La Percha.

Ya eran las seis de la mañana y me picaba la cara cuando el Pancho me pregunta “¿y al final, que hacemos?”. La verdad, me da lo mismo – Le contesté. Mientras no sea tener un plan para hacer nada, cualquier alternativa es una buena alternativa. Es tu despedida, elige tu.

Reigolil, Sollipulli o Huerquehue. Cualquier cosa cerca de Pucón: El Pancho tenía que entrar a trabajar en el hospital de allá.

Mas rato vemos, y me fui para la casa. Dormía todavía a las 9 de la mañana cuando el Feña propone que partamos a Pellaifa. Vuelvo a dormir, y como a las 11 decidimos partir a Villarrica para pasarlo a buscar.

Agarro la moto, voy donde el Pancho, cargamos mochilas, delantales, mantas y partimos. Daba risa haber subido a ese tremendo oso a la Francisca y partimos. En Villarrica nos encontramos con el Feña, cuando por fin entendió que de veras habíamos viajado. Nos subimos a su auto, compramos agua,  fruta y nos fuimos al Pellaifa.

Me dejaron a cargo de la música, obvio. Pero esta vez, sonaba el soundtrack de Pellaifa. Tuve que aguantar durante todo el viaje entero a estos dos tarados que conocían la región entera mejor que el patio de sus propias casas, y yo todavía conociendo ni siquiera la plaza de armas.

Todo el viaje, hablando de la mítica Piedra del Indio, el salto con el  Ojo del Agua, la Roca del Sol, la Laguna de Loto o el Cajon del Panda. Todos lugares que por desconocidos no tenían nombre, o se los ponían quienes lograban llegar. Todo lo que habían descubierto y yo tan novato. Me daba hasta rabia pensar todo el tiempo que había estado viajando por otros lados. Teniendo todo esto aquí mismo, a 45 minutos de la casa.

Llegamos al Pellaifa varias horas antes de que se ponga el sol. Dejamos el auto en el camino de las cascadas y cuando empezamos a caminar, les pregunté si les gustaría ver el mundo desde esa roca de allá arriba, sobre esa pared de granito gigante que encierra todo el lago.

Nos paramos en el camino y me preguntaron si sabía como llegar ahí.

Lo pensé bien, y en realidad no sabía. Una vez 8 años atrás, estábamos carreteando en la playa, debajo del mismo murallón de rocas. Con una botella de cerveza en la mano le pregunto a Javier si quisiera conocer como se ve el mundo, desde esa roca de allá arriba sobre esa pared de granito gigante que encierra todo el lago. Y después de la respuesta obvia de todo borracho, recuerdo haber caminado por un camino raro, y luego salirse del camino en otro lado, y caminar entre palos, zarzas y ramas, para llegar a un bosque de Coihues donde hay unos hongos negros, que si son alucinogenos, son los mas venenosos del mercado. Probando huellas y todos los instintos, habíamos dado con la gran roca. Nos sacamos una foto desde allá arriba donde los cóndores anidan, y nos terminamos de tomar la cerveza.

Pero de llegar, no tengo idea como. Así que les dije lo evidente: Vamos, yo los llevo.

La sensación de mostrarles a esos dos tarados, un lugar que ellos no conocían, fue adictiva. Yo, entre toda mi mierda insensata y retardante, podía también aportar con otro tesoro a la bóveda del paraíso, que hemos ido recolectando con todos los lugares que valen la pena. Había dejado mi cámara en el auto, porque no traje batería y no me importó. Tampoco me importó llevar el ipod, ni el cuaderno para escribir mis emociones. Iba con mi polera, un traje de baño, y mis zapatos en la mano.

Nunca antes viajé tan liviano.

Empezamos el ascenso. Yo tenía mas o menos claro por donde era la cosa, pero en realidad no me acordaba de nada. Me acordaba del sendero italiano, de la marca del tronco arrastrado por el yugo, de la Pradera de Heidi y del mirador. Pero no me acordaba como era que se conectaban. Caminábamos igual, mientras yo advertía que no sabía, y que de todas maneras recordaba que para llegar, no había camino.

Nos perdimos un par de veces, hasta que cosas familiares nos fueron encontrando de a poco. Llegamos a la pradera de Heidi y al mirador. Desde ahí podías ver todo el lago, estando aún en el valle. Desde ahí se podía ver también, La Roca.

Yo les advertía que esa roca era un poco muerte, porque es muy lisa, muy inclinada y es bien fácil mandarse entero al abismo. Además  hay dos o tres partes donde hay que hacer un poco de escalada, así que no quise forzar a nadie. Decidieron que en realidad no querían conocer la roca, y quedamos todos sentados en la pradera, mientras el sol iluminaba todo lo terrestre que estaba al alcance de la mano. El tiempo pasó entre piedras preciosas y cristales de cuarzo, mientras las sombras nos envolvían poco a poco. Vimos los últimos rayos del sol, antes de perderse en la cadena de cerros, le agradecí toda la luz del día de hoy, y le dije un hasta mañana, cuando el Pancho me dice: Hoy mismo, si tenemos suerte. El sabía que mas tarde lo volveríamos a encontrar mientras nos esperaba en un valle antes de ir a dormir al mar.

