Es de hombres pegarle a un desconocido.

el

Viajaba con un amigo en la Francisca después del trabajo, cuando paramos en un semáforo y pasaron dos chiquillas caminando.

– Déjame a mi la de pelito liso, me dijo.
– Te dejo las dos – Le contesté. No estoy interesado.
– Ah, pero como. O sea de que me sirve… ¿Si voy a pelear con alguien, tampoco puedo contar contigo? – me respondió.
– ¿Y para que vas a andar peleando? Yo nunca tuve la insegura seguridad de andarme midiendo con nadie.
– O sea uno a veces tiene ganas de pelear y pelea. A los amigos hay que defenderlos.
– Yo defiendo a quien trata de defenderse. Quien anda buscando peleas merece que le saquen la chucha para que las deje de andar buscando.
– Y claro, seguro que tu nunca buscaste una pelea.
– No, nunca.
– ¿Y cuando tus amigos buscaban armar una mocha nunca los defendiste?
– Nunca tuve amigos que anduvieran provocando mochas. Siempre intenté mantenerme lejos de los imbéciles y los descontrolados.
– Pero las etapas hay que quemarlas, todos pasamos por una época donde queremos pegarle a la gente. Hay que hacerlo y ver que pasa.
– No, yo nunca tuve que pasar por eso. No tengo que clavarme las weas para descubrir que es una imbecilidad.
– Pero eso no es natural, uno tiene que hacer esa clase de cosas.
– No natural es tener la capacidad de razonar y no hacerlo.

La conversación ya se iba poniendo media caliente, y seguir dándole me podría haber metido en la mocha que había estado tratando de evitar…

…así que tuve suerte cuando llegamos al punto donde se bajaba este loco. Mientras pasaba los cambios en la oscuridad de la noche le grité “No te metai en mochas!” y lo mismo le grité a un grupo de gente que venía caminando un poco mas adelante con botellas en las manos “No se metan en mochas!”. El tema se quedó re-prendido en mi y mientras viajaba a la casa, no pude pensar en ninguna otra cosa.

¿Como era posible que lo que para mi era tan normal, es raro y anormal para otra persona?

Pensaba en la suerte que tuve de no encontrarme con esta clase de imbéciles siendo mas joven, cuando me acordé que siempre estuvieron ahí presentes, tibiecitos para andar soltando combos. Como siempre fui el mas chico, estaba en la base de la escala jerárquica en la pirámide del poder físico, así que yo era el candidato mas indicado por donde comenzar el ascenso. Bastaba que un tarado me viera pollo, para tratar de exhibirse en una muestra de cobarde matonería pública: Pero como desde chico entendía muy bien como funcionaba el juego, al primer empujón medio provocativo, le soltaba una parrillada de combos al matón pelotudo que se le hubiera ocurrido tratar de lucirse conmigo. Cada vez que llegaba a algún colegio, había un imbécil que pensaba dárselas de pulento. Y estuve en caleta. De pelear, me tocó harto, pero siempre por defenderme.

La única vez que me llegó un combólocico cósmico, fue cuando estaba en octavo, de parte de uno de mis mejores amigos. Las cosas se salieron de control y nos fuimos encima, pero como le tenía agarradas las manos de los ojales de su camisa con mi mano izquierda, le ablandé el membrillo en la cara con la mano que me quedó libre. Le di bien como tarro, y en cada coscacho que le llegaba a la cara, le exigía que se calmara. Por supuesto que no le pareció muy razonable la forma en que se lo pedía, así que cambió de táctica y nos fuimos de espalda al suelo, donde majestuoso me llegó un coscacho digno de un mitológico luchador romano.

Me sentí tan mal por haberle rediseñado la cara, que tuve que invitarlo a almorzar a la casa al otro día, aprovechando que a los dos nos habían suspendido del colegio por habernos masacrado. Es mi vieja la que me cuenta como se moría de risa y pena de tener a dos cabritos con la cara hecha pelota almorzando en su casa.

Nunca tuve la necesidad de afirmar mi posición jerárquica, porque hubiera sido ridículo que con mi peso y mi porte, intentara andar buscando camorra a quien se me cruzara por delante. Mi posición se confirmaba sola, porque después de la primera pelea, nadie quería tener problemas conmigo. Los problemas empezaban a veces en las discos, cuando había algún anormal con problemas de infancia que anduviera buscando pataleo.

Me acuerdo una vez como en una de estas jaranas bailaba yo con una chiquilla en una disco, cuando un imbécil como yo pero violento, me puso un codazo en las costillas mientras bailaba al mas puro estilo Rony Dance. Lo miré pero se lo aguanté callado, dándole la posibilidad de que hubiera sido un accidente de curao. Todavía sentía el codazo cuando me llegó el segundo, y ya no me parecía tan chistosa la talla. Al tercero me puse choro, lo agarré de un hombro y lo voltié hacia mi.

– A ver, que pasa. ¿Querí pelear?!

– Si po! – Me dijo. Y ya se iban amontonando los amigos para cerrar el círculo en la pista de baile.

– Pero yo no po! – Le dije bien enojado, dejando claro que no le iba a salir fácil pelear con quien no quería andar peleando.

No le quedó mas que matarse de la risa, como se rieron todos los que estaban mirando. Todavía nos saludamos en la calle cuando nos encontramos.

Solo a veces la rabia consigue hacer que uno se crea poderoso y trate de jugar un rol ajeno. Como pasa en esa época en la que dos hermanos tienen poca diferencia de años, y se odian como perros rabiosos que hay que tener separados para que no se maten. Este tarado me las venía buscando hacía varios años, hasta que un día me dieron ganas de dejar de aguantarlo y me fui encima con esa maestría guerrera que solo aparece invocada por el instinto.

Por supuesto que el no estaba preparado para el Sensei samurai que todos llevamos dentro, y terminó en el suelo debajo de mi, mirándome sorprendido detrás de su sonrisa, con los nudillos de mi mano derecha apuntándole amenazantes hacia la base de su nariz, mientras mi mano izquierda le agarraba el cogote.

Fue uno de mis mayores momentos de gloria.

La excesiva confianza y la calentura me llevaron a no aguantarle otra y le levanté las piernas de una monumental patada mientras estaba sentado en un sofá. Tienen que haberle quedado marcados los cordones de mi zapatilla en su pierna por semanas, pero me quedaba celebrar solo eso, que junto con el golpe, se le activó la fiera mutante que estaba esperando adentro y de un salto se me vino encima como un león que se lanza maletero contra una presa bien indefensa.

Claro que volamos los dos hacia atrás, pero el volando de frente, y yo con mi espalda limpiando el camino hacia el suelo, barriendo sillas, mesas y un montón de otras porquerías que seguramente me quedaron marcadas. No, tampoco me pegó. No era necesario, porque ya estaba establecido que era mejor no verse las cartas. Nunca mas volvimos a pelearnos.

¿Que tiene de normal andar buscándole jarana a un desconocido?

Así es como van apareciendo cadáveres en las mañanas, mamás que nunca mas vuelven a ver a sus hijos y un numero demasiado grande de idiotas que decidieron hacerse un tratamiento dental con la bota de un tipo que nunca tuvo mucha pinta de dentista.

No, no necesito andar buscando peleas…

…Me basta con todas las que los imbéciles han ido buscando conmigo.

¿Tienes algo para decirme?

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