La niebla que todo permite ver

Son ya las dos de la mañana. Afuera hay una neblina de puerto ingles tremendamente espesa y mojadora. Algunos minutos atrás, bastaron doscientos metros de caminata con Barra para quedar con toda la ropa mojada. Creí necesario acompañarlo lo que se pudiera para que supiera que estaba todo claro.

Se me acercó ayer mientras trabajábamos y me contó que yo era la única persona conocida en todo lo que va del año, con quién valía la pena relacionarse. Me lo contó con ese aire de tímida franqueza irreflexiva que refleja una verdad medio incontenible, que al mismo tiempo rayaba las fronteras del arrepentimiento. Signos todos muy evidentes de un suceso claramente importante. Creo que Javier va por la vida escudado en la fortaleza de una timidez indiferente que le pavimenta el camino solo a las amistades verdaderas y creo un privilegio tener la oportunidad de recorrer esa carretera.

Como yo también es escalador, y así se fue ganando automáticamente un lugar en la mesa de la reunión que convoqué esta tarde para invitarlo a definir los lineamientos del proyecto personal que estoy emprendiendo, a la que también asistió Zenon, otro buen amigo y escalador. Los tres dimos juntos el primer paso, y comprobamos la factibilidad de llevar a cabo esta idea, que podría situarnos tan alto como queramos.

Por eso hoy, después del cuasi-intento de humillación en el trabajo, me atreví a explicarle que aunque pueda yo ser complejo y atolondrado, si se me calientan las orejas de indignación, no puedo mas que soltar toda la rabia y autorizarla para dejar la cagá. Ahí soy capaz de todo, que me da lo mismo lo que venga y al carajo con quienes sean responsables.

Tenía todavía las uñas marcadas en la palma de mis manos, cuando caché que Javier había partido. Agarré a la Catalina y partí atravesando la niebla mojada para atropellarlo cuando lo encontrara. Fue la última vez que me preguntó la verdadera razón del por qué tenía toda la cara rota, en un intento de descubrir la verdad de un misterio que no le había contado a nadie, y del que había inventado infinitas versiones diferentes.

Lo dejé en la puerta del mismo bar en el que hicimos la reunión de la tarde, y después de comprobar que me había entendido, volví a la calle para encontrarme con aquella fría humedad del aire denso y petulante. Al llegar a una esquina un taxi se me fue encima, y casi nos quedamos los dos con una historia que podría haber sido narrada por una sola parte. Pasé sin dejar de pedalear ni alterarme, que ya estaba de nuevo en paz y en equilibrio. Unos metros mas adelante el taxista me alcanzó, se puso a mi lado y abriendo una ventana me dijo “¿disculpa?”. Yo me detuve extrañado por la rareza de creer que tendría que ayudar a un taxista a encontrar una calle, pero solo me dijo: Flaco, no te vi en la niebla y sin querer, te pude haber matado.

– Tranquilo, le dije. Que no pasó nada y en esta niebla de mierda a cualquiera le habría pasado.

Nos despedimos como amigos que no se dan la mano, y seguí el camino a la casa del Pancho: Me había dejado una ventana abierta para que pudiera entrar sin llave y no tuviera la necesidad de pedalear de noche a través de la niebla asesina hasta mi casa. Después de entrar como los ladrones, en el sigilo que produce el juego de creerse el cuento, vine a acostarme a mi cama, mientras en aquel desvanecimiento tenue que antecede el descanso bueno, en algún lugar de la oscuridad de esta casa escucho roncar a esta gente buena. Me voy así entregando a la tranquila paz del sueño del que sabe que quien nada tiene, lo tiene todo también cuando tiene un amigo.

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