La ruta de las lágrimas del viento.

Me propusieron un viaje medio atrevido para el fin de semana, pero como somos aventureros lo dejamos para el martes. Partí a comprar los suministros de combate, porque yo se lo que es pasar hambre cuando uno está todo mojado adentro de una carpa en el medio de la nada, así que fui al super y compré todo lo necesario para super sobrevivir:

– Dos botellas de vino que nunca viajaron, porque me las tomé en la noche con amigos antes de partir. Mucho queso, mucho jamón, poco pan y un paté. Palta, mucha palta muy madura. Palta media liquida, casi bordeando lo putrefacta. Todavía verde. Mucho maní, nuez, almendras y pasas. Un paquete gigante de papas fritas, y doce latas de cerveza que también estuvieron a punto de no llegar.

Muy taradamente llegué a la casa las cuatro de la mañana después de guitarrear toda la noche con pura gente linda. No me interesaba en ese momento considerar que tenía que partir a las seis, a buscar al resto del grupo que llegaba de Santiago a Curacautín en bus a las siete de la mañana. Eso demuestra un poco mi falta de previsión social.

El reloj marcaba las cuatro y media de la mañana y yo intentando descubrir donde chucha había quedado algún saco de dormir para llevar al viaje, pero decidí acostarme sin averiguarlo todavía. No sonó la alarma a las cinco, porque la apagué mientras dormía los 15 minutos que me había propuesto, pero sonó a las siete, cuando me llamaron desde Curacautín para preguntarme por qué no había llegado.

Son esas situaciones en las que tu cuerpo reacciona de una forma sobrenatural, casi divina. Irracionalmente en un arranque de adrenalina envasada a la carótida, me tiré un piquero en la ropa que estaba regada en el suelo, a ver si se me quedaba pegado algo, y metí cosas que no necesitaba en una mochila que no debería haber llevado. Después de comprobar que todavía me quedaban cosas importantes por llevar, salí de la casa sin darme el tiempo para buscarlas y me metí al auto. Le puse la selección de música que había elegido para el viaje (porque para eso si que siempre hay tiempo), calenté motores y despegué al infinito. Llovía mas o menos fuerte, y estaba bien helado. Había niebla por la carretera y se veía poco, así que mandé al carajo a los muchachos que me tendrán que esperar. Mejor llegar vivo y atrasado que no llegar nunca por apurado. Así, en la carretera, se me fueron abriendo los campos del sur, entregándose de a poco a mi paso mojado.

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Nos juntamos en Curacautín donde los viajeros fueron a comprar cosas que de veras no necesitábamos. No dije nada, pero ni siquiera jugando con la imaginación, supe por donde nos tendríamos que meter el lomo vetado y la bolsa del carbón mojado, cuando tuviéramos lluvia hasta en los pelos del ano. Aunque diez litros de agua embotellada, parecían fundamentales bajo la lluvia mas limpia del mundo y al lado de infinitas vertientes de agua cristalina, parecía en ese momento una elección no tan adecuada. Jugamos al tetris para tratar de meter todo al auto, y solo pudimos concretar la tarea, cuando nos rendimos ante la imposibilidad material de violar (sin penetración) todas las leyes vigentes de la física moderna, incluso la de la atracción de los leptones.

Partimos en viaje a Conguillío, donde nos ocurrió la primera gracia de todas las cosas. Para empezar, mira. Para empezar el Guarda Parques se llamaba Miguel Torres, y no era solo el nombre, porque Don Miguel, era uno de aquellos personajes con los que te dan ganas de sentarte a llenarle un vaso. Todavía no nos habíamos presentado cuando ya nos tenía bien arriba del columpio. Se rió de mi auto cuando todavía no nos habíamos bajado, porque cuando iba poniendo una pata afuera, lo escuchaba reirse de nosotros.

– Para que les voy a cobrar la entrada, si como van a quedar de mojados, alguna cosa buena que les haya pasado adentro del parque, dijo. Después de la conversa nos levantó la reja, y todavía riéndose el iba diciendo entre su carcajada “En dos horas los voy a ir a tener que sacar del fondo del barro”.

