Martes de Carnaval.

Apareció por mi ventana cantando, tempranito pero muy tarde. De todas maneras importaba poco que igual nos iba a costar tanto despegarnos de la cama para empezar la partida. Tomábamos un desayuno bacán cuando le pregunté si partíamos en su auto o en mi moto.

– Es que traje comida.

– No hay rollo, lo ponemos en las alforjas..

– Pero es que traje un cooler de comida.

– Ya, vamos en tu auto.

Un cooler, cáchate. Partimos yo sabía donde, escuchando su música, que tuvo que reconocer que era súper charcha. Cuando llegamos a un cruce en V, me preguntó pa donde.

– A la izquierda… izquierda……. DIJE IZQUIERDAAAAAAAAAAAAAA!!

Y dale con irse metiendo a la derecha. Tuve que apuntarle con las dos manos el camino del desvío, y la contradicción fue tan grande, que no hubo dirección posible… casi nos estrellamos con el camino del medio. Llorábamos de la risa con el auto mal parado, justo en la mitad de la carretera, mientras nos iban adelantando autos por los dos lados.

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Volvimos al puente que a mi me había gustado tanto. Debo reconocer, que estoy enamorado de las ruinas de los puentes. Dejamos el auto en la entrada y caminamos un poco, solo un poco sobre los tablones podridos. Estuvimos de pie sobre la mitad del río, que es mas o menos el lugar donde podrías tener una muerte muy estúpida. Nos sentamos un ratito ahí, a jugar un poquito con el vaivén del miedo, hasta que fue mucho y nos devolvimos, solo para encontrarnos con este hongo gigante, champignon superdotado mutante radiactivo. Debo decir, que mientras le juraba que por ningún motivo me lo comería, ya lo estaba masticando. Volvimos al puente, solo para poner al hongo hipertrófico en el camino del mar. Bajamos al río, atravesando un bosque de pinos que tenían alma de músicos, al golpearse entre ellos como marineros jamaicanos, mientras en el choque generaban tonos de distintos sonidos. Llegamos a la orilla, donde una arena de polvo juguetona, acompañaba las rocas de granito modelada, sobre las que estábamos sentados, con las patitas colgando hacia el río, maravillados a veces, por un olor de mierda que traía el viento desde alguna parte, donde se estuviera pudriendo algún animalito muerto. Ahí nos fuimos enterando de las verdades mas íntimas y profundas y las palabras mas bellas, las mas alegres y las mas tristes que recuerdan solo las aves del puente sobre el río. El bosque del frente traía de vuelta los ecos de nuestras risas de niños, y cada hoja que flotaba bajo el embrujo del río, parecía sumergirse mientras pasaban por la sombra del puente sobre el agua. Ya era tarde cuando decidimos partir a otro río. Partimos en el auto pero no avanzamos mucho cuando ya aparecía en forma de niños saltando en el pozón donde después pescaba un tipo demasiado abrigado para un día tan rico. Dejamos el auto estacionado al lado del puente, y partimos. Puso una manta a la orilla del agua, y como una avalancha de comida empezó a sacar cosas del cooler, que vomitaba un poco de nada y mucho de todo. Mientras iba apareciendo la comida, y con esa risa revuelta como el baile del trigo seco en la brisa del verano, solo para molestarme va y me dice:

– No traje ceviche. Pero traje salmón ahumado.

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Y nos dio una risa cómplice tan buena. Nos quedamos sentados conversando sobre las latas de cerveza, paquetes de galletas, hojas de lechuga, hielos dispersos y libélulas que les levantaban el poto al aire a cada libélulo que pasó volando. Le conté que había seleccionado a este paisaje, este momento, esta temperatura, este río, esta comida, esta mujer y toda esta escena, como uno de aquellos momentos al que buscas volver, cuando quieres recordar cuando todo fue perfecto. Entre queso crema y cerveza, fue desapareciendo de a poco el salmón ahumado, transformando el hambre en un amor compartido bastante poco realista pero tan bueno. Aprovechándonos de la oportunidad en la desvergüenza de la confianza irrefutable, nos fuimos contando cosas de las que no les hemos hablado a nadie. Y como todo lo bueno tiene que llegar a su fin y viceversa, fuimos guardando las cositas en sus espacios comprimidos, mientras el viento silbaba entre las copas de los árboles, dándonos mensajes de alegrías y tristezas confiadas a ninguno y sin olvidar a nadie.

Volvimos a la casa ronroneando como gatos, mientras nos íbamos terminando el salmón ahumado de a poquito, pero con paciencia. Nos quedamos tranquilos, como si no existiese el tiempo, y juntos vimos avanzar las sombras que comenzaban a devorar el suelo, en esa hambre por el espacio, en esa lucha contra el tiempo. Quemamos un pastito tierno mientras vimos Comer, Rezar, Amar, que me decía era la película de mi. Esa, y los Puentes de Madison.

No se que tanto, si al final ni la vimos.

Yo soy mi propia película.

Te dejo con esta canción, justo para este martes tan bacán, que la letra pega igual de bien que como se pegan los chicles a las mesas. Además el video está muy bueno. Es Calamaro con toda su onda bohemia.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Me encanto salir, eres un lindo, me encantas, besos…y mas besos

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