Vamos al mar?

Mientras empezaban a caer las primeras gotas que me golpeaban duras en las manos, pensaba si había sido una buena idea ir tan lejos, con lluvia. Paré la moto a un lado de la carretera, para ponerme los guantes, y me dije:

Obvio que si!!

Y mientras me iba mojando, mas feliz me iba poniendo de haberme decidido. El viaje estaba planeado hace rato, no había ninguna razón valida para no concretarlo. El agua iba poniendose pesada en mi ropa, y yo me iba poniendo mas liviano.

La lluvia duró un buen rato, pero las nubes dominaban completamente el cielo. El aire frío me recordaba a cada rato la ropa mojada que se iba poniendo mas y mas helada, y me empezó a dar paja. Esa paja de saber que te quedan 200 kilometros de frio y gotas estilando de tu ropa.

Hasta que la carretera se convirtió en un bosque, y el bosque se convirtió en un sueño, porque fue una percepción completamente diferente. Toda la incomodidad se convirtió en gusto. El frío, el agua y el hambre de no haber almorzado, se convirtieron todos en amigos. Disfruté tanto, tanto. Las moscas se iban estrellando en mi frente y que poco me importaba. Los arboles pasaban veloces a mi lado, y yo tan halagado.

A lo lejos vi una mancha azul en el cielo negro. Y si había cielo, en alguna parte tendría que verse el sol en suelo. Me animé, tanto, que aceleré la moto acercándome a ese ínfimo cuadradito en el techo del mundo. Pasaba por curvas buscando impaciente, ese pedacito de luz detrás de los bosques, siempre adelante, hacia el frente.

Fue cuando lo vi.

Al fondo, donde alcanzaba la vista, podía verse bien a lo lejos, un parche de luz en el suelo. Me dio un gusto de locos, que me llenó de vida. Seguí por la carretera entre todas sus curvas, y al final de una recta, al final, donde no hay mas que el horizonte, vi en el pavimento, una mancha luminosa del sol que hacía un esfuerzo por iluminar el suelo.

Luego, de a poco, hacia el fondo, las nubes se fueron abriendo. Se fueron retirando del cielo. Había luz al final del tunel y había caleta.

Aceleré la moto lo que mas dio, y me sentí completo. De una alegría tan grande que fue difícil justificarla. Me acercaba violento hacia el sol, su calor y todo su brillo, y cuando estaba a punto de entrar en el, lo supe. Como si el tiempo se hubiera detenido.

Supe que era aquel un momento importante en mi vida.

El sol me dio de lleno. Directo, sin contemplaciones. El aire se hizo tibio y desapareció el frio. Me deshice en esa emoción tan grande, que tuve que parar la moto, porque lloraba como un niño. De puro contento. Me sentí tan agradecido, me sentí tan feliz.

Una felicidad tan simple y tan, tan, pero tan necesaria.

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Ahí me deshice en mi locura, me fundí en ese momento, y todo me dio igual, como si nada fuera en realidad relevante. Todo, incluso yo mismo. ¿Que era yo, comparado con ese momento?. Tratando de hacerme el grande, me di cuenta que era tan pequeño.

Ya había vivido.

Aguanté lo que pude, hasta que volvió el recuerdo y todo se hizo tan gris de nuevo. El sol seguía ahí, y en su abrigo nuclear me ayudaba, pero no me daba nada. A un lado de una carretera de la que nunca supe el nombre, fui al mismo tiempo tan feliz y tan triste, que me sorprende decidir no contarlo.

El pueblo estaba construido a los dos lados de la carretera, que era su única calle. Tenía todo lo justo: Un par de casas, una escuelita, una iglesia evangelica obvio, y un perro. No hubiera parado la moto, pero vi a unos niños que jugaban con una pelota al lado de unos columpios y me dieron ganas. Me senté cerca de los niños, que me saludaron porque habían aprendido que es de mala educación no saludar, y yo los saludé de vuelta porque había aprendido lo mismo.

En una banca me senté a escribir, mientras se secaba mi ropa.

Me sorprende lo mucho que crecí en ese pueblo, al que no le supe nunca el nombre. Miro hacia atrás, y antes de sentarme en el, era una persona tan distinta. Tan acomplejado, tan defectuoso, tan absurdamente complejo.

Algo pasó.

Algo en mi se quebró. Se hizo pedazos. Llevaba tanto tiempo ahí, y era tan firme que me parece tan increible que se haya roto, tan lejos en un pueblo tan ajeno.

Yo, había nacido de nuevo.

Y no había nadie para contarle.

