Infinitos.

Me destruí completamente en muy poco rato, fracasé completo en una sola noche y tuve que recoger yo mismo los pedazos que nadie había visto romperse. Mientras intentaba esconder mi invisible humillación, sabía que era parte de un proceso de aprendizaje porque ahora estaba recién comprendiendo y mi capacidad de recuperación estaba determinada exactamente por la habilidad que había que adquirir para darme cuenta. Fueron brígidos los porrazos que le pegué a mi amor propio, en medio de un montón de piscolas y sin que nadie se de cuenta. Ya era maravilloso que pudiera darme cuenta yo, como para que alguien mas pudiera notarlo. Sabía que bastaba poner atención, que las señales iban apareciendo solas. Y con las señales aparecía también la seguridad, la confianza y sus regalos.

Fui el mas bacán de los que no cachaban nada, y me convertí en el mas charro de los que recién están empezando a cachar algo.

Me hice dueño de mi mismo en los errores que ya dejaban de ir molestando y comencé a construirme de nuevo, con un molde mucho mas elaborado. En esa incertidumbre tan certera, llegaba la mañana en las manos de una princesa del mundo utópico y soñado, que cruzaba la misma etapa sin querer abandonar la que yo dejaba. Lo conversamos juntos, mientras todos los demás dormían, y nos arrancamos afuera para recibir el sol que con ese naranjo intenso que no ves mas que en el primer rayo de la mañana.

Mientras nuestras sombras se alargaban hacia el horizonte, nos abrazamos sintiendo por lo menos aquella vez,

Que somos infinitos.

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