Es que no me tienen paciencia.

Cuando pasé a pagar en la caja del super, el total terminaba en $12.

Dos pesos de mierda. Si al cajero le pasaba cinco, iba a tener que donarle tres pesos a Mr. Paulmann. Al principio sentí el impulso de regalarle los tres pesos, porque me imaginé que tendría que necesitarlos mucho si se ha pasado la vida entera abriendo supermercados para (*ejem!) “ayudar” a la gente. Pero después lo pensé mejor, y llegué a la conclusión que quizá era mejor que yo me quedara con mis dos pesos, a ver si ahorrando peso a peso, me las arreglaba para juntar lo suficiente y abrir mi propio megamutantemercadoglobalnetplus, que es el nombre que he elegido para el.

Así que le pasé una moneda de 10, y que los $2 los pusiera el. Le pasé la moneda y cerré los ojos para recibir mejor el golpe, pero el golpe no llegó. Tomó mis 10, los guardó en su bonita caja y me pasó la boleta sin jorobarme porque me faltaba plata.

Triunfo total ante este imperio de puercos capitalistas. Los débiles cimientos inestables de este sistema corrupto temblaban ante mi victoria. Una carcajada maquiavelicamente malévola, siguió a la recepción de mi boleta mientras los nubarrones en el cielo se amontonaban sobre mi, vomitando fuego y rayos en respuesta a mi maldad consumada.

Guardé las porquerías que ahora eran mías, y me largué al carajo. Solo cuando ya estaba en mi casa, me di cuenta que había dejado mi billetera en la caja.

Tarado imbécil, insolente pedazo de estúpido y burro de mierda. Me pregunté como me pude ahueonar (ahuevonar como dicen los cuicos) tanto. Pobre saco de weas, insulzo e incompetente idiota del orto.

Necio y poco inteligente.

Mas encima feo.

Me acordé que para el cumpleaños de Felipe dejé tirada mi billetera en otra caja, en otro supermercado en otro lugar del mundo, y cuando se me pasó la diarrea volví al super a buscarla. Cuando empecé a preguntar, me convertí en “El chiquillo de la billetera”. Y para donde fuera, me decían “aah usted es el chiquillo de la billetera”.

Si, yo soy ese chiquillo que guardó la plata y después la dejó tirada en la caja. No me importaban tanto los ocho millones de pesos que tenía en la billetera guardados, sino la billetera misma: Pedazo de cuero cocido y forrado que viajó de argentina hacia mi como un regalo 16 años atrás, y que me ha acompañado por el mundo entero, cada uno de esos días.

Ahí estaba la pelotuda esperandome, preguntando con cara de gato mojado, como es que que la había dejado abandonada.

Con la misma cara me estaba esperando hoy, en la caja de otro supermercado, todavía un poco dolida de haber sido tan tarado. Al recibirla de nuevo y con toda su plata adentro, pido el libro de felicitaciones para dejar algo así como una felicitación, y cuando devolví el libro con su cochino lapiz, me despido y me largo.

Caminé cinco pasos y me tuve que devolver, porque había dejado la billetera de nuevo en el mesón del libro que me habían pasado.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Está chistosa la historia, el final es lo mejor…

    1. Diño dice:

      Lo mejor de lo peor, es que es super honesto. Un abrazo flaquito.

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