La cumbre es para sacarse la foto.

Después de varios intentos bien intentativos, hice la copa de un árbol que en un momento creí imposible, tanto como para mi equipo como para mi experiencia. Fueron varios intentos relajados durante dos meses, jugando a conocer sus rutas amigables, las complejas y sus desafíos insuperables. Llegué así a cuarta base: el último lugar de descanso seguro antes de seguir subiendo, hacia donde no había forma de seguir sin arriesgar mucho, matarse o quebrarse un montón de huesos.

Varias veces renuncié a seguir, quedándome en esa altura balanceandome en esa gran rama, hasta que un día decidí volver con cuerdas. Ese día había salido el sol después de mucho tiempo y tenía un ánimo entretenido. Fui pasando las etapas fácilmente, como si fuera un juego viejo que me sabía de memoria, hasta que llegué a la cuarta base. Me descolgué la cuerda del cuello y me tomé un rato demasiado largo en analizar si valía la pena seguir subiendo. Ya estaba demasiado alto, y la copa se veía allá muy arriba superando varios jaleos medios enredados.

Tomé aire junto con determinación y empecé a trabajar los nudos. Descubrí que tengo una habilidad innata para los nudos, lo que es muy conveniente si planeas arriesgar tu vida (y la de otros) en el negocio de la escalada. Hice un curso completo, y ahora no me complico con casi ningún nudo. Armé todo lo necesario, probé y comprobé que estuviera todo bien asegurado.

De un impulso bastante suicida muy confiado, me elevé de la cuarta base para dejar toda la seguridad en el anclaje que había armado. Mis pies quedaron en el aire y subía solo usando los brazos cuando un pensamiento fugaz cruzó por mi mente:

– Estoy arriesgando mucho, si algo sale mal, me mato.

Me hice callar inmediatamente, como el tarado que fui al permitirme un pensamiento tan poco confiado y me dije: “aquí no pasa nada, para eso tuve cuidado de asegurarme como corresponde.” Me afirmé en el anclaje y con un par de impulsos, superé por primera vez el desafío tan imposible y postergado. Cuando pude mirar abajo, antes de la infinita euforia de la victoria, mi primer pensamiento fue:

“El verdadero problema aquí va a ser hacer lo mismo pero para abajo”.

Me aparté ese pensamiento de la mente como uno se espanta con la mano la mosca que tiene la intención de aterrizar en tu frente. Total, no es útil preocuparse por un problema que no es inmediato.  Así, me enfoqué en el ascenso mientras el resto de la cuerda subía conmigo en caso de que llegara a necesitar su ayuda de nuevo. Fui avanzando cada vez con mayor facilidad, que las ramas se fueron haciendo bien escasas, hasta que llegue a un punto en el que el tronco central terminaba. Lo que tenía un diámetro de un par de metros en la base de allá muy abajo, se había reducido a esto en su extremo mas elevado.

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– Conchetumadre – dije en voz alta – Acabo de hacer la copa de un árbol brígido.

Pero extrañamente no sentí la victoria que esperaba, porque fue mayor la intensidad de la emoción cuando armé el anclaje que me permitió seguir la escalada.

Disfruté en ausencia de miedos y preocupaciones la copa de éste árbol gigante, saboreando las suaves ondulaciones en el canto de su follaje, pero no le vi la utilidad de quedarme mas tiempo que el necesario para disfrutar la vista y llenarme del sol que el ramaje me había privado. Respiré ese viento helado y veloz por última vez, y comencé a descolgarme por un lado que todavía no había probado. Llegué al lugar donde había quedado el anclaje y me senté en la rama mas segura a meditar mi problema interminable.

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– Esta si que la hice buena, me dije. No veía ninguna forma posible para bajarme. Estaba atrapado a tres metros de la cuarta base, a unos 25 metros de altura sobre el suelo. Pasé ahí un buen rato imaginando cual sería el siguiente paso, descartando el más evidente que era ponerme a llorar a gritos hasta que pudiera escucharme alguien que llame a los bomberos para que vengan a bajarme.

Entonces recordé el lema del curso de nudos: “Better to know a knot and not need it, than need a knot and not know it”. Así que me puse a repasar las distintas combinaciones que me pudieran permitir hacer una fijación donde no había y al mismo tiempo fijar un ancla para poder descolgarme.

Se me prendió la ampolleta y se me ocurrió una fórmula entretenida con técnica chora, así que le puse manos a la obra. (– Para esta parte, debes imaginar que te hablo con ese tono charcha de pedante medio saco de weas –) Entonces… aseguré la cuerda con un Anchor Hitch a una rama de mas abajo, y la fijé con un Bowline doble Yosemite y solté la cuerda con una escalera de dos alpine Alpine Butterflies. Usando solo mis brazos comencé a descolgarme hasta fijar una pierna en el anclaje que había lanzado hacia abajo.

– Conchesumadre funciona, estoy bajando!

 Cuando llegué a la cuarta base fue tanta mi alegría que desarmé todo para volverlo armar, subir de nuevo la escalada tremenda, desarmar el cuento arriba, volver a preparar el descenso y volver a bajar. Al llegar a cuarta base por segunda vez, me pareció tan fácil que me sorprendí haberme complicado tanto.

Recogí la cuerda y me la enrollé en la espalda con esa confianza tan desafiante y comencé a bajar a tercera base. Olvidándome que todavía estaba a unos veinte metros de altura, una mala pisada me hizo recordar que el que se deja llevar por la confianza y pierde el miedo, es el que muere durante la escalada. Bajé sin miedo, pero recuperando el respeto de haberle pedido permiso a ese árbol por haber aprendido todo lo que me había enseñado, haber aguantado mi peso y soportar en sus ramas mi balanceo.

Llegué al suelo de un salto suave, disfrutando  la sensación del pasto mojado entre mis dedos. Me alejé hacia la pradera para ver esa copa de lejos, y me sorprendí no impresionarme por la altura que había alcanzado.

Aprendí que quizas yo no soy un hombre de cumbres, porque no veo el final como un destino. Tiendo a pensar que la evolución del viaje y lo aprendido son los elementos que de verdad me llevo conmigo. La cumbre es un momento bello de contemplación que aunque breve, es tranquilo. La magia de disfrutar un momento de una vista de lujo, como la comprobación palpable de todas nuestras capacidades, un éxito concreto y una emoción eterna pero temporal.

A mi forma de ver, no se trata de altura. El K2 es mucho mas peligroso que el Everest y la emoción de conquistarlo puede que no sea el haber estado en el punto mas alto del mundo, pero sin lugar a dudas su cumbre es un lugar mucho mas exclusivo y privilegiado.

No creo ser un escalador en busca de cumbres. Mis mejores experiencias son siempre pequeñas cosas, mis victorias mas simples… o mas extremas.

Lo sabré cuando haya escalado el K2.

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