Mal de ojo.

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La mañana se hacía difícil en contra del viento tibio que lo movía todo con bronca. Era el Puelche argentino, que venia a todos ponernos en onda. En la moto, los 80 kilómetros que daba con todo nuestro peso se sentían espesos contra ese viento extranjero tan revoltoso y tan amigo. Allá bien lejos se veían los montes de la cuesta que separa Lican Ray de Villarrica. En esos cerros, entre los manchones de luz matinal que los nubarrones mañaneros dejaban pasar, se veían en la sinuosidad de sus montes boscosos, parches naturales de campo abierto dibujados sobre la espesura del bosque.

– Tremendo sería estar en ese claro.

A ese lugar, quise con tanta fuerza llegar. Comencé a imaginar como sería estar allá arriba, tan libre en la hermeticidad de ese bosque gigante, pero me duró poco, porque podríamos habernos reventado contra un camión si me lo imaginaba mucho. Íbamos con el pancho rumbo a documentar la aventura de extraer los aceites esenciales de árboles nativos. De la historia, tendríamos un reportaje, y con ello, todo nuestro arte. Así, se nos fue pasando el día preocupados del fuego, de la presión de la caldera, de la temperatura del refrigerante del alambique y del tubo de condensación. Treinta y cuatro mil ochocientos gramos de hojas procesamos para obtener un puñadito de aceite.

Ya se acababa el día cuando lo terminamos en la casa de Juan “El Destilador”, quien curiosamente tenía un bosque nativo en el patio de atrás en su propio cerro. Había que empezar a pisar ese terreno, para darnos cuenta que su sendero comenzaba a perderse entre las raíces de los árboles que tenazmente se habían propuesto recuperar la tierra. Fue en un breve momento de tranquilidad, luego de haber encontrado un oasis de paz, cuando el silencio vino a poner orden y con disimulo, el bosque mismo nos fue recibiendo con todos sus sonidos. El follaje en el viento cantaba canciones, mientras las copas oscilantes en el cielo chocaban sus ramas como instrumentos de percusiones. Coros de aves aparecieron cantando tímidas primero y con confianza después, al enterarse que habíamos pedido permiso para entrar y aprender.

En ese momento una inquietud que vengo arrastrando hace mucho rato, volvió con toda su irresoluta incomodidad. En la profundidad del sonido del bosque, pude comprobar lo débil que está mi capacidad de observación. Se corroe así en el óxido, toda mi capacidad creativa. Un fotógrafo que no puede ver, está muerto. Pedí, en el silencio de aquel bosque cantante, recuperar mi habilidad para ver.

Dejamos nuestras cosas en el suelo, tomamos solo lo esencial, nos convertimos en exploradores y partimos en expedición. Caminamos hacía arriba, en busca del sol que a esa hora, ya cansado, dejaba de pelear la batalla por la supremacía del cielo. Volvería luego en la mañana, renovado con esa determinación de ahuyentar las sombras del suelo.

En esa búsqueda llegamos después a un lugar bien alto y mas o menos abierto, donde la luz se reflejaba suave en el pasto que podía verse mas adelante. Los árboles se hacían mas pequeños, y un portón de arbustos nos daba la bienvenida a un patio de juegos. Caminamos por ese prado tierno, siempre hacia arriba, justo en el límite donde el claro se convertiría en bosque de nuevo. En ese lugar nos sentamos a ver el sol marcharse a dormir al mar.

Volvía la quietud, y con ella el silencio que permite escuchar mi mente. El sol se iba, el viento Puelche siempre presente. El suelo se fue llenando de tonos de arcilla, y el cielo tiñéndose en un desangrado suave diluyéndose lentamente. Los sonidos seguían presentes en todas sus modalidades, pero mi tarea era otra, y me entregué a la tarea de enfocar mi visión en los detalles.

Vi al sol quien se iba sumergiendo allá lejos, donde la batalla con el mar liberaba todas esas pasiones en sus rojos tonos latentes. Vi las copas de los árboles allá abajo, preparando el ciclo de respiración nocturna, y luego el pasto silvestre cuidado como si la mano de un jardinero invisible, estuviera atento a que no hubiera nada desordenado. Ahí en el pasto, pude ver pequeñas luces de interés que iban dibujando un camino visual entretenido. Así, mi mirada se fue atrapando en pequeñas sutilezas cotidianas, hasta que la atención me fue acercando hacia donde nos encontrábamos sentados.

Fue así, como a mi lado pude ver algo cautivante y no pude menos que maravillarme. Tuve suerte de tener conmigo el equipo fotográfico preciso, y mucha suerte de saber como usarlo. Para guardar aquel momento conmigo. Esta imagen representa el resultado de aquella aventura visual, la lenta recuperación de mi capacidad de observación, y el renacimiento de mi personalidad creativa. Como una nueva herramienta de expresión, quise agregar en esta imagen el diagrama en el que se encuentra mi vida. Representa el esquema, el flujo de conocimiento que genera la experiencia que proviniendo de todos lados, comienza a ocupar un lugar dentro de un cuerpo que se encontraba vacío.

APRENDIENDO A VER

Dejé la cámara nuevamente a mi lado, y volví con la mirada, a disfrutar la vista que da la altura de una montaña. Puse atención al paisaje, y allá abajo, muy lejos en el horizonte, veo una carretera que se viene dibujando hacia nuestro cerro.

Sentado ahí, jugaba a imaginar como sería la vista desde allá tan lejos, quizá como si una mañana cualquiera, cortando el Puelche tibio con suavidad violenta, viajara con mi amigo Pancho en una moto veloz, rumbo a una aventura de aquellas, mientras allá muy lejos, bien arriba en el cerro, veo un claro en la espesura de un bosque en el que dieran muchas ganas de estar.

Ya estaba ahí.

Siempre estoy donde quiero estar.

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