¿Desafíos extraordinarios?

Encontré un roble viejo tirado en una pradera, donde pastaba un caballo indio manchado al descuido, con esa clase estiloza brigida que tenían los indios del norte. El árbol estaba cansado y muriéndose de a poco: El sol ya le había quitado todo lo que se le podría haber quitado a quien no está dispuesto a defenderse y le quedaban así, las últimas décadas de su vida verde. Era un hualle grande diría… unos 200 años. En un intento juvenil por hacerle el empeño a la tormenta, se vio mal parado y terminó en el suelo. Ahí tenía expuestas las raíces ahora inútiles de un árbol que por joven le perdió una carrera al viento.

A este hualle todavía le queda vida, me dije. Viéndolo todavía fuerte, sacándome los zapatos me subí y me aventuré para caminar por sus ramas. La imaginación llegó fácil para convertir ese viaje en un cuento, y me dio por inventarle un juego. Me di cuenta que estar de pie en un árbol tirado en el suelo, no tiene ninguna diferencia que estar de pie en un árbol parado a un montón de metros del suelo. Si podía avanzar por aquí sin caerme al pasto, no tendría ninguna dificultad para avanzar por un árbol en altura sin molerme en el suelo.

Después de un rato ya lo tenía descubierto entero. No le quedaba ningún secreto y tenía nombres para todas sus atracciones: La Herradura, El Caballo Manco, La Amazona o El Elefante. Fue cuando se me ocurrió saltar a la rama de al lado cuando el juego cambió de nombre y había evolucionado: La cosa era hacer ahora aquí en el suelo, lo que nunca harías en un árbol, bien arriba… en el cielo. Y así me dejé llevar con el gusto de hacer de mentira, cosas que serían pura muerte segura.

Ya se me acababan los desafíos en un árbol indefenso que se muere de frío, cuando partí a vérmelas con los apatotados que viven en bosque. Me fui así a la montaña para encontrar un lugar en el que entretenerme y seguí un sendero entre las luces de los árboles que se filtraban, invitándome a correr en el silencio de este lugar bendito, donde solo cuando me detenía a tomar aire podía escuchar sus pajaritos. Llegó mas arriba la espesura húmeda de un bosque mucho mas antiguo, y me fui diluyendo en el, mientras caminaba por una de sus quebradas de tierra suelta donde puentes de árboles muertos de distintos tamaños, iban uniendo las dos pendientes por cada lado.

 

Me dieron ganas de ver como se sentiría cruzar un puente-árbol de lado a lado. Elegi uno medio grande del que pudiera agarrarme con alguno que fuera cercano y tuve que molestarlo harto antes de darme cuenta que no se iba a quebrar cuando yo estuviera llegando al otro lado. Me paré firme, miré por ultima vez mis patitas peladas y partí. Ya tenía la costumbre curtida de caminar con confianza por el roble medio-muerto de la pradera, así que al cruzarlo no me pareció ningún desafío extraordinario, y lo intenté de vuelta pero por otro árbol, un poco mas alto, pero sin baranda de la que poder sujetarme.

El lugar completo era un gigantesco patio de juegos, donde un millar de árboles caídos se pudrían arrimados entre ellos, formando ángulos y vértices por todas partes. Los troncos de esos árboles, formaban intrincados laberintos entre la muchedumbre que seguía en pié, muchas veces formando puentes aéreos sobre la altura de las copas, cuando al caer, quedaban apoyados los que todavía seguían vivos, todavía fuertes, que le impedían la caída. Me pareció obvia la cosa. La regla era simple: por ningún motivo poner los pies en el suelo.

Desde donde estaba, podía mirar en ese infinito bosque en el silencio de tantas muertes, desafíos insalvables: algún tronco grande bien inclinado que apoyado en uno todavía muy fuerte, se comunicaba a través de la altura, con otro allá muy alto, que había caído sobre el primero, formando entretenidas rutas de altura en sus entramados de palos.

Caminaba equilibrado por los árboles caídos buscando rutas, cuando encontré una donde se formaba una montaña con el triangulo de un árbol que se había quebrado en el medio: Copa y raíz estaban clavadas en el suelo, pero un vértice extraño sobresalía en altura en el lugar donde se había quebrado. La encontré demasiado arriesgada, así que decidí mas conveniente cruzar una quebrada corta caminando por un palo redondo cubierto de musgo helado.

