Araucarias en la nieve

Meses atrás, cuando era un niño, me imaginaba atravesando el mundo con una cámara colgando en mi hombro, y una mochila llena de sueños y alegrías, capturando paisajes y culturas desconocidas para la mayoría de la gente.

Nada ha cambiado.

Sólo mi mundo.

Anduve tanto tiempo perdido, sin un rumbo claro, sin un plan definido, opacado por la sombra de mis propias inseguridades, de mis propios miedos, de mi falta de motivación, y sobre todo, sin la claridad mental que necesitaba no sólo para avanzar, sino,  para poder hacerlo en la dirección correcta.

Mi mundo ha cambiado. Ya no es inmenso ni inabarcable. Han desaparecido los océanos, y se han juntado todos los continentes. En mi mundo no hay lenguajes distintos, todos hablamos el mismo idioma, no existen los enemigos y todos los desconocidos son amigos en potencia. Aquí he encontrado la paz, y me siento obligado a transmitirla. En mi mundo no hay fronteras, ni límites emocionales. El trabajo es siempre personal, y el grupo, en vez de retrasarte, está ahí, sólo para animarte. En este mundo crezco, sonriendo a los desafíos, orgulloso de la altura de mis propios sueños. Desde aquí miro hacia abajo, y veo aquellos mares de verde agua, como recuerdos lejanos de vidas pasadas. Desde aquí veo hacia el pasado y aun siento el frío de la incertidumbre y la soledad de la compañía equivocada.

Mi mundo ha cambiado y cabe entero en una sola mano. Hay montañas, hay mar y hay bosques. Bosques que emergen a través de la niebla, en el silencio de un valle bañado por ríos que ven su luz, al convertirse el hielo en gotas individuales y que juntas definen un torrente implacable.

En este mundo, hay entre el Pehuén y el río, un refugio a los pies de seis volcanes, que de estar en el mar sería un faro: una señal de esperanza para todos los navegantes que perdidos como yo, navegaban ciegos, sin más fuerza que la posesión inequívoca de la nostalgia. Nostalgia propia de la existencia del tenue recuerdo de aquellos tiempos donde existía la esperanza.

Entre el Pehuén y el río, hay un refugio. Protección permanente contra el viento y la lluvia, la humedad y el frío, la pena, la soledad y la envidia, el egoísmo y la locura. En ese hogar habita un fuego tibio que revive los pies heridos por tantos años de extravío en caminos perdidos. Es residencia permanente de un corazón infinito, que como la luz del faro en la montaña, llama sin palabras al viajero cansado. Viajeros como yo, que con una cámara bajo el brazo y una mochila llena de sueños y alegrías, ha regresado en busca del hogar soñado, luego de atravesar bosques y ríos o paredes de hielo, para caminar entre las Araucarias que habitan allá arriba muy lejos, bajo las alas de los cóndores.

Araucarias, allá arriba, muy lejos, entre la nieve.

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