¿Vamos a dar una vuelta en moto?

– Yapo, vamos – Le dije a mi papá.

Y luego me la tiró:

Me preguntó si quería probar su moto. SU moto.

S U   M O T O .

Esa moto ha sobrevivido crisis económicas y maritales. Ha escuchado frases del tipo “La moto o yo”, o “Hay que venderla, para alimentar a tus hijos”. Sin importar la envergadura de la tormenta, esta moto ha demostrado quedarse, contra viento y marea. De hecho, tengo la sospecha que mi papá será la primera persona en la historia, que se lleve una posición material al paraíso… de lograr entrar.

Y me la ofreció.

Yo a esta moto le he tenido ganas desde el antiguo testamento. Aunque nunca fue una ilusión real, porque era mas probable que me saliera un cuenco de oro del trasero, antes de que mi papá me la prestara. Igual el día estaba perfect para andar en moto, ni calor ni frio, algo de nubes hay en el cielo, y además, me compré audífonos nuevos que SI sirven para andar con casco.

Bueno, vamos. Y partimos.

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Ya habíamos pasado un puente, o dos, quizá tres, y la carretera se transformó en un campo. Al final del horizonte, la nieve de todos los volcanes reflejaba ese blanco limpio que me trajo todas las ganas de ir a esquiar. Los árboles comenzaron a rodear el camino y sobre nosotros, de los dos lados se daban abrazos entre ellos, poniéndole un techo al cielo. Aparecieron un par de curvas y me dieron ganas de pistear como un campeón. Fuimos los dos jugando un poco con el equilibrio sano que da toda la velocidad. Iba en eso, cuando mi papá me adelanta, me mueve la boca, no le entiendo nada, y con un dedo apunta su moto, y con el otro a mi.

Era verdad.

Nos detuvimos en una berma, al lado de un río. Se bajó y me subí yo. No podía creer, que yo era la primera persona que manejaba su moto. Le pregunté “cual era la mecánica” y “la misma”, me contestó. ¿Entonces, cual era la diferencia?.

– La fuerza, me dijo.

Claro, si su moto tiene un motor 10 veces mas grande que el de mi Panchita. Esa moto tiene mas motor que muchos autos (y algunas camionetas). Yo algo cachaba que tenía que irme con cuidado. Así que me encomendé a Jah, Krishna, Jesus, Jebus, Maoma y el creador del Ku Klux Klan. A Buda no, porque me hubiera contestado que romper la moto de mi papá, hubiera sido una experiencia positiva en mi vida.

Puse primera y solté el embrague. Partí despacito, cachándole el peso, viendo que tanta era la maravilla. – Igual que mi Francisquita, pensé, solo que mas pesada, mas tosca, mas masacotuda y un poco mas incomoda. Ahí traía a mi papá pegado atrás mío, cuando quise cachar cuantos son 62 caballos de fuerza. Un caballo de fuerza, uno (1), es la cantidad necesaria para levantar 100 kgs a la altura de un metro, en un segundo. A ver como te las arreglas con 62 de esos.

Despacito primero y luego mas copuchento que atrevido, le fui metiendo chala. Oh… eso estuvo bien, me dije. Bajé un poco la velocidad, y llegó mi papá a mi lado, con cara de pregunta. En eso apareció un camión y nos adelantó el atrevido.

– Y ese?? Que se cree!?

No podía ser. Era una ofensa demasiado grande, eso no podía quedar así. Bajé un cambio, y le puse muñeca a ver… que pasaba. Desapareció papá, camión, paraderos de micro, arboles, tiempo, consciencia y toda la existencia. Todavía me quedaban cambios para seguir subiendo. Estaba en cuarta y ya tenía una velocidad ridícula. Pongámosle quinta… a ver que pasa. Y me preocupé, porque a los 130 kms por hora que iba, era como si no me moviera nada.