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Avanzamos los ocho metros que nos atrevimos y nos dispusimos a bajar del auto dispuestos a lo que venga. En ese momento la lluvia alegre de vernos, se dejó caer con una confianza tan bonita, que fue imposible no sonreirle a los golpes fuertes que nos regalaba en el techo. Yo al final me saqué los zapatos para tener algo seco que ponerme cuando volviera, porque yo tenía claro que, como dijo riendo Don Miguel Torres: “Nos íbamos a mojar hasta los sesos”.

Envolvimos las cámaras cada uno como pudo de acuerdo a los escasos recursos disponibles, y con un “Banzai!” saltamos afuera del auto ya mojados y completamente entregados. Nos metimos en el sendero que sale del estacionamiento de la Laguna Captrén, esa donde se prohíbe todo. No quiero pasar de presumido, pero tuve momentos de lujo disparando como pude, bajo la lluvia que tenía tantas ganas de recorrerme entero.

No puedo menos que asombrarme al observar personas que son todavía mas cargantes que yo con el tema de la fotografía. Si hubieran sido balas, hubiera quedado todo agujereado. Muchas fotos buenas, a todo. Un lujo salir con estos personajes:

Lucas, fotógrafo de profesión, brasileño de nacimiento, joven y emprendedor. Aventurero como todos los viajeros, de un humor entretenido y buena elección como amigo para viajar. Leonardo, amigo de profesión, ingeniero certificado, y fotógrafo de corazón. Sonrisa siempre presente bajo un rostro de falsa apareiencia grave. Siempre preparado para la respuesta correcta, atento a todos los detalles, excelente opción para compartir hasta los cepillos de dientes. Y finalmente Richard, el Sherpa. Que en realidad se llama Christopher, pero me aweoné cuando escribí  la historia: Ingeniero como el anterior, bueno para la cocina, maestro de la iniciativa alimentaria, entretenido como alguien a quien dan ganas de contarle cosas, y se ganó un lugar en el viaje por buena onda, y por estar de cumpleaños.

No vi a ninguno quejarse de la lluvia, del frío, del hambre, o de la espera al fotógrafo obsesivo que atorado en un detalle del sendero dedicaba quince minutos a sacar una o cien fotos. Varias horas mas adelante, un poco después de que la cámara de tres mil dólares de Lucas por mojada se suicidara para no funcionar nunca mas, hubo que decidir pasar el día sin comer y seguir sendereando en un bosque vivo de tres mil años, o volver a la realidad. El estómago de Richard se atrevió a expresar la necesidad de comida y todos le encontramos la razón. Aparecimos después mojados todos como gatos, devorando ávidos un montón de chocolate y papas fritas adentro del auto.

Solo cuando hubo de hablar del lugar en donde poner la carpa, el Leo nos rebeló una verdad que no tenía precio: Había una cabaña esperándonos en Lonquimay, con el fuego encendido. Nadie dijo nada, por la insensatez de considerarlo algo demasiado obvio y después de pasar a dejarle un chocolate a Don Miguel Torres,  nos despedimos contentos de Conguillío prometiéndonos volver en invierno. Con Nick Drake entramos de nuevo a la carretera, y mientras los árboles en transición dibujaban colores que solo imaginas en tus sueños, me di el tiempo para detener el auto y decirles a todos frente a toda nuestra alegría:

“Aquí es donde el destino es secundario, esto es un viaje, un roadtrip. Lo importante es lo que está pasando, no para donde vamos”.

Nos fuimos deteniendo las veces que quisimos para tomarnos todo el tiempo de sacar las fotos que queríamos. Daba lo mismo mojarse si ya estaba todo mojado. Conocimos el verdadero efecto del otoño en los bosques de pocos años, porque en Conguillío, los árboles ya están aburridos de ponerse amarillos después de los mil quinientos veranos. Hacia Lonquimay, puedes ver tonos de todos los colores; comenzando por las tonalidades de los porfiados verdes que se resisten a decaer a lo largo del año, los entregados, que se van tornando amarillos, naranjos y rojos, y los extravagantes, que alcanzan tonos morados.

