Para todos los que estaban esperando…

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Si, así es señores, para ustedes que me dijeron con tantas ganas y con tanto compromiso que tarde o temprano tendría que pasar… gracias!

Me saqué la mierda en moto.

Iba perdido, lo se. Paveando, escribiendo notas mentales en mi cabeza. Venía en lo mas concentrado, quizá bordeando la meditación, cuando llego a esa curva a la que siempre le he tenido tanto cuidado. Ni un problema, todo ok, solo que estoy mirando las estrellas, tirado en el suelo debajo de la moto.

Fue bastante desconcertante.

Ahí me quedé tirado, pensando. Me sentí bastante a gusto, me daba lata pensar en ponerme de pié. Así que ahí me quedé analizando la ridiculez de mi situación. Ya me habían hablado de personas como yo: Ante el peligro reaccionamos con una absurda entrega de inevitabilidad irrisoria y nos negamos a reaccionar para buscar una salida. La frase mental mas común ante esta clase de situaciones es “Ah, cagué. A ver que pasa…”. El otro grupo de personas, el que por lo general sobrevive, reacciona. No necesariamente una reacción útil, porque puede ser un grito, pero en general es el grupo sobreviviente. Es interesante como la linea genética ha permitido que tipos como yo puedan sobrevivir para generar descendencia con corta supervivencia.

Tirado ahí, recordé cuando tratando de romper la velocidad del murmullo, me saqué la supermierda en la pista de hielo, y terminé arrastrándome un par de metros por el hielo mojado, mientras me llenaba la raja de hielo molido y agua, muerto de la risa con los brazos abiertos y abiertos también los dedos, como un angel mal hecho, bien jodido y pendejo. Fue una acróbata rusa que llevaba semanas quitándome el sueño, la que bajó del cielo con violencia para evitar que los patinadores queso me cortaran los dedos, mientras yo reía como un enfermo. Ella me regalaba después una botella de champagne de lujo con una rosa, por haberle yo regalado las fotos de una de sus rutinas de circo. El no miedo, permite siempre cosas buenas, si sobrevives a ellas.

Todavía debajo de la moto, decidí que era un buen momento para materializar mi deseo de verticalidad, y me fui saliendo despacito y como pude por todos lados, revisando si se me había salido alguna cosita para afuera. Todavía mirando las estrellas y ahora cachando toda la rareza del momento, caché bien pavo, que la moto todavía estaba en marcha y con tosidos, así que terminé con su sufrimiento agónico de bencina interrumpida. Oscuridad, y mas estrellas. Era momento de levantarse. Había dolor en la rodilla izquierda, pero nada para preocuparse. Por lo que alcancé a ver, había solo tierra. Me puse de pie en una bastante aburrida rutina de comprobación sanitaria y miré hacia abajo, donde estaba la Francisca todavía tirada ahí en la mitad del camino, con la nariz enterrada en la tierra y una rueda que de puro metida en su rol, todavía giraba media muerta.

Evaluar daños, carajo. Evaluar daños. No tenía señales de alerta, no habían llamas iniciándose en la lejanía en veloz dirección hacia el estanque, no habían restos metálicos plásticos, diseminados en ninguna parte, y tampoco habían rastros visibles de fluidos vitales, ya sea aceite o sangre. Por la mierda y carajo, ahora como deshago todo este enjambre? Pensé en llamar a mi viejo que estaba en la casa a 200 metros, pero la indignidad del desamparo mal llevado me hizo repudiar esa alternativa. ¿Que mierda de hombre soy, si no puedo levantar mi moto del suelo, con una fractura expuesta, una granada en la mano y esquivando balas enemigas? Así que calladito no mas, me lancé a la faena de despegarla del suelo, buscándole por ahí el “donde agarrarle”.