– Una curva!!… suaaaaaaave. Otra!! traaaanqui…

Y la moto pegada en el suelo, atenta hasta mis pestañeos para ver si había que girar algo. Tomaba las curvas con una dulzura gelatinosa de niños manchados con chocolate en una mañana de otoño. Era como si se manejara sola, como si dentro de su espíritu mecánico tuviera conciencia del camino y se preocupara ella de todo. Y su velocidad… no era que anduviera muy rapido, era su aceleración. Bastaba pensar en adelantar a alguien, cuando se pegaba un salto de 50 a 120 kms/h, como si no hubiera importado nada. Ahí estaban los 62 caballos. Tenía todo ese poder completo bajo mio. Frené un poco para ver si veía algún rastro de mi viejo, pero a esa altura no debía ser mas que un moco pegado en el suelo. Mas que nada, era la excusa, para partir de cero.

Puse la canción que andaba buscando (…ESTA…), y esperé en la carretera. No venía nadie, era entera para mi. Puse primera, me afirmé en el suelo y despegué. ¿Que fue eso?, hubieran preguntado los que pasaban por ahí. Y mientras José Gonzalez le ponía toda onda a mi momento, yo gritaba como un simio, de puro contento. Daba lo mismo que me vieran, el sonido venía viajando allá atrás, muy lejos de mi.

Llegamos a un pueblo, y detuve la moto con suma seguridad. Apareció mi viejo de repente. Traté de explicarle, pero no me dejó hablar. Vamos por una cerveza, y ahí lo conversamos, me dijo. Llegamos a una cantina del viejo oeste. Faltaban solo los caballos, porque los vaqueros ya estaban sentados. No había ninguna mesa, pero habían bancas de vaqueros, donde cada vaquero podía mover su banca de vaquero para donde quiera, actitud que les otorga mucho poder. Pero como no habían mesas en ninguna parte, estaban todos apoyados en la barra, que era un pedazo de tabla cuadrada. Nos trajo una cerveza con dos vasos que no habían sido lavados. Vio mi cara de risa, así que le sacó las manchas del borde con la mano.

– Tráigame al gerente, le dije.

No, mentira. Pero nos tomamos la chela con el viejo, y conversamos la moto. Al final, llegamos a la conclusión de que en realidad la moto de el y la mía, son la misma cosa, pero la diferencia está en lo que puedes hacer con ella.  La suya, por el hecho de ser mas cara, pesada y tener un motor gigante, puedes evidentemente, matarte mas rápido. En mi Francisca, la muerte llega igual, pero después de un rato.

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Nos tomamos la cerveza, después la vaciamos y nos subimos a nuestras motos. Como ya había probado otra moto además de la mía, quise ver como era de veras la diferencia. Y su respuesta me gustó tanto, porque es una moto mucho mas ligera, con la que se puede jugar. De velocidad, no tanto, pero de ligereza, toda.

Veníamos ya de vuelta, cuando nos topamos con una recta larga, de esas que llegan al infinito y se pierden en un pixel único en el lugar donde nace el horizonte. Me arremangué los pantalones, me eché sobre el estanque y me pegué a la Francisca, acelerándola a todo lo que diera. 105, 106… 110, 112… La Francisca va a explotar igual que el bote en el lago. Llevaba 113 kms por hora, y no daba mas del gusto (y del susto) cuando mi papá, pasa eyectado a la velocidad de la expulsión del gas anal. Fue un destello, y luego todo su ruido de los mil caballos de cancerbero, que había quedado rezagado, igual que el canto del rayo.

A mis 113.7 kms/h tuve una explosión de risa y baba que por la pura fuerza del viento, saltaba de mi boca hacia afuera mientras me reía. Me demoré un rato en alcanzarlo, tuvo que dejar que lo alcanzara. Y cuando estuve al lado de el, le grité entre todo el barullo infernal de los pistones en la galera de guerra…

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– Que eres homosexual… en la que te fuiste…

La canción del día.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Importante no dejarse llevar por el entusiasmo. El chasis es uno mismo y con un simple quiltro despistado, puedes quedar metido entre las matas al lado del camino. Peor si se cruza algo más grande. Prudencia es la regla

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