Lonquimay apareció como un sueño. Bastó dejar colgadas en sillas la ropa al lado del fuego, para que en los primeros quince segundos tuviéramos la casa llena de vapor tibio del agua que se devuelve pal cielo. Ahora se reían otros de la comida del que la trajo pensando en la montaña, y risa me daba también cambiar la palta por un bistec a la parilla al lado del fuego. El carbón se lo echamos al fuego, porque el Leo bien enterado, sabe lo bien que queda la carne cuando se va quemando con el hualle medio mojado. Las cervezas vinieron bien, y mejor el vino que quedó del mariscal que hizo el Richard mientras esperábamos el asado. Todavía se escuchaba el rugido de las gotas gigantes que se despedazaban en el techo, mientras felices de hablar de fotografía toda la noche, cagado de calor y muy seco, me disponía a dormir, para soñar con los paisajes que guardaba en mi mente y en una pequeña memoria de fotografía.

La mañana llegó demasiado rápido, pero llegó con sol. El canto divino de Lucas nos informó que su cámara había revivido luego de una noche cerca del fuego, después de una sobredosis de agua. No nos dimos mucho tiempo para ninguna actividad no paralela a la fotografía y partimos corriendo hacia el bosque y los prados altos para jugar con los arco iris que podían tocarse con los dedos.

Las vaquitas no podían comprender la belleza del momento, porque hay quienes dicen que ven en blanco y negro, cosa que me niego a creer, porque de ser así, ser una vaquita café tiene harta pinta de ridiculez. Así que en su indiferencia o ignorancia, nos acompañaban en casi todas las fotos.

Tuve que hacer un trabajo mental en el equipo para que siguiéramos avanzando, porque no consideraba necesario tener 600 fotos de la misma cosa, y el bosque a mi todavía me estaba esperando. Así que entregado a la libertad de acción del “cada uno a lo suyo”, me empecé a alejar despacio, a ver si yo también podía hacer lo que quería. El bosque fue el que me encontró a mi, cuando ya había entrado en el hace mucho rato. Me había recibido sin cantos de pájaros, pero con un arrullo suave y un intento medio jugado, para arreglárselas de manera que yo no me mojara tanto.

Lo saludé respetuoso, porque era un bosque nuevo al que yo nunca había entrado. Sus árboles medios fronterizos ya tenían los acentos de los vecinos de al lado, pero acostumbrados al extranjero, no tienen tiempo de marginar a nadie. En las fronteras, donde las lineas separan, es donde todos sus habitantes están mucho mas conectados, ignorantes de que existen dos lados. Me saqué los zapatos que era lo que faltaba para sentirme parte y no aparte y caminé hacia arriba con la esperanza de poder estar solo, conectarme con su micro vida y tener buen cuidado de saber como fotografiarlo. Solo cuando llegaron los demás, cambió la luz y se fueron dando las cosas para irle guardando sus momentos en mi memoria, regalándole la eternidad en el tiempo para que lleve ese recuerdo a las murallas donde harán que personas tristes puedan encontrar la vida que andaban buscando en el lugar equivocado.

Varias horas después decidimos bajar de la montaña a la casita donde el Richard como buena madre, nos esperaba con el fuego hecho y listo el almuerzo. Nos devolvimos por la Cuesta de las Raíces en vez del túnel, para que pudiéramos ver lo fenomenal que es el otoño en un bosque alto, y nos desviamos un poquito del camino para irnos a sacar una foto todos juntos, en la falda de un volcán medio intranquilo, donde un zorrito bien amigable, vino a ver si era verdad lo que le habían contado acerca de estos humanos tan raros, que les regalan cositas ricas a los zorritos para poder hacerles cariño.

Pasamos a Curacautín por un café antes de que tomaran el bus que los llevaría directo a Santiago a la hora a la que tienen que entrar al trabajo. Nos dijimos las últimas tallas, nos reímos unos de otros, prometimos viajar juntos de nuevo y desaparecieron bajo una noche de luna llena.

Mientras manejaba de vuelta en esa carretera iluminada solo por la luna llena, para matar el vacío que había cargado después de bajar todo el resto, cantaba siguiendo las canciones que había elegido para el auto, si hubiera tenido que manejar un par de horas hacia Temuco, bajo una noche de luna llena después de haber cargado un montón de vacío.

La galería de las fotos en https://www.flickr.com/photos/roman_schuster

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