Al final, no somos mas que humanos.

Me empezaba a sentir tontamente enojado por la cantidad ridícula de trámites, papeleos y fotocopias legalizadas, por mi falta de tiempo y la escasez de mi paciencia. Se me instaló en el rostro una cara de perro que amenazaba con morder a quien se acercase. Sentado en una silla robada de una mesa desocupada, rumiaba mi impaciencia cuando entran tres señoras, vestidas con vestidos largos y chales de colores. Me llamaron la atención porque venían muertas de la risa. Las vi tan contentas y eran tan bonitas sus ropas, que se notaba que habían sido tejidas por ellas. Supe que eran felices. Y las miraba con atención, cuando de entre ellas aparece una niñita, de unos siete años, que venía igual de sonriente. Cuando se dio cuenta que me había dado cuenta, me sonrió, hizo hola con la mano y siguió caminando con las señoras, muertas de la risa. Pensé en su saludo, en su sonrisa y no me di ni cuenta como se me había evaporado toda la frustración y la rabia. Estas mujeres con sus sonrisas, habían llenado de vida una notaría.

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