Bienvenido.

Recibí una de esas llamadas que anticipan siempre algo bueno y fue un cuento porque no sabía todavía a lo que le estaba diciendo que si. Era una invitación informal llena de formalidad mística y no me atreví a dudar aceptarla porque había que considerar desde quien y para donde iba. Agarré la bicicleta porque ya estaba en teoría relativamente atrasado y crucé la ciudad de noche con ese frío y esa intensidad que te entrega la buena música que sonaba en mis oídos.

Se me había aclarado que era una clase de yoga y sabía que tenía que estar en un estado especial del alma, pero a mi lo que me llamaba en ese momento era la adrenalina y la velocidad. No me importó nada, ni el tráfico, ni el frío, ni la oscuridad. En ese momento todo era pedal y música.

Nos juntamos en su casa, dejé la bicicleta guardada y nos fuimos en auto a ese lugar. Era una casita de madera, bien temperada, con un olor a bosque muy particular. Delicadamente decorada, no había nada en exceso como tampoco, nada que pudiera faltar. Me recibió con un abrazo, como el que me dio la primera vez que nos vimos, y sentí todo ese poder inmenso de quien tiene experiencia en abrazar. Hablando muy poco, nos hizo pasar a una pieza pequeñita donde nos pidió dejar todo lo que no fuera necesario.

Mientras me sacaba los zapatos y dejaba mis cosas amontonadas en la sillita de esa pieza de masajes, sentía que me estaba liberando de todas mis posesiones irrelevantes. Cuando estuve listo, sabía que tenía conmigo solo lo que de veras me servía. Nos hizo pasar a un salón de madera, que me hizo sentir por primera vez lo que se siente estar en una casa, dentro de un bosque.

Preparó las estaciones en las que nos fuimos ubicando y nos sentamos a esperar a los dos que faltaban. Llegaron sin ceremonias ni manifestaciones, que sin importar su relevancia aquí veníamos todos a otra cosa y empezamos la clase.

Y fue un inicio tremendo porque desde el primer momento fue algo super íntimo, amigable y perfecto. Yo había estado otras veces en clases de yoga, pero esto nunca lo había vivido. Esa misma tarde yo ya me había estirado entero al intentar escalar un árbol, había recorrido catorce kilómetros de carrera en bicicleta y estaba preparado para la exigencia, pero los ejercicios fueron medios atrevidos para cualquiera que se atreviera a intentarlos. Nos dio duro, como si la edad que teníamos no fuera relevante y no lo era, porque ella con todos sus años encima, se las arreglaba perfecto para mostrarnos la flexibilidad a las que deberíamos acercarnos.

Luego nos preparamos unas camitas y todavía tibios nos acostamos muy tapados con frazadas y almohadas en nuestras estaciones. Ella nos fue repartiendo protectores para los ojos y nuestro universo se oscureció. Nos fue hablando en esa oscuridad mientras nuestros niveles de conciencia fueron descendiendo y la realidad en la que estábamos se iba llenando de luz. Yo no vi los colores hasta que comenzó la vibración de su cuenco de cuarzo y en cada uno de sus golpes, en mi oscuridad fueron apareciendo los colores en luz que llenaban mi oscuridad. La vibración dejó de ser una realidad presente para convertirse en una percepción inconsciente y los niveles de energía fueron cambiando de tono a medida que su voz nos iba dirigiendo a un lugar alejado del mundo, escondido muy profundo dentro de nosotros.

Sentía que ella podía entrar cuando quisiera en mi mente y me costó un gran trabajo liberarme de mi cuerpo y flotar en ese espacio libre y etéreo de inmaterialidad palpable que me permitiera disfrutar del viaje, pero después de un rato me entregué para dejar que ella viera lo que quisera. Solo después de que nos dejara volar sin rumbo, nos hizo volver uno a uno, reconocer el cuerpo que habíamos dejado para dedicarnos a experimentar la sensación de recuperar la vasija del espíritu que habíamos encontrado.

Al volver nos quedamos sentados conversando con la luz tenue que entregaba la estufa. Yo la vi en esa penumbr con su tremendo cuenco en las manos, como ese ser mágico y brillante que nos estaba guiando. Mientras me miraba nos dijo a todos “a uno de ustedes le costó entregarse al viaje” y yo tuve muy claro de tener el privilegio de saber que fue una de esas experiencias que no se tienen en ninguna parte. Partió a buscar instrumentos que nos dio a cada uno, y nos dedicamos a hacerlos sonar en conjunto para llenar nuestro universo de vibraciones. Con campanas, cuencos de cuarzo, de metal y de tambores ceremoniales, nos fuimos regalando uno a uno un trance por el centro de nosotros mismos, en ese silencio que entrega la vibración de un instrumento de viaje.

Cuando nos encontramos de nuevo en esa realidad material llena cotidianidad doméstica y palpable, supe que no era realmente una clase de yoga, era una reunión de amigos que decidieron encontrarse en una forma distinta, en un lugar diferente dentro de cada uno de nosotros mismos.

Al terminar la reunión, en un abrazo me dijeron:

– Bienvenido.

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