El Golf.

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Un viento tibio y pesado recordaba Buenos Aires. Esa atmósfera cargada de poder aunque sin rayos, comenzó a desvanecer las formas reconocibles del cielo. Pocas gotas fueron lo suficientemente valientes para dejarse caer,  pero la amenaza de tormenta siendo un peligro latente.

Las luces se encendían, los autos se estacionaban. Santiago despertaba.

La calle se llenó de gente, y de las mesas en las veredas brotaban pedidos que anotaban los garzones. Niños en coches y parejas caminando de las manos, buscando panoramas, la elección del trago, la comida, el plan de la noche. La música viene desde todas partes, susurrando invitaciones para todos los caminantes.

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Es viernes en Santiago. Termina una semana, comienza la transición, viene la otra. Ha concluido un ciclo, y con su término comienza uno nuevo. Es la celebración de un rito, no hay logros personales, el éxito pertenece al tiempo, es la forma de hacer las cosas.

Unos eligen pescado, otros van seguros con los tragos. Muchos siguen la cultura de la carne y sus infinitas variedades. Es El Golf, y su infinidad de restaurantes. Es donde se junta la privación con el encanto, la libertad de elección y la magia de olvidarse del pasado, mirar hacia delante, ignorar del mundo por un rato.

Es El Golf, son sus restaurantes, son sus garzones, sus propietarios, sus clientes. Es El Golf de Santiago, es viernes, hora de estar contentos, de olvidar, de seguir comiendo. Es hora de olvidar, y seguir sonriendo.

 

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