Fue ahí donde vi mas arriba, un palo flaco que cruzaba en regreso para el otro lado. Sabía que ese sería un desafío imposible: Un puente muy difícil de cruzar porque era un árbol joven todavía muy vivo que se había mal agarrado a un lado de la quebrada que el agua se había llevado. Habían palos no muy confiables a los lados, y ya había tenido experiencia con los troncos podridos que aguantan una pero no dos veces. Así, lo único seguro era que la caida aunque no brígida, era una buena lección para los confiados.

Bastaba poner un pie en el para sentir como vibraría completo cuando yo estuviera en el centro. Fueron necesarias varias sesiones de respiración, y tuve que poner la totalidad de mi mente en el eje de mi cuerpo antes de atreverme a pasar al otro lado. Llevaba unos dos metros cuando perdí el control del equilibrio y pensé que podía caerme, así que en el último momento decidí tirar las manos a un tronco paralelo que estaba a un poco menos de un metro.

Por supuesto que cuando iba volando en ese piquero cuántico, el tronco hacia el que iban dirigidas mis manos, se quebró cuando traté de agarrarlo y el impulso que llevaba se convirtió en 43 ondas angstrom de retroceso cíclico. Después del vuelo que me pareció extrañamente largo, rodé un par de metros hasta que la gravedad terminó de hacer su trabajo y terminé obviamente muy humillado y lleno de barro allá abajo, con las manos todavía sujetando los pedazos del tronco en el que había confiado y me había fallado.

Cuando volví ya mas centrado, mostré un poco mas de humildad y tuve que pedir permiso, pero el árbol no dejó de ser esquivo. Cruzaba de nuevo aquel árbol tan delgado cuando en el mismo lugar de irreflexión anterior, tuve el mismo miedo de caer. Pero ya no quedaba árbol confiable, y en un acto irracional, estiré la mano para agarrar los restos inertes del que me había fallado. Esta vez sabía lo que estaba agarrando y ya lo tenía muy claro: Fue suficiente para encontrar el equilibrio, y después de disculparme, agradecerle y soltarlo, pude llegar al otro lado.

Abracé con las manos llenas de tierra y barro, el árbol que marcaba el inicio del otro lado. Había hecho algo que consideraba imposible. No creí en lo que creía, y me dejé llevar por el ritmo de lo que consideraba poco probable. Miraba hacia atrás maravillado lo que había conseguido, y una avalancha de confianza llenó mi cuerpo en su totalidad, dándole una seguridad intachable a cada uno de mis pasos. Ya no había nada que no pudiera conseguir. Era inevitable. Una oleada de adrenalina marcó el camino de regreso.

Ese, fue un desafío extraordinario y esa, una excelente lección de vida.

Partía ya en retirada cuando sin darme cuenta, noté que estaba caminando sobre el triangulo del árbol quebrado que antes había evitado de puro brígido. Cuando estuve parado en su vertice en altura, me dije suavecito pero hacia el bosque “Soy un loco y que?” y mientras me mataba de la risa descendía hacia el otro lado. Caminando entre cadáveres del bosque y su futuro suelo, llegaba ya como un felino hacia una quebrada grande. La cruzaba un árbol fuerte que había caído hacia el otro lado, pero estaba bien alto y su llegada al otro lado terminaba en ninguna parte.

Cruzar este viejo si que sería un desafío extraordinario. Y sin pensarlo mucho, equilibré mis sentidos y me lancé hacia el otro lado. Un paso después de otro, lento pero confiado. Allá bien abajo podían verse el cementerio de palos quebrados que marcaban la ruta de todos mis juegos. Solo cuando llegué al otro lado, descubrí que no había una forma de llegar al suelo.

– ¿Que problema es este?, me dije. Y me dejé descolgar por el tronco del árbol que sostenía todo ese enjambre de palos.

Tuve miedo del efecto en escalada que producen las emociones grandes, y humildemente comprendí que fue suficientemente extraordinario haber estado jugando con un hualle que muere lentamente en el suelo.

Descendí del puente, y después de caminar por el último palo, puse un pie por fin en el suelo de tierra.

Por hoy, ya estaba bueno de desafíos extraordinarios.

¿Tienes algo para decirme?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s