Cicatrices que cuentan historias.

Escribo esta vez sentado en una gran roca volcánica, que encontré estratégicamente al lado de uno de los muchos caminos de Conguillío. Escribo por supuesto un poco humillado, con algo de pena pero igual muerto de la risa: Le acabo de aforrar el primer porrazo a la moto. No le pasó nada, en realidad. Unas rayas locas que pienso poder esconder con harto ingenio y quizás algo de inventiva supersónica. Una cosa era conocer mis límites, pero hablando de motores, los límites son otra cosa. Mente y cuerpo y toda esa chaya ilusa, no tiene relación con los 150 cc de mi motito buena onda.

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Bueno, quisimos llegar lo más alto posible hacia el cielo, y lo conseguimos. Subir más, hubiera significado echar la moto arriba de los andariveles del Llaima, y eso está en los planes, pero del otro fin de semana. Subimos y subimos y yo sabía que le costaba. Pero le dije: vamos no más niñita, arriba descansamos. Y le dio como pudo, hasta que de repente tosió y se chantó. No partió nunca más. Pensé que andaba con la regla, así que la dejé ahí y me puse a jugar con nieve. Igual le di su tiempo para que considerara nuestra situación, mira que dejarnos botados acá arriba no era una de las gracias que a mi me gusta incluir dentro de mis aventuras. El otro finde tal vez. Hoy, tocaba final feliz.

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Así que me hice amigo de algunas Araucarias , me moje las patas con nieve, tomé un poquito de agua y bajé a ver si se le había pasado la lesera. Estaba clarísimo que no, porque no hubo caso de hacerla partir. Oh cielos, como nos vamos de aquí? Así que quise recurrir a aquella vieja técnica de partir en pana… a ver si sirve, dije yo. Puse la moto en segunda y nos tiramos para abajo en esa grava volcánica molida de mierda que es afilada como el carajo. Íbamos bien, tocaba soltar el embrague y magia! La Francisca partió! La alegría duró aquella millonesima  fracción de segundo, porque el corcoveo que mandó, tiró la rueda trasera para un lado, y los dos nos proyectamos felices al suelo. Todavía me sentía victorioso con la moto andando, cuando me di cuenta que estábamos los dos tirados en el suelo.

La puta madre.

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A evaluar daños y todo ese enredo emocional complicado. Yo sabía que por lo menos yo no tenía nada, porque la caída fue a velocidad 0, pero no sabía bien como estaba la Francisca, que tenía enterrado el lado derecho en toda esa porquería terrosa de volcanes molidos que estaban desparramados por todo el suelo.

La levanté, no sin transpirar dos gotas heladas, porque la Francisca no ha hecho dieta y pesa. Y cuando por fin la puse de pie, fui a revisar los daños de sistemas. Todos en orden, salvo dos cicatrices infames: una en el estanque y otra en el tubo de escape. Carajo otra vez, pero podría haber sido mucho más grave, así que al final más que la rabia, me quedó la risa.

Ahora supe que mi viaje ya ha iniciado la vuelta, y desde aquí te digo, con el volcán Llaima ahí atrás sacándome la lengua, no me voy a Curacautín a hacer la vuelta larga, que ya se hace de noche. Me vuelvo a Temuco, después de abrigarme sobre esta roca vomitada desde el centro de la tierra, comer un poquito, recuperar el agua que perdí en el forcejeo, sacar la foto y partir.

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Esto es lo más lejos que he llegado, fue tremendo.

Estoy contento.

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