Historias de carcel.

Pensaba donde cresta bajarme porque no tenía idea de donde iría a parar la micro cuando llegara.

– filo, que importa. Es un pueblo de campo, seguro que el hospital, la farmacia, la escuela y la carcel están en la misma cuadra.

Y que pasó? La micro me dejó en la puerta. Habían un montón de señoras con guaguas y coches de las guaguas que tenían en brazos, con paquetes y bolsas al estilo mudanza haciendo fila para programar la entrá, como dicen los chilenos cuando quieren acortar algo.

Pensé demorarme años para poder entrar después de que entrara toda la vejentud esperante, así que me acerqué a la que tenía mas cerca y le pregunté cual era el meneo que había que hacer para entrar.

– hay que sacar un numero, me dijo.

O sea entrar a la carcel es lo mismo que comprar en una farmacia, a menos que vayas y la asaltes, que en dicho caso te saltas el numerito.

– Las weas, me dije. Antes de que me toque entrar, va a salir libre el preso que ando buscando.

Así que con actitud de vieja chora, partí a golpearle la puerta al “suboficial”. Abrió con cara de “quien molesta” y le dije que venía a buscar un encargo que le hice al mueblista que está aquí adentro.

– ah, viene de visita?
– no, vengo a buscar un encargo que le hice al mueblista.
– ah, no viene de visita?
– bueno ya, vengo a visitar al mueblista para que me entregue un encargo.

Puso cara de seguir intentando darle al loop infinito de interrogatorio sin sentido, pero yo me adelanté rápidamente y le puse cara de “si me preguntas otra vez me voy a enojar” y no me preguntó mas.

Me dijo que esperara al Sargento Castro que es el que dirige el taller, y me cerró la bonita puerta blindada en la cara. Apareció entonces el Sargento Castro con cara de “quien es el que anda con cuentos raros” y lo miré con cara de “el de los cuentos raros soy yo”.

Era un tipo con cara de perro malo, de cuello corto y con corte al ras para verse mas empaquetado. Después de explicarle dos veces en lo que andaba, me miró con esa certeza de que le miento y que ando en algo raro.

¿como no van a entender que es rarísimo ir a comprar bastidores de cuadro a la carcel de un pueblo de campo?

Me mostró unos asientos bonitos, me pidió que esperara y desapareció. Ahí me quedé muy tarado sentado sin encontrar demasiado en que entretenerme, mas que mirar el tropel de viejas que venían entrando a visitar a sus presitos.

Un grupo de gendarmes parecían muy entretenidos en revisar todas las bolsas, paquetitos y envoltorios de cada vieja, y a lo que no podían  meterle dedos, lo mandaban a una maquina de rayos.

Así pasaron un par de horas, y se acabaron las viejas y me quedé solo en la guardia intentando armar palabras chistosas con los carteles amarillentos pegados en las paredes.

Yo ya me había convertido en parte del mobiliario porque nadie parecía notar de que llevaba ahí sentado un par de horas sin ningún pesque. Lo único que valió la pena de toda esa espera fue la psicóloga que pasó delante de mi y con una sonrisa me regaló un “hola”.

Fina y elegante, con parada femenina y chora. De bonita cara, pelo largo y muy negro. Rasgos algo felinos, atractiva en una forma que me recordaba mucho a la Anna.

Y desapareció detrás de una reja. Que paja.

Ya estaba empezando a cranear un plan para armar un despelote, porque no se puede hacer esperar tanto a un cliente, (si te olvidas que estás en la carcel) y me paré a pasearme hasta donde me permitieron las rejas.

Cresta, quiza me va a tocar cumplir condena, pensé y ya iba a meter una moneda en el teléfono de los presitos cuando aparece el famoso sargento castro.

Me miró con cara de “a ti te conozco” y yo lo miré con cara de “no me wei…”. Me agarró de los hombros cagado de la risa justo antes de decirme:

– me había olvidado de ti!

No había nada mas que hacer, así que me reí también. Tres minutos después estaba en el patio de las visitas donde apareció el maestro mueblista recluido y me entregó mi marco.

Quedó a toda raja y súper barato. Le encargué tres mas y me pidió comprar mas madera para hacer los siguientes. Nos despedimos para vernos de nuevo el lunes y partí a comprar la tabla.

En mi recién adquirida función de mueble penitenciario, me moví con soltura hacia la salida exigiendo la apertura de puertas y rejas con autoridad adjudicada por mi y para mi mismo. Nadie se atrevió a contradecirme.

Fui a una barraca a comprar la tabla que el maestro Vergara me había pedido y me pasaron una pieza de tres metros que tuve mucha dificultad incluso en pensar intentar metermela por el culo, así que agarré la tabla como pude y mientras caminaba por la calle con una tabla de pino que se iba a convertir prontamente en los soportes de mis fotografías, pensaba que rica mi vida que está avanzando en esta forma tan entretenida.

Con la misma tabla golpee la puerta blindada de la carcel con la impaciencia que tiene alguien que no acepta demoras. Me metí sin pedirle permiso a nadie y nadie me pidió ni hizo preguntas de nada.

Mientras avanzaba por la guardia con la tabla gigante que no me había podido meter por el culo, los gendarmes me miraban con cara de “yo no se en que anda, pero mejor no preguntarle”.

Pregunté por el Sargento Castro, y lo llamé para que se metiera la tabla por el culo o se la fuera a entregar con mucha amabilidad al maestro Vergara, para que con ella construya los hermosos bastidores para mis fotografías.

Salí de la cárcel despidiendome con un chao a todos y pasé a una fruteria a comprar mandarinas y platanos que me voy comiendo en el bus de vuelta mientras escribo esta historia.

Afuera llueve y no importa, porque cuando llegue a Temuco a buscar mi bicicleta, seguramente ya habrá parado de llover.

Como si importara tanto mojarse.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Un día no vas a encontrar tu bicicleta porque así son las cosas y no tendrás a quien ponerle el reclamo

    1. Diño dice:

      Gracias oh personaje anónimo por tus buenos deseos y el apoyo que le das al artículo que he escrito.

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