ElPerro.

El aire estaba lleno de aromas. Por entre las tablas entraban distintas corrientes de aire, tibio, frío y cargado de sabores. Su nariz en constante humedad y jadeo, se movía ansiosa intentando capturar la naturaleza de todo. Se sentía atrapado pero tan nervioso a la vez: tantos estímulos diferentes de los que no podía retener ninguno y había que encontrar la Perdiz. Cada cierto tiempo lloriqueaba un poco, se asustaba por las frenadas y no se podía agarrar bien en las curvas. Sus dieciséis uñas rasguñaban ruidosamente el piso metálico de la camioneta, y se tropezaba al mismo tiempo con pernos, clavos y herramientas en cada curva tan mal tomada. De repente, algo había en el aire… la camioneta ya avanzaba despacio, y el camino quedaba allá atrás para reemplazarlo por senderos de puro pasto insonoro y suave. Ahora se escuchaba la música desde la cabina, y el se perdía en los distintos aromas de los prados verdes y nuevos. Se detuvieron al fin, cerca de una pradera de trigo ya cosechado. El ya lo sabía, no había duda, que el viento le traía miles de esos olores, todos confundidos entre los demás disfraces de aromas confusos, vivos y muertos. Saquenme de aquí, pedía a gritos, mientras saltaba poniendo sus manos sobre los tablones de madera. Que me saquen! – seguía exigiendo mientras no se contenía la alegría. Se abre la puerta trasera, y aparece la cara tan amada, que desde afuera le grita un  vamos! Sus uñas rayaron la camioneta dos veces antes de conseguir adherencia para bajar de un salto a la cancha donde iba a ser la pelea. Antes de llegar al suelo ya había cambiado su actitud. Ahora es personal – pensaba el perro. Su cuatro patas apoyadas en el polvo arenoso del suelo, estaban firmes, clavadas, afirmando su propiedad de todo el terreno seco. Esperó paciente, mientras su mente viajaba por el cielo, hacia todos los lugares de donde venían los aromas que iba definiendo de uno en uno. Entonces, fue inmediato como lo capturó: Se puso tenso, tenso. La cola rígida, apuntando al cielo. Una mano en alto, y sus orejas levantadas en la misma rigidez del cadáver nuevo. Era un mensaje en clave para el compañero de salida, donde le informaba que ya sabía de donde la presa venía. A su espalda estaba el, tranquilo y con calma, poniendo los dos cartuchos cada uno a cada lado. El perro supo que estaba listo, por el chasquido que escuchó al cerrar la escopeta y se lanzó al ataque en la búsqueda de ese aroma. En un torrente de distintos olores, el tenía que identificar a su presa y calcular de donde venía, según la dirección del viento. Fue jugando oscilante, acercándose con mucho cuidado, pero en un incendio de ansiedades incontrolables. La distancia ya le dice que el ave anduvo por aquí caminando por el suelo. Está cerca! – Lo supo al instante, y se pegó al terreno. Dio una rápida mirada hacia atrás, y vio como el ya liberaba el seguro para soltar el tiro con mejor velocidad, mientras iba poniendo bien firmes, los dos pies en el suelo. Pegado el pecho al suelo, el perro se arrastraba en dirección de su objetivo, como el mas silencioso de todos los comandos, mientras se guiaba por el rose de su nariz contra el polvo del suelo. Luego supo que no podía acercarse mas sin alertar el ave , y marcó el lugar para el, para mostrarle hacia donde volaría el ave. “Los dos quietos, que aquí no se mueve nadie”. El único sonido es propiedad del viento, que trae solo un mensaje. Se mueven los brotes secos del trigo cortado, mientras la brisa se balanceaba en zigzag por entre los últimos árboles con suerte que quedaban en el campo sembrado. El perro entendió el mensaje y comenzó a moverse para que sucediera lo inevitable. Se acercaba lo que mas pudiera, agachado, confundido entre los terrones de pasto, porque sabía que el viento desvía todos los aromas y quien se confía es mal perro de compañía. Fue todo muy rápido. Frente a su nariz, una tormenta de sonidos lo envolvió de lleno. Plumas y polvo venían de todas partes, mientras un sonido de vuelo desesperado levantaba en el aire a dos perdices gordas que comenzaban el escape. No podían saber que el plomo las estaba esperando, y que en manos diestras, la posibilidad de huida era impensada. Primero se sintió el golpe, luego se escucho el ruido. Como un enjambre de plomo, fueron avanzando furiosos por el cielo todos los perdigones, con un propósito egoísta de muerte inminente, chocando entre ellos, por el mejor lugar en la carne suave del que ya ha perdido, del de la mala suerte. Fueron dos tiros consecutivos, uno solo había encontrado su objetivo. Mientras el ave caía herida al suelo, el perro iniciaba la carrera con los ojos inyectados en energía viva. No le tomó dos segundos cubrir el trecho del último vuelo y se le fue encima como si todavía pudiera seguir viviendo. El tenía una orden que cumplir, y no pensaba fallarle. El ave entregada, ya no ofrecía resistencia. Era mejor entregar la vida, que obsesionarse innecesariamente con una causa perdida. La vida se le iba arrancando del cuerpo en forma de miles de plumas que comenzaban su vuelo solo, mientras las iba arrancando el hocico del perro. El ya no pensaba, ya no le importaba nada. El ave era suya, y de nadie mas. Eres mía, le decía mientras la devoraba. Y fue solo en el momento del chiflido, cuando volvió a recordar la verdad, y muy contento corría de vuelta con la perdiz ya muerta, colgando de su hocico, pensando muy alegre…

– No puedo creer que casi me como todo sin compartirlo.

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