Al carajo, me dije. Por donde te pille te echo al hombro. Y con ese grito de guerra, pum, la puse de pie de un paraguazo, aunque en realidad, ningún paraguas fue utilizado en este proyecto. Ahí le pegué la primera cachá a ver de que tendría que lamentarme, y tate que no le caché nada. Igual había poca luz, pero no vi nada roto, salvo su dignidad y su corazón. En la humillación de verse llena de tierra, entró en shock y no quiso partir. No hubo caso, no quiso partir. Probé chupete, probé acelerarla, probé no, probé pata, probé poto y nada. Al carajo que no parte. Pero como ya nos habíamos caído juntos una vez, y dado el hecho que YA estábamos llenos de tierra, decidí hacer la maniobra-que-siempre-uno-tiene-que-hacer-cuando-por-estúpido-se-queda-sin-batería, y que en una moto es una maniobra de tan alto riesgo físico y económico. Al carajo, que si no hago esto, tendré que llamar a mi papá, y las humillaciones se lavan en casa, o algo así.

Así que te pido imagines esta escena.

En un camino rural, sin luz, hay un tarado lleno de tierra, corriendo cojo al lado de una pequeña moto demasiado grande para el, llena de tierra también, que amenaza con mandarlos a los dos por el aire, cada vez que la rueda trasera manda un pataleo medio pulento pero bien salvaje.

Aprovecho de contarte que la moto partió, y de un salto la estrella de este cuento (yo), se subió.

Fue lo único que se vio la raja en toda esta historia. Ese épico salto a una moto semi-en-movimiento a la inimaginable velocidad de 2 kilómetros por hora y medio, y esa explosión de tierra que apareció cuando nos encontramos los dos al caer en su asiento. Heridos pero victoriosos terminamos el camino de vuelta hacia en la casa, en otro enjambre, pero de perros. Salió de la casa mi papá para repetirme todos los consejos de la vida que no oí muchas veces antes, y para ayudarme a enderezar el volante, que tenía que doblar a la derecha para poder andar derecho, considerando la imposibilidad política de doblar a la izquierda para poder andar izquierdo.

Fue cuando empezaron los dolores y me dieron ganas de verme. Una incomodidad en la sensación de la tela me hizo mirarme, y una mancha de sangre me saludaba desde la rodilla. Hola, le dije yo también, separé despacio la tela manchada de la piel adolorida, y me transporté al pasado de diño.

Es esa sensación tan común en la vida de un niño, que es parte de la rutina diaria, como lavarse los dientes, vestirse, caerse de algo, en alguna parte y luego llegar a la casa, a separar la ropa lentamente de la herida un poco medio seca. Eso y que no te pille nadie, porque te llenan de alcohol, y aunque basta una gota, te echan diez litros solo para joder por haberte caído sin permiso.

Despegar la piel de la ropa debe ser una sensación parecida al encontrarse con un juguete muy querido, que se lo han tragado los años.

Partí a ducharme con ropa, que tenía la esperanza de poder ahorrar tiempo lavando los pantalones y pude analizar con detalle los daños. Nada y un carajo. Manchitas de sangre por todos lados, pero todas muestras viriles de un hombre cojonudo y medio mal parido. Mientras caía el agua caliente y ese dolor de mierda iba invadiendo todas las peladuras, me dije a mi mismo “Ese dolor de nada me sirve, así que pa fuera con el“. En el control mental del dolor voy en el nivel 6, y estoy aprendiendo rápido. Quizá algún día me convierta en un experto y pueda caminar por las brazas calientes, cobrar para enseñarle a la gente y luego pagar demandas por quemaduras de octavo grado a quienes se atrevieron a confiar en mi, como le pasa al tarado de Tony Robbins.

Apareció mi papá después para preguntarme la situación de mi aporreo y me ofreció un paracetamol o alguna de esas cosas medias farmaceuticas que la gente se toma como si fueran grajeas chinas. Le contesté que me lo había ganado, lo correcto era aguantarlo y no meterse remedios como poco-hombres. Parecía que se iba yendo medio conforme.

Yo tampoco sabía que el dolor lo desconecto si yo quiero.

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