Nos quedamos en la sombra y mientras el frío iba llegando, el Pancho se pone de pié y dice, creo que quiero ir a ver esa roca. El Feña agrega que vamos todos, y partimos. Nos perdimos otro poco y caminamos de nuevo, por senderos que ya no eran tanto, y escalamos por ramas de arboles podridos que creaban puentes en la invasividad de la maleza. Cuando llegamos a los Coihues, supe que estábamos cerca. Llegamos a la zona de escalada y era. No tan peligrosa como la recordaba, que el tiempo transforma todos los miedos, ni tan innaccesible en mi memoria, que el tiempo desvirtúa todas las distancias. Pero si era mía, porque yo la descubrí al verla desde abajo y a dibujar el camino que me llevaría hacia ella.

Estuvimos mucho rato sentados en el borde del precipicio viendo el resto del mundo que vibraba tantos metros tan abajo. Ni los dos lagos en toda su inmensidad parecían capaces de ocultar su tamaño a la vista nuestra de pájaros. El viento nos traía como regalos, los ruidos transportados de todos lados, y en uno de esos susurros, recibí un consejo para escalar un árbol.

El viejo.

Ahí estaba todo chueco, agarrado como podía, tratando de hacer un tambaleante equilibrio, intentando fijar raices en la roca lisa. Las ramas llenas de tumores y nudos, eran un criadero natural de digüeñes en crecimiento. Era un viejo artrítico no asumido, de movimientos adoloridos y quejidos rabiosos al dolor de ramas chuecas que se van quebrando por el paso del tiempo.

Era perfecto para mi.

Escalar un árbol requiere demasiada madurez. Que los niños escalen arboles, es el mejor consejo: Es igual que vivir. La vida es subirse a un arbol.

Cuando hay un propósito, no importa nada. Se hace lo que se debe, se aguanta, se calla y obedece. Se hace, no importa que sea lo que se haga, se hace. No hay excusas ni explicaciones: Hay un propósito, y se hace. Aunque sea llegar a ver desde la copa del árbol.

Cada árbol es distinto de los demás, y cada uno tiene sus propias rutas y sus propios descansos, sus desafíos y sus relajos. Si no hay otra rama, aunque sea la única, se ve frágil y no puede ser alcanzada. Pero es la única rama. No hay justificaciones, se alcanza lo inalcanzable. Esta claro que abajo hay un abismo, cualquier error se paga caro, el riesgo es grande, y al mismo tiempo no importa, porque tienes tus manos apoyadas, tus pies bien puestos, y si algo se quiebra, todavía te queda apoyo en tantos lados.

La vida es un árbol. Puedes o no puedes. Quieres o no quieres. Sin saber como, te las arreglaste para girar, pegar un salto y avanzar. Te concentras y decides, si no estás listo, te sientas a descansar, mientras el viento que ha aparecido recién, mueve el árbol suavemente como meciéndolo para llevarlo a dormir, pero no lo sientes, porque descansas en una burbuja de hojas y ramas.

Hay forma de subir, solo que todavía no se te ocurre. Como se ve, no se puede. Las ramas están muy delgadas, el riesgo es enorme. La solución surge de repente, estás un metro mas arriba. El viento trae un aroma dulce, y se escucha como si le conversara a las hojas. Escalar un árbol, requiere mucha madurez. Tan importante como poder llegar arriba, es conocer cuando dejar de escalar. Y luego de descansar y disfrutar el vaivén agresivo de las copas en el viento, dejas el tronco que queda hacia tu espalda y por primera vez, miras entre tus zapatos el tronco que baja hacia la eternidad, dibujando escalones con mas troncos, ramas, tallos y brotes. Esa vista es alucinante.

Escalar un árbol es vivir la vida.

Bajábamos ya, mientras nos buscaba la noche y les pregunté que nombre quisieran ponerle a la roca. Después de algunos intentos, les pregunté si podíamos considerar nombrarla “La Percha”.

– Y eso que es?

– Es el árbol sobre el que el águila vigila el horizonte.

La Percha es.

Un lugar solo  es tuyo si le pones nombre.

Bajamos de La Percha corriendo en carrera por los senderos en bajada, saltando hacia los dos lados, esquivando las huellas de la yunta de bueyes y el surco del tronco arrastrado en la suavidad del terreno arcilloso. Dejamos de correr solo cuando apareció una pared de roca con incrustaciones de cuarzo, desde donde el Pancho retiró una plataforma de musgo, que sería materia prima para sus futuras composiciones. Nos quedamos sentados ahí, luego de una terapia de risa, mientras gritábamos de risa en la inmensidad del bosque, iluminados por la tenue luz rojiza que se dibuja en el horizonte del ocaso, mientras el sol, anunciando su partida, comienza a perderse entre los cerros que delimitan el valle de la cordillera. 

