Todo menos miedo.

Melinè.

Nunca antes la vi, ni siquiera la hubiera podido imaginar para tratar de inventar el personaje de un libro. Tenía que pasarla a buscar a Pucón, para que nos fuéramos juntos a la cabaña del Chaman. Para poder llamarme, le pidió el celu a un carabinero que detuvo en la calle, y ahí supe inmediatamente que la cosa sería interesante.

Le pregunté si le daban miedo las motos, y me contestó que solo los conductores. Subimos todo como pudimos y lo amarramos mal. Estábamos ya casi listos, cuando le digo: “Ya ¿para donde vamos?”

– Como, vos no sabés?!

– ¿Que? Pancho me dijo que te dejaba un mapa!

– Che… ¿De que mapa me hablás?. Yo solo sé que es para allá.

Y me apunta con un dedo para la izquierda. Al carajo, vendo todo, me voy a la mierda. Estaba super claro, no íbamos a llegar, así que evidentemente cargamos todo y fuimos igual.

Partimos.

Durante todo el viaje me estuvo contando cosas de las que no escuchaba nada. El ruido de la moto se mezcla con el viento y el resultado es un barullo del demonio que no permite escuchar nada mas que el mismo barullo. Me fue y fue contando cosas, mientras aparecía su cabeza sobre mi hombro derecho, entre las palabras que me iba permitiendo escuchar el viento y en la risa, que no conoce ni de lenguajes, ni de tiempo, me fui haciendo una idea de quien era la persona que tenía sentada conmigo.

Nos metimos a un camino de tierra que prometía un día entretenido, así que nos fuimos llenando un poquito de la tierra que iba flotando en el aire cada vez que nos adelantaba alguien. Fuimos buscando en el camino, cualquier seña que pudiera haber dejado Pancho, hasta que despacito nos fuimos metiendo en la montaña. Había cambiado el olor del aire, hacer un ruido de más parecía incorrecto, y el viento cantaba lejano sin tocarte, bailando en las copas de los árboles.

Compramos tortilla y pan de campo, y volvimos al camino a buscar la entrada a “alguna parte”. En la conversación, la velocidad dejaba de ser importante. Y daban ganas hasta de parar todo para bajarse de la moto y presentar un punto. Ya estábamos dentro del Parque Nacional, cuando llegamos a un río. Nos sentamos en la playa, a un lado del puente, envueltos en ese ruido de agua entre las rocas del río, los arboles y los cantos de los Chucaos perdidos, mientras conversábamos de nuevo todas las cosas que no había podido escuchar cuando íbamos en la moto. De a poco comenzaba a achicarse el pan y nadie miraba la hora. Los vamos a encontrar si tenemos que encontrarlos, dijimos. Cualquier cosa que pase, será lo que tenía que haber pasado.

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La Melinè es de Mendoza, pero en realidad es de todas partes. Andaba viajando por Chile desde hace unos seis meses, conociendo un poco de todo. Trabajando en lo que ha podido y conociendo a quien ha debido. Venía llegando de un viaje de ocho meses por el norte de Argentina para llegar a Brasil, y luego de enamorarse de ese País, se las arreglaba igual para que fuera alumna becada de la Escuela de Antropología. El trabajo que tiene en Chile, es el primero formal que ha tenido en su vida. Nunca antes había tenido un horario, porque nunca antes había trabajado en nada que no hubiera sido generado por ella, siempre haciendo proyectos que poquito a poco fueron dando. Me hablaba de sus ideas y no podía entender, como siendo algo tan simple y tan obvio, no lo hubiera estado haciendo yo tanto tiempo atrás.

La invité a caminar al bosque, mientras descubríamos pequeños super milagros naturales escondidos en cada brote, en la evolución constante del suelo. Cada uno fue llamado a su propio camino, y no nos vimos más. Me perdía yo entre insectos y esqueletos de árboles, mientras ella se perdía en sus propias motivaciones, pero en alguna otra parte. Me entretuve jugando al jugar al gato caminando sobre arboles colgantes. Ella estaba sentada en la orilla del río, leyendo un libro.

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Supe que seríamos buenos amigos.

Nos propusimos ir volviendo mientras poníamos mas ojo, a ver si podíamos dar con la cabaña del Chaman que no quería ser encontrado por nadie, y a parar en alguna parte, si nos daban ganas de parar en alguna parte. Fuimos bajando de a poquito la montaña, mientras todos los temas de conversación fueron evolucionando, y les fuimos poniendo pausa, solo para entrar a alguna parcela a preguntar algo o mojarse las patitas con agua.

