Ni amor, ni a primera vista.

el

Llegué primero al bar porque andaba en la Francisca, mi moto. Es que ella todavía no tiene muy claro como comportarse en la calle. La estacioné en un lugar medio privilegiado y entré al pub por una mesa antes de que apareciera la tropa restante. Cuando ella me recibió, mi cabeza estaba en cualquier parte así que no alcancé a cortarme y pude hablar sin tartamudearme. Muertos de la risa tratamos de negociar una mesa para la jauría que llegaría, y justo después de que acordamos una, vine a darme cuenta lo que no veía:

Jovencita, universitaria nueva, sin duda. De buenos modales y relajada de carácter, muy animada, alegre y de movimientos rápidos, un poco rígidos, pero contentos. Con viveza despierta, quizás como adaptación ganada en el buen oficio de mesera. Le sigue un trato amigable pero respetuoso, de apariencia suave. Un poco tímida, pero muy en el fondo desafiante.

Supuse que sería de algún lugar alejado, del sur quizás, vendría. El desenvolvimiento no se lo había ganado encerrada en una sala de clases. Todavía era muy chica para tener tanto mundo y su trato exquisito, es una rareza del norte. Una de las menores de sus hermanos, lo que la libraba de la responsabilidad del mas grande y claramente no tenía los complejos mimados del mas joven. De altura, yo diría que la mía, aunque su inclinación para hablarme mas el gesto de hacerse escuchar a  gritos, escondían sus dimensiones reales.

De pelo negro muy oscuro, con ese tono nocturno que refleja como blancos todas  las chispas luminosas que provienen de las luces de todas partes. Lo tenía amarrado en un moño en el angulo superior de la nuca, dejándose caer liso, libre y suave, mas abajo de sus caderas. Con esa gracia delicada que tienen las colas de los caballos árabes cuando las muestran tan orgullosos. Tenía ese toque gracioso de responder con demora a cada giro, y siempre llegaba tarde a la posición de su dueña. Ella era delgada pero de formas bien definidas y elegantes que hacían pensar en la práctica de algún deporte tranquilo, de esos que se practican no por competición, si no por amor al arte. De sus frenillos poco supe, que la atención se perdía completa en la sonrisa que le recorría la cara entera, trabajando labios, nariz, frente y ojos. Su sonrisa era completa, libre, abierta. Sonreía completa.

Fácil era darse cuenta que no se estresaba por nada, que aunque estaba ocupada con todas sus mesas, no parecía preocuparle y su tranquilidad dejaba muy claro que no descuidaba a nadie. Mas que nada por respeto a la consciencia que genera el rubro compartido, no le quise robar el tiempo que uno sabe tan importante.

Cuando llegaron los perros, se convirtió todo en una cacería de huesos. Me imaginé que estaría acostumbrada a lidiar con tanto borracho espeso, así que le puse ojo para analizar como se desenvolvía cuando los hombres la miran como si fuera un pollo al que no hay que dejarle ni el cuero para tirarle a los perros. Luego de comprobar admirado como iba fluyendo libre y con gusto en ese río de gente de mierda que todavía no sabe la diferencia entre un faisán y un pato, me desconecté de ella para volver a conectarme conmigo.

De vuelta a la mesa, bastó agarrar en el aire un par de frases locas, para descubrir que en ese exacto momento, atravesaba un nuevo portal, otra etapa de mi vida: Era la primera vez que estaba en una mesa donde yo era el único que no tenía un hijo. Ahora que ya ocurrió, ahora será cada vez mas y mas seguido. No quedaba mas que acostumbrarme. Me quedé en silencio un rato, saboreando el momento en el que mi estilo de vida está la raja y bien dirigido. Fui haciéndome consciente de mi felicidad en todos sus aspectos, así que no pude evitar sentir una oscuridad interna que no era mas que pena por todas esas personas en la misma situación que yo, pero con la necesidad de tener un hijo. Quizás en esa tristeza tan difícil de definir, alguna de esas personas podría llegar a alegrarse de que exista gente como yo, que considere el no tener un hijo, como un motivo para alegrarse.

Ya se acercaba la hora de partir, y volvía a conectarme con esa sonrisa, con la ondulación oscilante de su pelo, y con la delicada simpatía con que sacrificaba sus noches en una pega de mierda, que seguramente también disfrutaba contenta. Ella me marcó grave, como si hubiera querido ir y quemarme. No me interesaba venderle nada, no quería destacarme. No quería ni su nombre, ni su número, su color favorito, ni ningún lugar en sus sueños. Solo quería que supiera que alguien había visto mas allá del precioso cuero con el que estaba vestida. Tampoco me interesaba ser confundido y que malinterpretara mi mensaje como uno mas de los muchos que debe recibir de la tropa de ebrios que juegan a ser valientes cuando se olvidan lo cobardes que son el resto del tiempo. Así que tomé una decisión y me dediqué a la tarea:

Busqué dentro de mis cosas, y no hubo forma alguna de encontrar papel adecuado. Descarté obviamente la menospreciada servilleta. Consideré materialista, poco apropiado y ofensivo escribirle en algún billete, así que tuve que aumentar el nivel de rigurosidad del formato. Hubiera sido un poco absurdo escribirle en el carnet de identidad de la Fran, pero mientras todavía no descartaba del todo esa idea, apareció entre los papeles de la moto el comprobante de la entrega de mi titulo que guardaba desde aquel día en que terminábamos con la Coyi, y que en ese momento no supe ver como una tremenda oportunidad.

Recorté un segmento del comprobante y elegí  la mitad en la que aparecía el timbre de PAGADO, con esa fecha. “Gracias universo, por iluminar este momento” me dije, y partí al baño donde podía escribir sin que nadie pudiera verme. Busqué un lugar medianamente seco que pudiera usar como mesa, y al final dejé que las gotas se quedaran adheridas a la tinta del timbre para agregarle quizás el elemento que diera fuerza al proyecto. No sabía que iba a escribir, pero el sentimiento lo tenía muy claro, así que sin pensar en realidad  escribiéndole un mensaje muy corto, contándole con menos de diez palabras lo que pensaba de ella y lo cerré en dos pliegues. Me dediqué con la caligrafía, porque como el mensaje, también decía mucho mas de lo que se leía. Dejé toda mi personalidad en esos trazos, porque el que supiera como ver, vería.

En la puerta de salida me quedé esperando que la jauría fuera saliendo uno a uno. Cuando llegó para despedirse, me despedí también y le estiré la mano con la que tenía el papel agarrado. Se quedó mirándome a los ojos por dos segundos y la miré también para asegurarme que recibiera el mensaje adecuado. Agarró el papel despacio, y con esa cara llena de risa juguetona y algo nerviosa de aquellos días de esquelas secretas contrabandeadas en los recreos, lo guardó en un bolsillo medio rebuscado. Sonriendo como siempre, se despidió de nuevo, mientras yo salía afuera para echar a andar mi moto.

Que gran día será cuando la vuelva a ver.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Veamos que pasa…

    1. Diño dice:

      Ya pasó todo lo que tenía que pasar, todo lo que venga es extra.

  2. Anna dice:

    Ella la poeta, porque no me dijiste que tenías algo entre manos para no seguir haciéndome falsas ilusiones con tigo, jajajajajaja
    Besos
    Te quiero

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