Cuadernito mio.

Me puse a pensar en este cuaderno. Me ha acompañado tanto, y es lo último de todo eso, que me va quedando. A este cuaderno le van quedando poquitas hojas, pensaba. De Japón llegó a Nueva York, en una época en la que me quisieron tanto. Ha viajado tanto y ha visto tantas cosas feas, como tantas cosas bellas.

– Aquí te vas acabando cuadernito mio, que se te acaban las hojas y no puedo hacer nada para evitarlo. Hice lo que pude. Ya estas bien parchado, te puse harto cariño para mantenerte andando.

Lo fui revisando y encontré servilletas para mi mamá, que las colecciona desde hace tantos años. Ahí fui guardando las que consideré coleccionables y no perdí en el ajetreo acelerado de mi vida loca. Ahí va Río y su Garota de Ipanema, y sus braseros de lujo en las noches cálidas caminando por Copacabana.

No tuve oportunidad de congelarlo, aunque estuvo varias veces bajo cero. No tuve la oportunidad de mojarlo, aunque la lluvia se lo devoraba con esa mirada invasiva penetrante de lagrimas de ojos llorosos y gastados en tinta china. De tierra mucha, de honguitos, varios. Fue guardando lo que pudo, fue grabando todos mis pasos. Ahí está en el, lo que fue y no fue escrito, lo que queda y lo que queda en el olvido.

Así de a poquito te voy entregando cuadernito mio, tan útil que fuiste, tan buen compañero que saliste. Gracias por todo cuadernito lindo, aunque todavía te queda tiempo conmigo, es necesario darte el valor que te quita el uso.

Gracias por todo buen amigo lindo.

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