos, dejándoles recuerdos en todos sus dibujos y instrucciones. Sígueme, dijo.

Y yo, obediente, la seguí.

Los primeros pasos fueron de prueba, pero después de ellos, los dos entendimos que habíamos entrado en la casa de alguien. Ahora estábamos en su bosque, se notaba que eramos visita. Los arboles gigantes se abalanzaban en busca de luz hacia el cielo, y las enredaderas fundidas en un abrazo eterno, seguían en sus troncos, el camino constante en la búsqueda del amigo sol, desde el amigo suelo. Los cantos de los chucaos nos acompañaban con ternura en cada paso, y en cada giro, las sombras de los arboles nos contaban siglos de paciente espera en convivencia.

Era Rucamanque, el bosque protegido. Pude volver a encontrarme a mi mismo.

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Nos fundimos en el silencio de su atmósfera tranquila, y callados nos fuimos entregando a la magia de ese momento. Fue solo cuando otro sendero nos hizo cruzar un río, y salimos del bosque, siempre hacia arriba, a una pradera verde, bañada por un sol que ya no era de invierno.

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Nos sentamos en el pasto y mirábamos maravillados el mundo del que veníamos. Ella sacó galletas y mate, y yo me saqué mis zapatos. Entre galletas, mate y mis olores a pata, descubrimos el mundo sentados en el pasto. Perseguimos juntos el sol y a nosotros nos perseguía la sombra. Vimos al sol esconderse en el bosque y me preguntó si quería que lo viéramos de nuevo desde el cerro del frente.

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Entramos en el bosque de nuevo, y caminábamos por uno de los senderos, cuando de pronto, caos. “Donde estamos, y donde chucha está el camino?”. No se lo que pasó, pero en un instante, el camino se esfumó. No se si creímos verlo y seguimos sin detenernos a descubrirlo, o si sencillamente nos salimos de el, caminando como los pollos cuando corren en círculos. Que importaba, ya no importaba nada. Perdidos, absorbidos, fulminados y aturdidos, nos confundíamos con las malezas del bosque que a medida que avanzaba el sol, ya no parecía tan amigable.

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Pronto y en poco tiempo, nos vimos rodeados de ramas, tallos, troncos, arañas y sus respectivos tejidos, zarzas, palos podridos, palos secos, quilas, y todas las variedades raras. No había para donde avanzar, y la cosa se veía difícil para todos lados. Y no tienes idea lo maravilloso que es caminar a través de la jungla, con un casco de moto colgando.

La preocupación inicial fue “No vamos a alcanzar a ver la segunda puesta del sol”, pero inmediatamente fue “Cresta, que vamos a hacer aquí sin sol!”. Tratamos de hacerle caso hasta el 8º sentido, para ver si podía sacarnos de esa pared infranqueable de palos y ramas y telas de araña. Que por lo visto, son los animales de predilección de Rucamanque. Una tela tamaño industrial, cada 2 pasos y medio. Al final era mas fácil tragarse la araña con toda su tela, que tratar de avanzar sin tocarlas.

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Le pregunté si quería avisarle a alguien que iba a pasar la noche en un bosque con un desconocido. Y no nos hubiera quedado otra alternativa, sino porque cuando estaba ya oscuro, encontramos, y por casualidad, una huella que podría haber sido un sendero. Lo seguimos como pudimos, porque poco era lo que se veía, pero llegamos en la penumbra a uno mas grande, y así igual que la canción de Bilbo. Ya no se veían mas que las estrellas y la luna cuando llegamos al portón que alguna vez fue verde.

Sacamos tres kilos de hojas, tierra, barro, araña muertas, moscas felices y trescientas otras porquerías y barbaridades que estaban dentro de los cascos. Nos subimos a la moto y partimos. La luna iba haciéndose mas y mas brillante en un cielo que amenazaba convertir en negro el azul mas oscuro, y las luces de la ciudad se veían allá tan lejos, en un horizonte tan distante. Cuando íbamos entrando, los primeros pasos fueron de prueba, pero después de ellos, los dos entendimos que habíamos entrado en la ciudad de alguien. Ahora estábamos en su casa, se notaba que eramos visita.

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