Fui poquito a poco viendo quien era, y descubrí el personaje que es, por la intensidad de las aventuras por las que ha pasado, desde lo desesperante que le parece tener que comprar algo de ropa, hasta terminar durmiendo con un camionero en la mitad de la nada. Su vida entera es un cuento bello. Tiene tan claro lo que quiere, que lo que no quiere fue siendo rechazado de su vida, como si no existiera. Así, se fue metiendo en el mundo tan natural que se había creado y conoció solo el mejor lado de la vida. Por años se rodeó de viajeros y Mendoza se hizo famosa por las caminatas que ella organizaba. Mendoza tenía una casa, donde las puertas siempre estuvieron abiertas, las ollas grandes estaban siempre llenas, y todos los días probaban nuevas recetas para los amigos que la visitaban. Prestaba su casa a quien la necesitara, y viajeros de todo el mundo que venían por el fin de semana, decidían partir al fin, luego de prolongar el finde, por 24 semanas. Personajes de todos los tipos imaginables fueron entrando a su vida, como ella dentro de la vida de todos ellos. Si en tu mente imaginas si es posible que exista una chiquilla japonesa, con rastas hasta la cintura, que recorría el mundo haciendo artesanías y leyendo el Tarot, no te imaginarás nunca que ese personaje tan surreal, vivió cuatro meses en su casa. Hasta Perota Chingó, y montones de otros que hoy caminan por la corteza de todo el mundo, que cuentan historias bellas de su tiempo en Mendoza. Fue de esa forma creando realidades tangibles de las que se podía escribir y fotografiar, pero nunca explicar. Trabajar en Chile le mostró algo que a ella todavía no la puede dejar en paz: Que todos piensen solo en si mismos, que se hable mal de alguien cuando no está, y que nadie pareciera realmente disfrutar nada. Era la realidad que le faltaba conocer, y fue así, como se perdió un tiempo, al enamorarse del tipo que llevaba la bandera del Mundo Freak de las Personalidades Raras:

Un colombiano surfista que se amargaba cuando entraba al agua.

Cuando fuimos tocando este punto, busqué en mi mochila, porque sabía que era hora de que hablaran las cartas. Mientras tirados en el suelo de un bosque nos tomábamos dos capucchinos que nos vendió un hombre desesperado en un puesto al lado de una cascada, fueron apareciendo una a una las cartas, y puedo decir que nunca antes las cartas fueron tan exactas. Quedamos de espalda, mirando el techo de árboles con el murmullo de un río, cuando utilizábamos los silencios, solo para pensar, si hubiese o no algo que no nos hubiéramos dicho.

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A estas alturas, la cabaña que buscábamos, hace tanto rato había dejado de ser relevante, y nos llenábamos de energía de saber que lo que vivíamos en realidad era lo importante. Se fue haciendo de noche y el frío llegaba en la forma cruel que tiene la montaña de contarte las cosas que no te manda a decir con nadie. Quedamos de bajar al pueblo a compartir un vinito conversado, así que nos subimos a la moto y volamos.

En su casa no podía faltar ni el Palo Santo ni el mate, ni la buena música, ni algo para ponerle al aire. Sentados mas tarde en la mesa de un bar, de a poco achicábamos una botella de vino, mientras la risa nos mataba de golpe, y así iban apareciendo brillantes, todas las conclusiones. El resto del vino quedó por ahí en alguna parte olvidado al lado del camino. Caminábamos de vuelta a la casa, mientras un camión cisterna regaba todas las plantas, y locos lindos del camino, fueron pidiendo en sus borracheras, chorros gigantes de agua.

Apareció la luna entre las nubes negras  y blancas, y se dibujaron figuras oscuras en el cielo cada vez que iluminaba. No habían sonidos en ninguna parte, ni de un auto, ni de un perro, ni la brisa que se movía constante. Mientras caminábamos, una voz cauta me dijo a mi derecha “Este puede ser otro de tus locos amores imposibles…” Llegamos a su casa y le dije que era buen momento y que partía. Yo pensaba que vos te quedabas acá – me contestó. Yo también sabía lo que no quería. Nos dimos un abrazo largo, agradecimos el día y arriba. Se quedó sentada en la escalera de su casa, mientras aceleraba la moto para sumergirme en la oscuridad.

Me encontró el amanecer en el camino.

Y el amanecer me encontró otra vez después de un rato, cuando ya iba por la carretera con todo ese frío.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Mira tú como andas de viajero por distintos lugares…
    Te extraño tantooooo, quiero verte pronto
    Te quiero mucho, besitos ybesotes

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