El maceterito de mi amiga

El portón había quedado a cargo de otras personas que se iban a las 7 y nosotros encerrados adentro y sin llave.

Había que hacerlo.

Corrí a pata pelada por el pequeño bosque para llegar a donde estaban trabajando. Les pregunté a que hora partían y me miraron con ese recelo de campo que no tiene ningún fundamento. Les conté que estabamos en la parcela de al fondo, pero no trajimos llave, y para saber hasta que hora podríamos quedarnos adentro.

– Es que tenemos que dejar cerrado – dijeron.

Es por lo que les preguntaba la hora. Les costó cachar el mote, pero al final entendieran o no, no quisieron seguir en el enredo. Corrí ahora hacia abajo, saltando palos y murras secas, cuyas espinas no quería sentir rozando los huesos de mis patas. La Francisca estaba en la entrada: había quedado ahí, estacionada al lado del portón propio pero ajeno. Al principio fue raro, porque la iba manejando a pata pelada, pero después de un rato se hizo bien natural y hasta necesario.

Me estaba esperando sentada en la manta, y la vi a través de su lente, que estaba apuntándome siempre lista, para sacarme una foto. Nos quedamos en su manta, sin horas que mirar pasar, pero en cambio, eran las nubes quienes pasaban veloces por el cielo, dibujando los corazones que veíamos mezclados con el azul, pero en sombras mezcladas con el verde del suelo.

Ahora tirados de espalda en el suelo, jugábamos a mezclar todos los sabores disponibles, para probar combinaciones nuevas, mientras los arboles se balanceaban jugando a forcejear con el viento. No había lugar, no había tiempo. Estábamos ella y yo, confundidos en el pasado y el futuro de su propio suelo. Eran sus arboles, su pasto, sus piedras, su tierra, sus conejos, su cerco… su mundo.

 

– ¿que sientes al tener tu propia tierra? Estos son tus arboles, están en tu suelo. Te va a tocar cuidarlos”

– A ellos les va a tocar cuidarme a mi.

Nada podía agregarse. 

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Nos quedamos toda la tarde, bajo los arboles, conversando con voz y conversando en silencio. Iba haciéndose de noche y comenzaba a llegar el frío. Las nubes avanzaban agresivas sobre el cielo, cubriendo todos los espacios con su manto de humedad condensada. Escuchamos un motor, y supe que había llegado el momento de irse. 

Todo era ahora un lugar distinto. ¿Y adonde estoy, de donde vengo y para donde voy? No supe responderme. Existencialismo, pero en terreno. Caminé buscando un lugar familiar y no pude encontrar ninguno. Apareció una pendiente, decidí seguirla. Vi un cerco, un camino, un grupo de arboles amigos. Creí que había caminado muy lejos, pero en todo este jaleo, sorprendido miro hacia un lado y la veo sentada sentada en la manta sobre su risa cristalina.

¿Pero como llegué aquí, si iba yo para el otro lado?

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Ya no quedaba nadie trabajando, habían partido. ¿Nos habremos quedado adentro? Me acerqué al portón, donde me miraban los dos caballos. Vi con delicia que habían dejado abierto y que no estábamos encerrados. Me felicité por nuestra buena suerte, y vuelvo a la parcela. Había una nube gigante en el cielo que amenazaba con todo.

– Voy a llover – Me dijo la nube.

– No importa, la vieja está en la cueva – Le respondí yo.

Cuando llegué, ella tenía todo guardado en las mochilas, pero nos demoramos 6 segundos en sacarlo todo para afuera de nuevo. Ni el frío, ni el viento, ni el día o la noche tenían relevancia. Estábamos los dos, teníamos comida, teníamos agua, nada mas importaba. Nos quedamos lo que mas pudimos, enredadas las piernas en un abrazo largo como el tiempo que lo llevaba esperando. Algún día diríamos:

– Hoy nos quedamos aquí.

Pusimos el candado del portón y salimos a saludar la carretera. Nos encontró la noche, todo su frío, y la resistencia del viento frente a un motor chico. Nos encontró la oscuridad y las luces de frente y pensaba en el camino, y mientras  una voz cantaba cerca de mi oído.

Paramos un en el pueblo, porque tenía que rehabilitarme del frío. Entramos a una cantina cowboys con villeras y borrachitos de campo. Nadie estaba preparado con la revolución que causaría su presencia. 

Volvimos al camino y nos envolvimos en el mas profundo frío, iluminados por los rayos de sol que nos mostraba la luna cada vez que podía abrirse paso por entre las lagunas de cielo que dejaban pasar las nubes.

Su casa, su refugio. Un poquito de mate, mucho cariño a un gato, recuperar el calor, el impulso, la voluntad y volver al camino.

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