Lute, la historia de un árbol.

Del trabajo salí muy tarde pero mas cansado cuando vi que en el horizonte todavía se veía un sol que ya comenzaba a preparar su despedida. El día estaba tremendo y quería hacer algo para aprovecharlo, así que partí a la casa por el camino largo. Es un camino que atraviesa los cerros madereros donde salgo a sacar fotos, a recoger callampas y a pasear a mis perros. Es un camino de campo, pintoresco y bueno, que tiene sus días de calma contados, que ya está pavimentando. Conecta varios campitos de campesinos con la parcela donde viven mis viejos.

Por uno de estos campos de gente linda iba pasando, cuando allá lejos muy lejos, bien en la cima de un cerro, entre inmensos bosques de sacrificio veo un claro allá arriba muy alto, y en el centro un árbol.

No era un árbol cualquiera. Era un sobreviviente. Alguien que estuvo aquí por un montón de años. De quien su semilla, llegó con el viento. Un árbol medio nativo, igual medio pájaro, que siendo todavía joven, todavía no cachaba que cresta estaba pasando. Yo me dije “Dios mio, como hago para subirme a la copa de ese árbol”.

Pensaba donde podría dejar la moto para caminar a través del bosque a ver si encontraba un sendero que me llevara hacia el árbol, pero encontré un camino que se separaba del mío y con la Fran, nos metimos a ver si nos acercábamos al claro. Atravesando casas y granjas con animales, el claro se iba acercando por mi derecha y ya no lo iba viendo tan lejano. Cuando pensé que seguir avanzando era comenzar a alejarme dejé a la Francisca en la primera casa y me puse a llamar a alguien para atravesar el bosque por su patio. Ya voy aprendiendo un poco mas del respeto, porque no es agradable cuando te van a preguntar el nombre con una escopeta en la mano.

Como no salió nadie, pensé esconder la moto en alguna parte y atravesar el campo por un potrero. No me iba a achicar ante nadie que se pusiera catete para que no llegara al claro, pero antes de estacionarme, apareció una señora detrás de una yunta de bueyes junto con una cabrita joven, demasiado linda para andar llena de barro y les pregunté acerca del claro que andaba buscando. La señora no cachaba de que le estaba hablando, hasta que la cabrita con aire impaciente y bien copada de tener que explicarle, deja caer una mano y le dice:

– Ay mami, es ahí donde está el Meñin.

La señora se golpea la frente como castigándose por no haber visto algo tan obvio, y me dijo bien clarito como llegar al claro. Dejé la moto a un lado y me metí cruzando un cerco que tenía puesto un candado. Avancé por una ruta media maderera, donde todavía podían verse los surcos que dejan los palos cuando son arrastrados y fui pendiente de la orientación para no salirme de la ruta. Luego de un sendero medio borroso, atravesando otra reja de alambres, llego por fin al claro.

El sol todavía brillaba bien abajo, amenazando con perderse detrás de un cerro. Todavía había vida en cada uno de sus rayos. El claro era en si suficiente por si mismo para valer la pena. Estaba como quería, y lleno de flores silvestres. Las mismas que tenía la Sarita en su parcela de El Cielo. Todavía no veía el árbol, era un claro mas o menos, pero bastaron un par de pasos hacia arriba en el sendero, para verlo allá arriba todo erguido listo para recibir visitas. Me acerqué re contento y cuando estuve a punto de meterme bajo su sombra, me detuve y le dije hola.

Era todo un personaje, se notaba clárisimo todo su estilo. Se había armado un fuego que lo consumió completo por dentro, se afirma casi en la pura corteza que se salvó del incendio y todavía no tenía problemas para estar muy vivo. Sus ramas gruesas invitaban la caminata, pero no tenía ningún baja. La única forma era escalar el hueco que le dejó el fuego. Dejé mi mochila, chaqueta y casco en el suelo y le pedí permiso. Me costó llegar arriba y tuve que molestarlo un poco. ¿Pero quien mas que un árbol, sabe mas de paciencia?

Desde ahí, podía verse la ciudad lo suficientemente cerca, pero todavía lejos. No se escuchan mas ruidos que las hojas de este loco al frotarse todas juntas entre ellas, como cuando uno se frota las manos cuando hace frío. Quise moverme bien por sus ramas, pero caché que a este gallo hay que tenerle harto respeto. No es suavecito para caminarlo, y yo creo que bien fácil es terminar con algo quebrado en el suelo. Me las quise arreglar para bajar de otro modo y me costó bastante. La altura era nada, pero no habían muchas posibilidades para asegurarse con nada. Me fui deslizando hasta la rama mas baja, mientras crecía el riesgo y disminuía la confianza. No quise probar a ver si la rama se quebraba, no vine aquí para hacerle daño, así que me fui lo mas suave que me ayudó lo que tengo de gato, y me descolgué al suelo de un salto cuando tuve la certeza que no me iba a torcer como un tarado.

Solo cuando estuve ahí abajo, me di cuenta lo privilegiado que era por la vista que tenía. Privilegio que compartió conmigo al prestarme un escenario increíble para Salir a Jugar, para traer a mis amigos y a cualquiera que le interese conocer como vivo. Privilegiados todos. Aquí vamos a traer instrumentos y las mantas se van a ver increíbles dibujando sus siluetas del suelo.

Me imaginé todo eso, y fue ahí recién cuando comprendí que todo eso ya se había estado haciendo. Por todos lados empecé a ver rastros de personas que habían estado también jugando con el árbol, y ya cachaba que venía siendo así por una montonera incontable de años, visitado por niños de todas las edades que viven aquí muy cerca en algún lugar. Vi muy claras las historias de todos esos niños que venían aquí a encontrar compañía o soledad, a contar un secreto o sencillamente a jugar.

Eleuterio le puse al árbol. Alguien también tuvo que ponerle nombre a la Gravedad, aunque siempre hubiese estado ahí, invisible por años. Lute para los amigos. Me sirve para poner en un lugar, a un amigo de los mas grandes que he tenido y que seguramente no podré ver nunca mas.

– Un gusto maestro, le dije. Nos volveremos a ver.

Mi tierra tiene un nuevo amigo.

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