El Bosque de los Chinitos.

Fue brígido como llovía. Parecía como si lo hubieran sacado de una película de esas películas donde llueve mucho. Llovía tanto y tan rico que me envolví en una frazada para tomarme un café mientras cantaba Nick Drake. Nada mas que el sol, podría levantarme de ahí. Solo que en algún lugar del universo un payaso cósmico me escuchó y para joderme un rato, detuvo la lluvia y trajo el sol.

Mentira mi suerte… A la cresta la frazada y a la mierda Nick Drake (no mentira Nick, son bromas), yo me voy al bosque con los perros, así aprovecho de trabajar en el proyecto OTOÑO. Agarré lo que pude y lo que no necesitaba y partimos. Esta vez la Lilo no quiso venir con nosotros, cachó rapidito que el paseo era medio extremo. Desde abajo le grité “Que vengan los que quieran!” Y me respondió con un llantito. Pobre Lilo, ya ni se mueve de lo gorda, de lo vieja y sobretodo de lo F L O J A.

Nos metimos por un camino cerrado que va para un bosque que no cacha nadie, y que yo por lo general uso para hacer toda clase de maldades. Lo he recorrido por 10 años, y ya le conozco todos sus limites lejanos. Es un bosque maderero, por lo tanto es un bosque de mierda. No es que le tenga pica a los bosques artificiales, que al final canelo o pino, todos nos cuidan. Pero estos cadáveres hasta se pudren de otra forma, nuestros pajaritos todavía no los conocen, y son tan estériles que nada crece y la vida ahí, no florece.

Pero como bosque fantasma, tiene un silencio cuático. Místico, absoluto. Es un bosque super solemne. Yo le digo el Bosque de los Chinitos porque el suelo está invadido por regimientos de honguitos cabezones entretenidos. Es una dulzura fotografiar estos cochinos que lo invaden todo con sus esporas maléficas que se difunden con tanta facilidad. Y son tan encachados, que le dan un toque la raja de vida, al suelo de un bosque super muerto. Me volví loco fotografiando honguitos.

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Así que buscando honguitos fuimos todos avanzando por el bosque en el silencio que solo producen los perros atentos. Cuando ya llevábamos caleta de rato por el cámino por el que circula un auto solo una vez cada 10 años, escucho ladrar allá lejos el eco inmenso de un perro. Paramos todos.

EN SECO

¿Que cresta hace un perro aquí? Los perros todos atentos. La Schönne se me acerca y me lame un dedo. Yo también pensé lo mismo, le agarré una oreja y ella empezó de nuevo a marcar el camino. Los demás nos siguieron sin ruido. Ya no estábamos adueñándonos del tiempo, ahora estamos invadiendo terreno de un perro ajeno. Ese perro lo sabía, porque para el es fácil detectar en el viento los aromas extranjeros, mezclados con la brisa de un bosque que el ya se conoce de memoria. Los ecos de su ladrido rabioso, rebotaban entre los huecos que dejaban los troncos de los árboles, y había que poner atención para cachar la dirección de su dueño.

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Todos lo sabíamos… el se había delatado. Ya teníamos toda la ventaja y estaríamos bien, si nos mantenemos callados. Es tremendo como todos los perros cachan la onda en la que uno anda, cuando uno anda en la onda. La manada funcionando  la raja, caminó hacia el bosque, sin hacer ni un solo ruido. Fui buscando un sendero bien encachado que da a un juncal hermoso donde se abre un claro la raja entremedio de las copas de los pinos, pero hace mas de dos años que no venía, y las zarzas se lo comieron entero. En ese sendero encontramos una vez, unas formaciones cuaticas/misteriosas/raras/sicoticas de juncales trenzados. A cagar, había que ver si seguían ahí, así que me metí. Me fui perdiendo en la espesura del bosque bajo por un sendero que los perros me iban fabricando, y cuando ya llevábamos un rato adentro, paro la oreja y el Cid no estaba.