Seguí el camino como pude. Me detuve donde me tincó, todas las veces que quise, y me demoré lo que me dio la gana. Aquí me quedo, de aquí me voy. Era tarde o era temprano… va a faltar bencina o tenemos caleta?

Que mas da, si es todo tan simple.

Llegué a algún lugar, donde compré hartos dulces, y un turrón. Cargué bencina y partí de nuevo, no se ni a donde, ni a qué.

Que carajos estaba haciendo ahí?

Encontré un puente colgante agónico, del que quise hacerme amigo. Llevaba tanto tiempo cerrado, que el camino mismo se había perdido y de su huella, no se supo mas que lo que sabía el pasto. Me senté en lo poquito que quedaba de sus cimientos, abrí el turrón y le mandé una mascá. Y en ese momento me arrepentí tanto de no haber comprado más. Disfruté tanto, tanto ese turrón, que debe ser hasta pecado. Terminaba de comer mis dulces y tomar mi agua gasificada, cuando me acordé que yo no había venido a pasar la tarde acostado en el pasto, al lado de un puente que se muere tan despacio. El aire marino venía cargado de cuentos, y en toda su sal, me traía todos los misterios.

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Mi cuerpo y mi alma estaban acostados juntos en el suelo. Miré el cielo a través de las ramas de los arboles, me miré a mi, y me pregunté…

– Vamos al mar?

– Vamos – Me respondí solito.

La carretera se hizo larga, tan larga, con rectas gigantes y tan eternas. Le pedí todo a la Fran, y ella me dio de vuelta todo lo que pudo, lo que no tenía y que no supo como dar. El viento nos golpeaba tan fuerte, y los dos ahí acelerando a concho, a mas no poder, a partir lejos, donde no nos encuentre esta pena.

Había momentos si, donde la perdía. La velocidad y el viento nos ayudaron a dejarla. Volvía a veces a gritar de contento, mientras un viejito en bicicleta me saludaba con su mano de hombre bueno. Volvía a ser yo mismo, contra ese frio tibio y todo ese viento. Cantando mis canciones a todo pulmón, mientras girábamos veloces todos los acantilados que corta la carretera.

A ponerle velocidad, si al final, ¿de que estamos hechos?

No somos mas que un sueño.

A ponerle velocidad y vemos como le hacemos. La curva es cerrada… alcanzaremos? A ponerle weno. Picala, baja el cambio y ponle de nuevo hasta el fondo que viene una curva cerrada, hay que tirarse al suelo.

Acelera, ponele pino. El corazón late tan fuerte, pero que bueno… Ahí está todavía aperrando, todavía entero. No le pongan freno, que ahora con alas, se siente de veras en vuelo.

Llegué a Queule montado en un suspiro. Me acordé de mi Valpito tan querido. De cuando fui guia y todavía no lo conocía. De cuando volví otra vez de guía, y me di cuenta de nuevo, que tampoco lo conocía.

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Queule es como mi Valpito. Se construye hacia arriba, robandole metros al cerro. Queule se arranca del mar, que se lo viene tragando de a poco. Es como que tuviera miedo. Como si fueran mordidas de perro, que Queule se abraza a su cerro, aferrado como un niño llorando en su arbol antes de caerse al suelo.

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Me metí copuchento, despacito. Casi como pidiendo permiso. Pero el pueblo estaba prostituido. De alguna parte y con millones de ecos, llegaba rebotado el sonido de un melón podrido cuando se cae y se hace mierda en el suelo: Una banda del carajo, tocaba el punk-rock-pop mas malo de la vida, molestaba a todos los arboles que no tenían orejas para taparse.

Que burrada mas grande.

Me acerqué a Nano Stern, a ver si se acordaba de mi de cuando nos conocimos en Santiago, pero debe conocer millones de personas todos los días, así que asumí que iba a puro webiarlo. Lo vi tan anónimo, como feliz de que nadie sepa quien era, que no lo quise sacar de su invaluable momento de ser por fin, una persona cualquiera.

Después de los 6 minutos que me demoré en conocer Queule en su absoluta totalidad, me devolvía ya para Temuco, todavía todo moreteado por la cantidad enorme de emociones vividas.  Llegué al cruce y el letrero decía Mehuin.

Fue super raro, porque no alcancé ni siquiera a analizar la situación. No contabilicé distancias, tiempos ni ganas. No alcancé a plantearme la opción de viajar a Mehuin. Simplemente la moto giró, obedeciendo a una orden automatica que no la generé yo.

No creí posible que fuera uno de aquellos milagrosos efectos de la meditación que estaba empezando.

