Amanecí arriba.

Vino a buscarme a la casa en auto la patuda. Me pasó las llaves y me pidió un destapador. Ya tenía uno por ahí, así que nos subimos al auto y nos fuimos. A donde vamos, le pregunté. A donde podamos estar solos, me contestó. Había por aquí un camino que yo hacía con mis perritos cuando era niño, cerca de la casa de un mexicano narcotraficante loco que se construyó un castillo en la cima de un cerro. Ese es el lugar, pensé. Nos metimos en el auto por este camino maderero medio cuatico, aunque el auto echara un poco de humo. Llegamos a un claro en medio de un bosque y paramos todo. Partió atrás y volvió con un chocolate. Mientras nos peleábamos el chocolate a mordiscos me preguntó que pasaría si se arranca. No te puedes arrancar, aquí eres mía – le dije. Ponme a prueba – me contestó. Me tapo los ojos y empiezo a contar hasta treinta. Sus sonidos fueron desapareciendo tragados por el bosque. Al terminar de contar no hubo caso, un pajarito tuvo que silbar para saber donde tendría que buscar. Me encontró buscando mientras ella buscaba que la encontrara. Así nos encontramos los dos, en el medio de un bosque donde nos fuimos deshaciendo de todo lo que podíamos deshacernos, partiendo por los frenos. Terminamos la tarde entre chocolate derretido, frutos secos, queso crema y coronas heladas.

La mañana llegó mucho mas tarde, bajo una irreverencia astuta y manipuladora, que convirtió la moto en un zorro entre un tráfico de mierda para ir a buscarla. Hace rato ya que todo importaba un carajo, cuando terminábamos riéndonos entre beso y beso en el bosque de la laguna a la que íbamos a alimentar patos varios años pa atrás.

Apoyada la cabeza en un árbol, acostados en el pasto, miraba hacia el cielo que brillaba azul intenso en lo que dejaban ver las copas de los árboles que nos protegían de todo viento, contentos de vernos jugar como niños de quince cuando todavía tenían miedo de las cinturas de las chiquillas. Con el pelo lleno de pasto nos comunicábamos en susurros, porque aunque sabíamos que no había nadie, hay siempre cosas que es mejor que ni el copuchento del viento sepa. En ese bosque, bajo ese cielo, con ese pasto, con esos sueños, los dos supimos que no había, ningún lugar mejor en el mundo, porque no había ningún otro lugar en el mundo, en realidad. Nos planteábamos años de esto mismo, y nos matábamos de la risa imaginarnos así de viejos y con la misma tontera. Es bueno estar y no estar con ella, y que en nuestra libertad seamos también nuestros esclavos. Nos enamoramos cuando nos olvidamos quienes somos, y aquí eso es lo único que tenemos claro.

Estamos vivos… todo lo demás está de mas.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Siempre muy lindo, te quiero besos

    1. mrcntx dice:

      Por que no cuentas todo?

      Deberías tener mas detalles… —!

      1. Anónimo dice:

        Jajajajaj sarcasmo…. Cuenta tú, los detalles sabrosos jajajajajaja… Besos

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