Bajamos a la playa, y armamos un camping clandestino a la orilla del lago. Quedábamos solo el Feña y yo, conversando mientras la película cósmica avanzaba sobre nosotros. Habíamos visto satélites encenderse durante la movilidad de sus paneles solares, y nos sentimos con suerte. Buscábamos en el cielo, como cazadores de cuentos.

Fue cuando lo vi.

Apareció a un lado de venus, hacia el norte, una estrella encendida muy brillante en una incandescencia anaranjada. Se vio una explosión breve y empezó a generar una cola, mientras se hacía mas grande y mas brillante.

– Feña, feña, feña!!!

La luz crecía y crecía, y mientras se hacía mas brillante, la imaginación la convertía en el avión de lost cuando caía roto en dos partes, con el mismo silencio de muerte. La cola se hacía mas y mas grande, y pintaba el cielo de un color tenue claro. El asteroide seguía creciendo y alcanzaba una dimensión gigante y los distintos colores del fuego se hacían presentes alternados en forma constante.

Fue todo tan lento. Tuve tiempo hasta para absorber esa magnífica sensación de entrega y seguridad, para creer en el fin del mundo, y que sería todo para nosotros. Allá arriba, una bola gigante de fuego, se desplazaba lentamente en su inmensa velocidad, quemándose en todos los colores, mientras dos amigos, en una playa vacía de un lago sin gente, cerca de una roca que desde hoy tiene nombre, se abrazaban de contentos al no creer su suerte.

La roca espacial creció hasta desmembrarse en miles de piezas que fueron quemándose en forma independiente, como se queman las últimas luces de los fuegos artificiales. Ahí quedaba en el cielo esa cola de asteroide evaporado, mientras el viento con descaro, la iba barriendo del cielo, como diciendo “esto tampoco se queda”.

Con la mañana llegó la niebla, con la niebla el frío, y con el frío la hora de partir. Cargamos el auto, y mientras el sol ahora iba apareciendo en la carretera que iluminaba desde arriba, desmembrando todas las sombras, nos encontramos con la luz del sol que nos andaba buscando.

Un Tiuque que se alimentaba de una liebre, despegó apenas se acercaba el auto, y en su vuelo desesperado, una pluma cayó de su cola. Mientras caía, pasamos de largo. ¿Paramos a recogerla? Que pregunta es esa, si era tan obvio.

Y mientras sonaba la canción que te he regalado mas arriba, deteníamos el auto, para recoger la pluma en la carretera, justo cuando el sol empezaba a bañarnos con su luz de trueno. Desayunamos en la playa chica de Lican Ray. Eran las 6 de la mañana de un lunes, y la ciudad era nuestra. El Pancho nadaba en el lago, mientras el Feña se sumergía en la infinita calma de ese lago durante la mañana. Yo, con mi cámara en la mano, buscaba ver si el universo me daba la oportunidad de poder usar mi cámara, para mostrarles con una foto, lo que podría llegar a sentirse uno, cuando aparece el sol sobre una montaña, para iluminar un lago en toda su infinita calma un lunes por la mañana.

El Pancho tenía que trabajar en el hospital de Pucón a las 8 de la mañana. Le ofrecí llevarlo en la Francisca, porque ya había decidido traerlo de Temuco a su nuevo trabajo. Me dio las gracias, y rechazó el favor. Asumí que tendría una buena razón y no insistí, porque a diferencia de una mujer, un hombre dice lo que dice, manteniendo el significado de lo que quiere decir.

Aunque el Pancho se fuera en bus, yo iba a Pucón igual. Tenía ganas de hacer ese camino con la luz del sol de esa mañana entre las ramas que bordean toda esa bella ruta tan verde, vigilada siempre por tremendo volcán. Era tan tarde que me pidió que lo llevara igual, así que eché al oso arriba de la moto de nuevo y partimos los dos pa allá.

La moto quedó estacionada en el lugar de la ambulancia mientras nos despedimos hasta la próxima escapada. Pasé a tomarme un café con un galletón gigante. Uno como ese galletón Krishna gigante, mas rico pero  menos saludable.

Dejé un pedacito de pan junto a la vereda para que lo encuentre un perrito, antes de subirme a la moto para ir a encontrar la carretera.

Mientras la música sonaba en mis oídos y el sol se filtraba sin esfuerzo por entre las ramas de los árboles, podían verse reflejadas todas las ondulaciones del lago, dibujadas por el viento de la mañana. Tuve muy claro una cosa…

…Era la carretera quien me había encontrado a mi.

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