Amores que te cagan.

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Llegó una pareja a comer al restaurant y de buena onda fui a atenderlos yo. Ella me preguntó si había alguna diferencia con que la carta estuviera llena de colores. La miré fijamente, me paré bien derecho y le dije:

– Mmmmmm, mira la verdad es que si. Si fuera una carta en blanco y negro sería terriblemente fome.

Ella lanzó una carcajada media explosiva que se cortó como si hubiera recordado algo, y me imaginé que a su pololo no le hacían mucha gracia las tallas, así que me viré caminando de espalda como si me llevaran arrastrando por aweonao.

El Pato llegó al local atrasado, pero contento. Bueno, contento hasta que ve la mesa de la niña. Ahí fue donde se le fueron todos los colores, y mientras se iba poniendo plomo me dice:

– Noo, conchesumaaadre… parece que esta era la niña de la sorpresa.

La niña de la sorpresa.

El día anterior, el Pato recibe una llamada de una niña que quería que le preparáramos algo especial: Venía a comer con su pololo en la celebración de sus cinco años de algo y quería sorprenderlo cuando llegaran.

El Pato le dice “Mira, nosotros acá hacemos comida y la hacemos bien. No podemos convertir esto en un circo. Lo que podemos hacer es que TU prepares algo bonito bien hecho, lo traes antes y cuando llegues a comer, te tenemos la sorpresa lista. “.

A la mina la idea le pareció o adecuada o inevitable y se encerró a trabajar en alguna obra maestra digna de un museo contemporáneo. Apareció en el local al otro día con “Aquello“. Es que “Aquello” era por si mismo, su propia categoría. No había ninguna otra forma de clasificarlo en ninguna otra parte. Yo lo definiría mas  adecuadamente como una inimaginable ofensa y una falta del respeto para el sentido del buen gusto, el diseño y la decoración. Era una monstruosidad cuyo PROBABLE valor sería meramente emocional y probablemente para UNA sola persona.

El Pato según me enteré después, guardó el Adefesio del Mal y le prometió a la interesada, que iba a estar listo y preparado en una mesa antes de que ellos llegaran. Muy contenta se fue del restaurant, quizá feliz de haberse desecho temporalmente de esa cosa. Pero el día y la hora a la que iba a aparecer con su pololo en el restaurant para la maravillosa sorpresa, obvio…

…No estaba puesta la weá.

Con una humillante certeza, se habría pasado HORAS haciendo esa cosa tan horrible y el Pato se olvidó de ponerla en la mesa. Por si mismo el Pato le había hecho mierda el aniversario a esta chiquilla. No sabía donde cresta meterse. Estaba morado de rojo y trataba de convencernos que fuéramos a preguntarle si era ella o no la del aniversario. Uno a uno lo fuimos mandando a la chucha y que arregle su cuento como pudiera. Dos horas pasó buscando la forma de arreglar el cuento hasta que al final no aguantó mas, y se le ocurrió tirarse al agua, poniéndole “Aquello” en la mesa fuera o no fuera la víctima.

Ya la historia iba demasiado buena y había que sacarle el jugo, así que la fui a ver a la mesa para analizarle su onda. Le pregunté un par de leseras simpáticas sencillas y le puse mucha atención a esa mirada. Sonreía, pero su miraba era negra y estaba cargada con algo que me dejaba todo super claro: Me miraba con odio. Igual me hubiera gustado que le rechazaran ese desastre y el Pato tuviera que meterse esa obra de arte por la raja.

Ya estaban por pedir “la cuenta” cuando aparece el Pato con ese Proyecto Fatal, hacia la mesa de los chiquillos y pasa el Mati detrás con una sonrisa llena de aweonamiento y las manos llenas de velas. En medio de las correspondientes sonrisas y felicitaciones le dejan “Aquello” en la mesa del lado porque no cabía en ninguna otra parte, y arrancan de vuelta a refugiarse en terreno seguro desde el campo de batalla hacia las trincheras.

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Cuando el Pato estaba a punto de saltar detrás de la barra después de haber soltado la granada, la niña muerta de felicidad le dice:

“Pensé que te habías olvidadoooo!!!”

Se rajó el Pato, salvó la situación a toda raja, nos dejaron una tremenda propina, nos salvamos de una demanda y todos felices…menos “El Pololo” porque cuando estaban listos para irse, el estira las manos hacia los lados y muy satisfecho por la comida pregunta lleno de inocencia:

– Oye… ¿y que vamos a hacer con esto?
– Te lo tienes que llevar obvio, le dijo ella con cara de corto circuito.
– No, llévalo tu, dijo el ya medio choreado. Tenía que llevarse ese cacho. Le propuso venir a buscar “Aquello” después en el auto, pero lo mandaron a la mierda: Estaba clarísimo que quería ahorrarse la vergüenza de caminar con esa basura a pata por la calle.

Además ¿que mierda iba a hacer él con “Aquello” en su casa?

Aquello” ocuparía inevitablemente un espacio demasiado grande y no es esa clase de weás que puedes guardar en una bodega. Mas encima hay que mostrarlo para que todas las visitan vean. El problema es que estaba todo ese inexistente valor emocional que debía ser a todas luces “aparente”. Ese regalo de mierda podría haber terminado por mandar al carajo la relación, o mejorarla hasta el infinito si llegaban a ponerse de acuerdo para dejar esa wea tirada en la calle.

Vivir el conflicto de tirar ese desastre y en esa bomba nuclear, aprender realmente a conocerse en el respeto, a quererse en lo esencial de la vida, en la irrelevante presencia del protocolo, a darle juntos pa delante respetando todas las individualidades.

Yo pensaba que la catástrofe se iba a armar ahí mismo cuando resignado le dice:

– Ya… yo lo llevo…

Por la ventana los vimos alejándose por la calle mientras el trataba de arreglárselas para caminar con “Aquello” en la mano. Lo mejor que les podría pasar, es dejar esa mierda tirada en la calle.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Saricarnen dice:

    ¡No sabes cuánto me he reído con tu relato! ¡Me encantó!
    ¡Felicidades y cariños!
    Un abrazo,
    Sara

    1. Diño dice:

      jajajaja un abrazo, saludos por alla!

  2. Victoria dice:

    Aquello es mutante! D:

    1. Diño dice:

      Aquello es barbárico…!

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