Como te odio Jack, Capitulo 3: La Cata y la Gabi.

Apareció sonriéndome a través de la reja de su edificio, mientras me abría la puerta para que entrara. Fuimos directo al subterráneo, donde me pidió que esperara. Lo primero que vi fue la caja de la guitarra que la iba poniendo en el suelo. Le hubiera puesto mas atención, pero había algo pendiente. Apareció la negra con el marco de la Cata, piluchita, sin ruedas, llena de polvo, triste y arañada. Me aweoné un poquito, porque debía haber ayudado a la negra con la bicicleta, pero yo no podía hacer nada mas que mirarla. La armé como pude y partimos arriba al departamento. Les dejé un vinito a las chiquillas. Lo compré porque es ese el de la bicicleta. Les leí lo que le escribí a la negrita y casi quedamos todos llorando. Me fui de ahí cagando que tenía un Santiago la raja por recorrer. Saqué la foto y partí como pude, con todas mis porquerías en la espalda, mi guitarra en una mano, y en la otra una bicicleta gigante sin frenos y con la rueda desinflada, así que yo me había convertido en mi propio cacho. Pero como el destino me quiere, puso una bicicletería en la esquina de la cuadra, así que pude terminar de armarla. Fuimos todos caminando hacia una plaza, y fue el primer momento en el que realmente pensé ¿Y como carajo voy a mover todo esto? Santiago no ayudaba mucho con sus 30°. Dejé todo tirado en el pasto, y me agradecí a mi mismo en el cielo mi afición de andar con cuerdas para todos lados, porque sin importar como, iba a amarrarme esa guitarra a la espalda. De lado. Como sea.

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Huevié caleta.

Fue un cacho. Pero por alguna razón esta especie maligna que dice que pudo poner un hombre en la luna en la fecha que dice que lo hizo, dice ser una especie inteligente. Algo de eso tenía que haber en mi. Así que me convertí tuve que convertir en un ingeniero del nudo y del balance de masas, que en eso se me jugaba la vida. Es muy distinto que te atropellen con una guitarra amarrada a la espalda, a que te atropellen con una guitarra amarrada a la espalda que va de lado.

Pedalié por Americo Vespucio hasta que salió del closet y se convirtió en Ossa. Me fui escuchando Parov. Fue hermoso ir agarrando esa velocidad suave entremedio de los autos en la calle. Llegaba a la casa, y mientras me acomodaba, después de mucho rato abrí por primera vez la caja de la Gabriela, mi guitarra. La vi brillar, como no vi antes a ninguna guitarra. Le pasé las manos por las cuerdas, y no pude creer que estaba todavía super afinada. La levanté, y volví a escuchar ese sonido tan limpio que esperaba escuchar en todas las otras guitarras que había tocado. Me volví a conectar conmigo, mientras iba cantando la Gabriela, después de haber estado tanto tiempo encerrada en un castillo.

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Si hubiera sabido que vendiendo estas dos cositas ganaba casi tanta plata como la que se podía haber hecho vendiendo mi computador y mi cámara, jamás me las habría devuelto. Uno no puede ser un sabio en todas las especialidades y tonto es quien se cree inteligente.

Así y todo, de veras gracias. Me di el gusto de pasearme por Santiago en mi bicicleta, y luego pasearme por el fondo de mi mente con mi guitarra. Volvía a tener un punto real de equilibrio, volvía a ser yo, uno mas completo.

Volvía Diño, por eso, gracias.

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