El Chino Monte Patria.

– Esta lluvia no es nada, que de donde vengo no llueve así por tres o cuatro días. De donde vengo, llueve así por un mes. Llevo tanto tiempo viajando, que ya solo tengo el recuerdo de donde soy. Hace nueve años que no llego a mi casa y lo único seguro en mi memoria es que se llama Monte Patria. Nadie sabe donde es, y nadie la ha escuchado hablar, por eso se ha convertido en mi nombre. Yo soy el Chino Monte Patria, nacido en el mar del desierto allá en el norte, donde los árboles son un lujo que ni los ricos pueden darse. De allá partí para recorrerlo todo, juntando historias para contar mi cuento. Mi hija cuando se gradúe de la universidad, va a escribir mi vida… Yo que no se ni se hablar… ¿Que voy a andar escribiendo?

Estuve viviendo hasta en Chiloé, haciendo lo que fuera. Un día durante una fumada en un parque, se me acercó un amigo del que todavía no sabía su nombre, y después de regalarle de lo mío, me invitó a dormir a su casa. Yo en ese momento no podría saber, que en la mañana partiríamos a buscar el Congrio y la Manta Raya al mar. Un año pasé en esa lancha recorriendo la mar. Ni en los mapas aparecen los refugios que conocí. Ni en las películas puedes ver los colores de la calma cuando llega el atardecer, tomando la chicha tibia que cambiamos en el puerto por pescado en el muelle. Yo se lo que es ganarse un plato, y los lobos lo saben también con mayor seguridad, que ahí vas viendo aparecer sus formas de gigante muerto, que flota gracioso debajo del agua. Bien lobos, se acercan cuando tensas las cuerdas y comienzas a arrastrar el sustento que les vas quitando a la mar. Veinte mil te quita cada uno con cada mordida. Y estos rotos son delicados, que solo comen la parte mas buena desperdiciando todo lo demás. El Capitán del buque ya sin pena, se la juega con la escopeta para darle una lección al aprovechador, y desde la borda voy sintiendo los perdigones, que levantan una explosión de agua cuando llegan a la superficie del mar. Cuesta portarse así de mal, que al final tomamos fácil lo que es de todos. Eso lo entienden bien los lobos.

Dejé la mar y toda su tierra la última vez que navegamos el Corcovado. Los 15 metros de eslora de nuestro lanchón, se perdían debajo de las olas. Era el viento norte que venía tan bueno. Yo ya conocía en tierra lo que hacía en altamar, y hay que esperar que termine la tormenta para ir a buscar los pescadores y ponerlos en cajones después de quitárselos a la mar. El viento norte si que empieza fuerte, mandando a poner desorden sin vacilar. Fue la única vez que le pedí al capitán volvernos que ya no tendríamos mejor suerte. – A veces es bueno escuchar el tino del que nació lejos – habrá pensado, y sin parecer cobarde, nos dio la orden para empezar a recoger los kilómetros de lienza que habían quedado cazando los Congrios de la mar. Aparecieron por supuesto los lobos, que en su propio lenguaje, ya sabían que en el río revuelto los que ganan son los pescadores, y los que recogen ya no están pescando. Poco tiempo nos dieron para agarrar la escopeta, y bien poco valió la pena, que el viento del norte empezó a jugar irresponsable con nuestras vidas. La ola ya nos cubría a todos, y de nada servía ponerle la frente al viento, que la lancha no daba a basto para sobreponerse al agua. Un temporal de viento fuerte, ya soplaba de lado, y las gotas de agua rabiosa picaban la cara y los dorsos de las manos. Con ese viento no te estás de pie en el bote, si no estás bien agarrado. El vaivén vertical del oleaje, va levantando la lancha lento, pero sabes que cuando baja, no hay fuerza en todo el mar que te permita agarrarte.

“A cortar las lienzas!!” rugió el Capitán para ganarle al viento. Y con ese aviso todos sabíamos lo que eso significaba. Los que no lo hicieron, jamás volvieron, porque en cortar rápido y sin tregua, se te va la vida. Hoy gana la mar, hay que mostrarse humilde, supimos todos mientras nos tragábamos las impotencias, todavía mas saladas por el agua  embravecida de una mar resuelta. Así brillaba gustosa la cuchilla, en el reluciente resplendor del agua que estallaba con cada empuje que la mar nos daba. Sin darnos ni el tiempo para pasar la mano por la cara mojada, cortábamos resignados toda la pesca de la tarde y de la mañana. Todavía atrapada, ya viajaba libre con todo el aparejo hasta el fondo del mar. Libre por fin la lancha para ponerle pecho al viento, fue tratando de mantener el frente, con la esperanza de que al viento no se le ocurra cambiar de lado… un suspiro de esos, nos manda a todos como un estornudo hacia abajo. Uno le hace a la pelea, porque no quiere que la muerte gane, pero bien sabe uno que por mucho que le ponga, es la mar la que manda y aquí los orgullosos no dejan generaciones.

Ya era de noche cuando echábamos en Quellón el ancla y de carga traíamos un montón de pura agua. Orgulloso te sientes de poner el pie en la tierra, pero después se te pasa cuando te das cuenta que llevas el paso de los que no han aprendido nada. “Aquí me despido amigos, que no es de poco hombre, ni le permito a nadie que piense que es por miedo a la muerte. A mi cuerpo se lo devuelve a su propia tierra. A mi cuerpo no se lo come una jaiva, que a mi me entierran en el corazón de mi norte. Que nadie diga mi nombre, yo les recuerdo. Soy el Chino Monte Patria!”

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