Y en cada pata tenían un solo dedo!

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Vi por la ventana esa bruma espesa que solo se puede ver en los días mas húmedos del invierno en el Támesis y supe que habría una niebla solida por la mañana. Decidí partir temprano con la Schönne a una de esas sesiones de adiestramiento que estamos haciendo para sacarle todas sus ridiculeces y sus taras raras. Dejé a la jauría encerrada mientras partíamos los dos a buscar aventuras al bosque.

Nos metimos igual que la otra vez a un camino que ella ya conocía, y me dieron ganas de hacer senderos de esos que hacía con la Kleine cuando éramos chicos. Varios senderos ya habían sido borrados por murras, la peor de todas las malezas, así que decidí salir la próxima vez con machete para re-abrir todas mis rutas, que aprendí que los senderos hay que hacerlos, o se los llevan los bosques.

Descubrí que la Schönne tiene ese carácter imbécil que tiene la gente de las ciudades cuando se van a meter a las montañas o todavía cacha la nada, porque cuando nos salíamos del camino, agarraba una personalidad de lobo libre, que nunca recordé haber visto en la Kleine. Me preocupaba un poco, porque le daba por apropiarse de la ruta y desobedecer al llamado, así que tuve que ponerla en su lugar caleta de veces. Caminamos los dos por un sendero que pasaba cerca de varias granjas, y sus perros enloquecían de rabia al sentirnos pasar tan impunes.

– Deja que los perros ladren Sancho, es señal de que avanzamos.

Un sendero nos llevó a un claro, y nos metíamos en el cuando me pareció raro que la Schönne se quedara atrás, negando lo tarada que es cuando cree que se las sabe todas. La busqué con la mirada y me costó encontrarla porque estaba muerta de terror escondida debajo de unas ramas. Ella había visto algo que yo todavía ignoraba, y me asusté un poco, porque pensé en un puma, pero solo había un potrillo pastando. El potrillo estaba hiper tranquilo, así que lo encontré todo todavía mas raro. Mientras caminaba, miro a la perra de nuevo que se negaba a avanzar detrás de mi, pero ella estaba paralizada mirando al potrillo.

– Ah júrame que es primera vez que vez un caballo.

Tuve que hacerle bullying. Es que me pareció demasiado ridícula por asustarse tanto al ver un potrillo todo pendejo muy relajado pastando. Solo cuando me acerqué para tocarlo, el potrillo pareció un poco jorobado y fue a esconderse detrás de su madre. La Schönne debió tomar eso como una señal de debilidad y se precipitó comando al lado de mi para olfatear con ansiedad todas sus cacas.

– Cobarde y penca, le dije.

Ella debió asumir que si los caballos nos ignoraban, eran indefensos. Sin detenerse a pensarlo, clavó las uñas en la tierra, paró los pelos de la espalda y con ese gruñido largo y gutural que viene marcado con años de instinto, apretó la carrera rumbo al potrillo a ver si le podía agarrar algo. Nada había visto yo que fuera mas bajo que esa perra de mierda que se hacía la valiente después de haberse humillado tanto.

Bastó una palabra violenta para que clavara las uñas de nuevo en el suelo, pero esta vez para ayudar con el frenado, y volverse hacia mi sabiendo que se había ganado un merecido palmazo.

– Esta si que te la ganaste perra de mierda, le dije bien fuerte sabiendo que poco importaba si me entendía. Ella ya lo tenía bien claro.

Nos quedamos los dos sentados en el pasto mirando pastar a los caballos, para que todos tuviéramos claro que aquí estaba todo bajo cuidado. Madre e hijo pastaban a un par de metros de nosotros, sin preocuparse, mientras le rascaba una oreja a la perra y le iba contando cosas:

– La idea de compartir el mundo es que nos respetemos todos. Es innecesario matar si en la casa tenemos todo lo que necesitamos. Hoy día vinimos a explorar y aprender de todas las cosas.

La Schönne me escuchaba mirando los caballos con sus orejas bien paradas. En el lenguaje del corazón se que ella iba entendiendo todo lo que le contaba, y cuando hacía una pausa, ella me lamía las manos. Los caballos dejaban de ser una novedad, así que nos levantamos para seguir avanzando. Volvimos al bosque a esos senderos perdidos en los que me aventuraba a recorrer años atrás cuando yo era también parte de una jauría de canes domésticos.

Volvimos a la casa mucho rato después, en una algarabía loca de felicidad del resto de los perros. Mientras vi corriendo a la Schönne saludando a los demás entre saltos y lamidos, me imaginaba sonriendo que en su idioma canino les iba diciendo:

– Imaginense lo que vi hoy… un caballo! Son gigantes, pero yo me acerqué sin miedo.

Pendeja.

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