Un cachorro bien decidido a jugar a grande.

Lo vi venir hacia mi caminando de lado a lado, bamboleándose como si se lo llevara un viento que soplaba desde todas las direcciones. Después de golpearse con un muro, un distorsionado cerebro creyó que lo mejor era ir hacia la otra parte. Se le fueron los pasos rápido hacia a la calle, se le enredaron y voló como un arquero vuela para atrapar una pelota inalcanzable.

Su cabeza fue lo primero que llegó al suelo y cayó el resto del cuerpo sobre ella, justo antes de que un auto esquivara todo ese embrollo humano, sin atropellarle. Caminé hacia el por la calle haciéndole señas a los autos para que esquivaran el cuerpo que ahí había quedado tirado. En una forma fenomenal, logró reponerse al impacto y ahí sentado en el suelo de la avenida, le estiraba su mano pidiendo ayuda a las personas que pasaban por la vereda pretendiendo no verlo para no ayudarle.

Todavía estiraba su mano pidiendo ayuda cuando aparecí yo por atrás para levantarlo de la calle. Un tipo oscuro muy tránfugo se devolvió hacia nosotros cuando ya había pasado, y nos ayudó a levantarnos. Le dije que se sentara hasta que sintiera bien para seguir caminando, pero no quería escucharme, insistía en que estaba bien y que no había pasado nada.

Era un cachorro joven de unos 15 años, seguramente quería probarle algo a alguien. Le pregunté si tenía para un taxi. Pero el viejo flaite le dijo que cualquier taxista que se lo llevara, le robaría todo y después de matarlo lo tiraría en algún potrero donde no lo encontrara nadie. El cachorro se asustó y quiso partir caminando, pero no le daban las patas y quedó afirmado en un árbol. El viejo flaite también se había dado cuenta que en el bolsillo de su pantalón tenía uno de esos teléfonos gigantes que personas como el compran en miles de cuotas o se los “pillan” en las calles.  Le pidió el teléfono para llamar un taxi y con cara de “Sobras” me dijo que estaba todo bien y que me fuera tranquilo. El cachorro estaba asustado, le ofrecí llevarlo a una bencinera a sentarse, pero no quería nada con nadie.

Lo miré bien y le dije.

– ¿Estás buscando que algo malo te pase? Te cuento que nosotros dos te podemos quitar lo que queramos y no vas a poder evitarlo. ¿Estás seguro que quieres que eso te pase? En este momento tienes que tomar una decisión y aperrar con ella, ahora estás jugando a ser grande.

Le ofrecí llevarlo por última vez y me insistió en que estaba bien, que no quería que lo ayudaran. Le puse una mano en el hombro y le dije: “Vas a encontrar lo que andas buscando, espero que puedas aprender algo bueno de lo que te pase”.

Le puse mucha energía a ese hombro, y todo dicho, lo entregué a esa ley cósmica que se dedica a poner equilibrio en todos los sucesos materiales.

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