Blumenthal.

En el restaurant suena Blumenthal, de Ulrich Schnauss. La traje yo, porque me calma, y me transporta a un momento clave en mi vida…

“Caminábamos con el Nico y la Lau, bajando Machu Picchu desde aguas calientes, por la linea del tren. Entramos todos a un tunel tan largo y tan oscuro, tan tremendamente resonante, que el Nico no pudo aguantarse, y desenrolló si Digdeeridoo australiano para reventar las rocas que coronaban esa bóveda oscura. Empezaron las vibraciones y el tiempo se detuvo. Mientras ciclaba su respiración constante y el tormento acústico invadía la fineza de todas las paredes detonadas, las ondas acústicas, rebotaban salvajes y descontroladas a su propio ritmo aprovechando la reverberancia de esa cámara de sonido tan perfecto. Ya levitábamos en un estado superior de la conciencia (y la imbecilidad), cuando un sonido potente como un caballo de batalla en un campo de muerte, invade la totalidad del tunel, apoderandose de todos los rincones que fueron alguna vez del Nico.

Conchemimare. El tren!

Lo que siguió después, fue épico. Todo se redujo a un instante de velocidad disminuida. En cámara lenta, mientras el tren pitaba dentro del tunel, nosotros comenzabamos a correr despesperados sobre los durmientes de madera, esquivando los espacios de grava y roca, para no tropezarse y convertirse en un desecho de humano. Corría con mi mochila gigante, a la velocidad que mas dieran mis piernas ya agarrotadas. Miro para atrás y lo que veo me sobrecoge de ternura:

El Nico y la Lau van corriendo de la mano frente al tren que ya los alcanza. En la oscuridad abismante del tunel, la luz de su farol es lo único que se observa y ellos convertidos en sombras, como fantasmas que huyen del destino inevitable de la muerte, no van a alcanzar a salir del tunel.

Yo alcanzo justo a tiempo a saltar hacia afuera, y rodar por la pendiente del terraplen, y en la caída, alcanzo a darme justo una vuelta en el suelo para ver que había pasado con los chiquillos, mientras el tren sale veloz del tunel, como si fuera un avión en el despegue. Ahí en el borde del tunel los veo comprimidos contra la pared, con la esperanza de no salir catapultados hacia afuera.

Tuve esa foto por mucho tiempo, hasta que la perdí en uno de mis discos duros.

Nos levantamos, y después de abrazarnos celebrando la vida, salimos definitivamente del tunel. Afuera, vuelve la montaña a abrazarse a este vacío tan inmenso, y el abismo de rocas que corona la bóveda de piedra, está cubierto de arboles que se abren camino a través de las grietas que permiten el crecimiento de sus raíces atrevidas. Hasta arriba, donde alcanza la vista, puedes ver la inmensidad de los troncos gigantes de árboles sin miedo, que se aprietan mutuamente para no caerse del precipicio.

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Y desde el infinito cielo, donde no se ven mas que las nubes, caen gotas de agua gigantes, que se fueron acumulando en la condensación de la niebla, traspasadas a su vez al verde de las hojas, desde donde se dejan caer, como si fuera lluvia de verano. Gotas gigantes como luces de agua, caen desde lo mas alto, siempre en cámara lenta, rodeándolo todo, despacio, como si el tiempo mismo circulara a su propio ritmo.

Pones atención a la gota mas lejana, y vas viendo como luego de desprenderse de un árbol tan lejano, comienza su caída libre, acelerando de a poco, como bombas lanzadas de un avión invisible en un cielo encapotado. Seis segundos después, la gota explota a tu lado, junto con 15 mas, que van reventando en el suelo a un costado.

Blumenthal sonaba esa vez en mis oídos, y cada vez que la escucho, me transporto a ese momento y a ese lugar, donde el tiempo parecía haberse detenido en la velocidad que cae una gota gorda en cámara lenta, desde un árbol inalcanzable en la cima de la selva del Urubamba.

Es la música que he puesto en el restaurant, para recordarme que he vivido.

Hoy es mi último día como administrador, y me voy tranquilo, porque mi nuevo yo, también sabe de música. Podrá borrar todo y poner su propia firma, pero también sabrá respetar el recuerdo que yo dejo para mi gente, una vez que yo me haya marchado.

Estoy en todo lo que escuchas.

La música soy yo. 

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