Despedida.

Abrí la puerta y el día despertaba en penumbra. El aire estaba frío, pero se sentía bien cuando entraba en los pulmones cargados. Una niebla gruesa se encargaba de robarle todos los colores al cielo, de decorar las telas de arañas y envolver el mundo en gotas pesadas de rocio frío que juntas y en masa, cubrían toda la materia de nuestro pequeño universo observable. Encendí a la Francisca, la estacioné en la calle y nos subimos los tres: la Coyi, su mochila y yo. Se sentó la moto, como exigiendo una explicación, paro no había nada que decir, había que partir. Aceleramos todos mientras el frío me iba de a poco congelando las manos. Llegamos al terminal de buses donde empezaríamos a terminar por separarnos. El tiempo corría y yo con tanto que decir pero sin encontrar por primer vez la forma de decirlo. Nos miramos a los ojos y no había más que hacer, estaba todo dicho, solo quedaba despedirse, soltarla, dejarla ir, que vuele, que cante su propia canción. Se me quedaron todas las palabras enredadas en sus ojos oscuros de gitana viajera. Se dijo lo que debía decirse, sólo quedaba partir, seguir adelante, mirar hacia atrás, ponerle bueno, agradecer y sonreír.

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