El macetero de la Coyi.

El portón había quedado a cargo de otras personas que se iban a las 7 y nosotros encerrados adentro y sin llave.

Había que hacerlo.

Corrí a pata pelada por el pequeño bosque para llegar a donde estaban trabajando. Les pregunté a que hora partían y me miraron con ese recelo de campo que no tiene ningún fundamento. Les conté que estabamos en la parcela de al fondo, pero no trajimos llave, y para saber hasta que hora podríamos quedarnos adentro.

– Es que tenemos que dejar cerrado – dijeron.

Es por lo que les preguntaba la hora. Les costó cachar el mote, pero al final entendieran o no, no quisieron seguir en el enredo. Corrí ahora hacia abajo, saltando palos y murras secas, cuyas espinas no quería sentir rozando los huesos de mis patas. La Francisca estaba en la entrada: había quedado ahí, estacionada al lado del portón propio pero ajeno. Al principio fue raro, porque la iba manejando a pata pelada, pero después de un rato se hizo bien natural y hasta necesario.

La Coyi me estaba esperando sentada en la manta, y la vi a través de su lente, que estaba apuntándome siempre lista, para sacarme una foto. Nos quedamos en su manta, sin horas que mirar pasar, pero en cambio, eran las nubes quienes pasaban veloces por el cielo, dibujando los corazones que veíamos mezclados con el azul, pero en sombras mezcladas con el verde del suelo.

En el supermercado de Cunco, invertimos 6 minutos para comprar solo agua y porquerías.  Nos imaginábamos muertos de la risa, en un supuesto universo paralelo, otros ella y yo, comiendo manzanas y verduras, muertos de la risa, por la posibilidad de pensar que en un lejano universo paralelo, pudiéramos estar comiendo pura mierda.

Ahora tirados de espalda en el suelo, jugabamos a mezclar todos los sabores disponibles, para probar combinaciones nuevas, mientras los arboles se balanceaban jugando a forcejear con el viento. No había lugar, no había tiempo. Estábamos ella y yo, confundidos en el pasado y el futuro de su propio suelo. Eran sus arboles, su pasto, sus piedras, su tierra, sus conejos, su cerco… su pedacito de mundo.

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Le pregunté “Coyi ¿que sientes tener tu propia tierra? Estos son tus arboles, están en tu suelo. Te va a tocar cuidarlos”

– A ellos les va a tocar cuidarme a mi.

Y me encantó su respuesta, pero no le dije nada.

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Nos quedamos toda la tarde, bajo los arboles, conversando con voz y conversando en silencio. Iba haciéndose de noche y comenzaba a llegar el frío. Las nubes avanzaban agresivas sobre el cielo, cubriendo todos los espacios con su manto de humedad condensada. Escuchamos un motor, y supe que había llegado el momento de irse. Corrí hacia abajo a ver si nos iban a dejar con llave, y no pude llegar.

La parcela de la Coyi era ahora un lugar distinto. ¿Y adonde estoy, de donde vengo y para donde voy? No supe responderme. Caminé tratando de encontrar un lugar familiar y no pude encontrar ninguno. Encontré una pendiente, decidí seguirla. Vi un cerco, un camino, un grupo de arboles amigos. Creí que estaba cerca de la salida, pero en todo este jaleo, aparece la Coyi sentada en su manta muerta de la risa.

¿Pero como llegué aquí, si iba yo para el otro lado?

Me indicó con el dedo, todavía riendo, para donde se suponía que yo debía haber caminado, y me sentí tan tonto. Para allá mismo había partido. Seguí de vuelta sin decir nada, y comprendí lo que me había pasado:

Recién le había cachado el porte a este loco. Cuando llegué, no supe a donde había llegado, me senté sin saber en que suelo estaba pisando, me acosté y dormí, sin saber donde estaba el mundo. Era simple, me había transportado en el tiempo. Me había desconectado de todo, menos del lugar en el que estaba y la Coyi. Recién supe quien era el sitio, y sus arboles, y su propio tiempo. Recién supe de que porte era, reconocí algunos arboles que apuntaban hacia el camino, me di cuenta donde estaba. Recién, le había cachado el porte a ese loco.

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Ya no quedaba nadie trabajando, habían partido. ¿Nos habremos quedado adentro? Me acerqué al portón, donde me miraban los dos caballos. Vi con delicia que habían dejado abierto y que no estábamos encerrados. Me felicité por nuestra buena suerte, y me di vuelta para caminar de vuelta a la parcela. Había una nube gigante en el cielo que amenazaba con todo.

– Voy a llover – Me dijo la nube.

– No importa, la vieja está en la cueva – Le respondí yo.

Cuando llegué, la Coyi tenía todo guardado en las mochilas, pero nos demoramos 6 segundos en sacarlo todo para afuera de nuevo. Ni el frío, ni el viento, ni el día o la noche tenían relevancia. Estábamos los dos, teníamos comida, teníamos agua, nada mas importaba. Nos quedamos lo que mas pudimos, enredadas las piernas en un abrazo largo como el tiempo que lo llevaba esperando.

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Ninguno quería partir, pero debíamos hacerlo, no una sino muchas veces solo para que un día pudiéramos decir:

– Hoy… nos quedamos aquí.

Cargamos todas las cosas, nos subimos a la moto y salimos de ahí bajo un cielo en un incendio rojo, que se fue atenuando en los 5 minutos que duró la salida. Pusimos el candado del portón y salimos a saludar la carretera. Nos encontró la noche, todo su frío, y la resistencia del viento frente a un motor chico. Nos encontró la oscuridad y las luces de frente y pensaba en el camino, y la Coyi cantando cerca de mi oído, en el frío, en el viento, en la velocidad y en ese momento.

Paramos un ratito en Cunco, porque tenía que tomarme un café para poder seguir manejando. Entramos a una cantina de pueblo, inundada completa en cumbias villeras y borrachitos de campo. La Coyi produjo una pequeña revolución social con su presencia, y se turnaron tres borrachitos para venirme a pedir cordura, pedirme que no me enojara con ellos por el efecto que causaba la Coyi. Lo único que me dio rabia fue cuando el mas ebrio me dio:

– Siéntete halagado por la mujer que tienes.

Todos los días me siento muy halagado por la mujer que tengo y no necesito que un borrachito venga y me lo diga para que me de cuenta. Pero no dije nada.

Volvimos al camino y nos envolvimos en el mas profundo frío, iluminados por los rayos de sol que nos mostraba la luna cada vez que podía abrirse paso por entre las lagunas de cielo que dejaban pasar las nubes.

Su casa, su refugio. Un poquito de mate, mucho cariño a un gato, recuperar el calor, el impulso y la voluntad, para volver al camino y dejarla esperando hasta que pudiera decirle…

… listo mi amor, llegué. A dormir, no me sigas esperando.

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