– Carajo, no te creo que se me perdió un perro. Me importa una raja, yo no vuelvo a la casa sin el Cid.

Y le mandé un silbido piola. Otro. OTRO. Chucha quien sabe si perdido habrá arrancado corriendo pero para el otro lado, que este perro nunca había venido conmigo a un bosque. No me quedó otra que usar el Plan B: Un pito de montaña que tiene mi mochila, con el que ya los tengo bien entrenados.

Nos íbamos a delatar.

Mandé un chiflido laaaaargo que fuera inevitable que nos escuchara el Cid y cualquier otro que estuviera lejos. Mandé otro. Y Otro. Y OTRO. Después de un rato apareció el Cid jadeando como un chancho acalorado, sin saber como contarme adonde había andado metido. Lo abrazaba contento en ese enjambre de perros felices, cuando en el silencio del sobajeo y del ladrido de ese perro humillado, un sonido tremendo rompió haciendo añicos, la paz del bosque.

¿UNA MOTO?

¿Que carajos está haciendo una moto en este bosque? La moto avanzaba por el camino acelerando en las subidas y bajando la velocidad en las bajadas, y su matraca malévola de motosierra vieja invadía el bosque completo con todos sus gruñidos. Esto ya no pinta bien y todavía estábamos medio cerca del camino. La manada se portó la raja, que entendieron altiro que el juego de los exploradores acaba de convertirse en el de los fugitivos y nos metimos bien adentro en el bosque. La moto dejó de avanzar por un instante. Me imaginé que había llegado a donde estaba ese árbol que murió y en su último acto rebelde de sacrificio, se dejó caer para cortar el camino. De ahí no podía mas que avanzar a pie, y no era conveniente por la tremenda distancia que quedaba hasta el portón.

Todavía caminábamos callados hacia lo mas profundo del bosque cuando entre el eco lejano de ese ronroneo mecánico ya conocido, se sumó el de otra moto, que avanzaba por el camino desde el otro lado. Las dos motos se pusieron en movimiento. No tenía idea que se había venido a vivir un jodido político de mierda, paranoico y asesino, en el centro de un bosque de mentira. No me lo podía explicar de otra manera.

Ya me había pasado antes, dos semanas atrás y también con un perro, pero ajeno. En un bosque nativo, en otra parte, una moto también salió en nuestra búsqueda, y ahí no había mucho lugar donde esconderse. Alcanzamos justo a correr hacia lo profundo del bosque, para de un salto aterrizar en el suelo, tratando de camuflarse con las hojas bajas de ese lugar encantado, cuando vimos pasar por ahí a un par de metros nuestro por el sendero del que veníamos, un motorista armado que nos buscaba frenético en la escasa espesura que por suerte nos había camuflado.

Dos motos y cinco perros, no mejoraban mucho esta historia. Pero estábamos todos, y volvimos al rico silencio de lo ilícito. Todavía estábamos en ventaja. Nosotros sabíamos donde estaban ellos y ellos no tenían como saber donde estábamos nosotros. Y además, sabía exactamente para donde tenía que ir. La raja… es como saltar la reja para ir a comerle la fruta del árbol al vecino.

Mientras el sonido de las motos recorría todos los senderos alrededor de nosotros, tomamos el riesgo y nos fuimos aventurando para acercarnos a un camino medio lejano que conosco. Podía resultar si nos manteníamos por el bosque, lejos de los caminos.  La adrenalina de lo prohibido le daba toda la onda rica a esta historia. Muy piolamente llegábamos todos después, a la frontera de un fundo amigo, donde unos perros de campo, sin ladrarnos nos salieron a saludar.

La Lilo nos esperaba en la casa y cuando nos vio entrar como un tropel de niños contentos, se puso a llorar.

Si te quedaste con ganas de ver mas, el resto de las fotos de este viaje están publicadas acá

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Me gusta mucho ese bosque…

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