El yo interior se hizo muy presente. Tanto, que mi cuerpo se convirtió en el alma, aunque solo por un rato. Mi alma había sido un cuerpo por tantos años mientras la ignoraba, y ahora ella, libre por fin de todas esas amarras, volaba de nuevo, acelerando, acercándose al cielo.

No, digo de veras, hacia el cielo.

Me acercaba a una cuesta diseñada por un santo que se había hecho arquitecto: Llena de curvas fuertes, giros cerrados, y al mismo tiempo es enterita un mirador celestial para ver el mar, en toda su inmensidad.

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Le puse chaya, como pude. En los giros pensaba en mis rodillas, y que pasa si una se arrastra en el suelo. Daba gusto como giraba la Fran.

– Ponele pa lante Panchita vamos, ahí viene otra, a ver como le damos.

Ni Fantasilandia.

Llegué a Mehuin, buscando la forma de meterme al mar, y lo recorrí entero, impaciente buscando meterme al agua. Dejé la moto estacionada allá bien lejos, y caminé por el arena tan suave. Tantos años sin ver este mar. Me había olvidado de su azul tan frío. Me mal acostumbré al Atlántico, y su verdor tan podrido.

Mi casco quedó por ahí, llenandose de arena en algún lado, como me llenaba de arena yo, por todos lados. El viento soplaba tan fuerte, que amenazaba con sentirme amenazado. Parejas caminaban de la mano, allá tan lejos, que no sabes si te lo habrás inventado. Se ven las gaviotas que juegan como niños a correr el arena buscando caracolitos. El viento frio te envuelve, y te va empujando los miles de granitos brillantes que se atreven a tratar de enterrarte,  llenando la ropa de cristales pulidos, y que tesoro mas bello te entrega la tierra, tantos años de dedicación para darte tantos miles de joyas tan naturales, tan simples y tan eternas.

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Una moto pasa sacandome la lengua, mostrandome lo bacán que se siente andar en moto en el arena. Daba círculos alrededor mío, encabronandome, obvio, de tener mi moto estacionada allá tan lejos.

¿De que me servía a mi, una moto enterrada hasta las manillas en la arena?

Pensé en parar al tipo, solo para preguntarle si me dejaba probar su moto y ver que tanta maravilla es andar hecho las velas saltando rampas de arena. Pensé en ofrecerle mi moto incluso, para que viera lo que se siente andar en una moto que tiene nombre de mina, tiene poco motor, pero gira como la mejor en el tango.

Me imaginé a punto de subirme a su moto, mientras el me preguntaba “Pasame las llaves de tu moto?”, y yo le respondía:

– Ni cagando.

Ahí terminó mi paradoja, y me terminé de hartar con ese cabezón.

Se hacía de noche y se notaba. El sol se alejaba, y se notaba. Aparecía el frío, mas viento, y menos fuego. Partí a buscar a la Fran, y nos fuimos los dos tranquilos de vuelta, despidiendo a un cielo de azul y reemplazandolo, de apoco por uno vestido de negro.

Aparecieron las estrellas antes de que se oscureciera, y luego fueron invadiendo el cielo en su fiesta que no tenía ninguna pinta de penca. Se amontonaban todas allá arriba, tan luminosas y tan lejos, quemando hidrógeno como si no importara nada. Que se acabe! Sin medir nada, disfrutando cada instante. Si las estrellas tuvieran mesura, vivirían billones de millones de años, en vez de agotarse. Brillar todo lo que se pueda, porque es una obsesión. Las estrellas mandan, ellas disfrutan su vida.

No son como las personas, por lo general, aburridas.

Me tragué toda la carretera y todos sus camiones. Con tanto que contar buscaba un desvío, y aunque volvía al final contento a la casa, me recibió la Lore, me preguntó como estaba y le respondí desde bien adentro…

– Con pena.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Daniela Thiele Vargas dice:

    Podria estar toda la noche leyendo, pero tengo que dormir…. Me gusta mucho lo que escribes y tus fotos son hermosas, muy lindas.
    Con lo que mire entre lineas me pude dar cuenta de lo que mencionaste por face, de tus “maldades”
    Y no creo que sean para nada maldades si no buenades…No se porque te contacte, ni siquiera se porque te estoy escribiendo, solo se que siempre te recuerdo con mucho cariño, recuerdo a un hombre especial, muy diferente a los demas, lleno de sueños, que parte de ellos ya son o fueron una realidad…
    Seguimos caminos muy distintos, pero en esencia seguimos siendo los mismos niños que se conocieron hace tantos años.

    Ahora tengo un auto, se llama Carolo veloz, siempre me gusto ese nombre y nadie sabe porque se llama a si.
    Solo yo, se porque.

    Cariños y cuidate mucho y espero me escribas y no para el 2020…

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