Une, une, une y unirás… une y unirás.

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Había algo raro en la cara de mi vieja cuando llegué, pero no tuve la visión de darme cuenta que era la cara que tiene cuando estás a punto de tener problemas. Tampoco tuve la visión suficiente para darme cuenta que se me iba a venir encima con lo que fuera, cuando le ofrecí uno de los zapallos que estábamos vendiendo  y me escupió en la cara un “¿Y por qué no me lo habías ofrecido antes?”. Es buena persona, no le hace ningún daño a nadie, así que no creo que le moleste mi felicidad, pero claramente le molesta la suya. Ese es el problema.

Me reclamó medio severo que yo sea bien recibido en cualquier otra casa, como si ella tuviera celos de que yo tuviera facilidad para hacerme de familias en cualquier parte. Traté de explicarle que para poder hacer sentir a la gente bien recibida, uno tiene que hacer acogedora su casa. Que ni mis amigos podían visitarme, porque para ella era un problema el tener que atenderlos, aunque no hubiera que atender a nadie.

Pensé que le estaba dando un consejo para que pudiera sentirse tranquila recibiendo visitas, pero me hizo la aclaración directa de que esperaba que yo no volviera mas. Yo entiendo que las personas a veces tengan días malos, sobretodo para mi vieja que son todos sus días iguales, así que no quise irme en mala con ella. Que lata sería hacerle un drama mas grave en un día que ya era malo. Traté de que quedara bien claro que yo no me había sentido mal, ni enojado, así es mas fácil arreglárselas con esas familias orgullosas que pelean por años. Aprendí con ellos que es mejor olvidarse de todo luego, o cargar con ese problema por mil años.

Le había dado tanta rabia lo de mi zapallo, lo de la casa, lo de la suya, lo de la familia, lo de la rutina, lo del encierro, lo de la soledad, lo de la ausencia, lo del abandono, lo de la nostalgia, lo del aislamiento, lo de la indiferencia, y lo de su infelicidad, que se fue a su pieza arrancando de mi, antes de que saque un argumento bueno que le quiebre algo. Dos horas después me di cuenta que había dejado una sartén encendida y partí a avisarle con un beso mientras me despedía. Aquí no ha pasado nada, porque aquí todos nos queremos. Somos distintos, está bien, para que complicarnos en nuestras diferencias, si en el fondo somos todos iguales.

Mi viejo estaba pendiente escuchando en el segundo piso y bien callado. El tiene mucho mas claro que yo, que es de sabios no mojarse cuando lo que llueven son palos. Fui a verlo arriba solo para borrarle esa cara de pescado que tiene el perro al que no le llegó el palo. Se apresuró bien acelerado en dejarme bien claro que yo no me iba si no quería, que la casa de los papas es siempre la casa de sus hijos. Me tiró una pesadez de aquellas que uno evita para ahorrarse conversaciones molestas, pero antes de inventar una excusa y largarme, una voz de bien adentro me dijo “¿Y por que no sentarse y hablarlo?

Agarré una silla para que quede claro que el tema daba para largo, que de aquí nos levantamos solo con conclusiones. Así lo hacen los verdaderos hombres en el campo. Para pasar un cerco de púas, uno pone la pata para que pase el otro.

– Yo te ayudo a ti y tu me ayudas a mi, así nunca vamos a estar solos.

Pero esas cosas no se dicen, porque esas cosas son obvias en el campo. Como obvio es agarrar una silla, para que conversen los viejos. Nos pusimos de acuerdo en el idioma y nos tiramos todo con cariño. Cuando ya hubo quedado claro, y todas las verdades dichas, nos levantamos los dos y nos dimos un abrazo. Y eso no lo hacen los viejos del campo, porque hay que cuidar la imagen y un un apretón bien dado, sirve en la mayoría de los casos para cerrar todos los tratos. Me gustó abrazar a mi viejo y decirle que lo quiero.

Con la vieja un abrazo de esos, está todavía delicado. Mi vieja es un hueso, cuesta quebrarlos, pero solo ahí puedes ver que lo mas rico esta escondido en lo mas profundo bien adentro.

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